Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Homilía


En la primera lectura de la Misa de la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, está el sacrificio de Abrahán. Una página de la Biblia realmente impresionante. Dios para probar la fe y obediencia de Abrahán, le dijo: Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré (Gn 22, 2). Abrahán pudo haber considerado cómo podría ser esto que Dios le pedía con las promesas que le había hecho el mismo Dios de que sería padre de una multitud de pueblos, con una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo. Pero no lo hizo, sino que sin vacilar ni un solo instante se dispuso a obedecer. Muy de mañana Abrahán se levantó, aparejó su asno, se llevó consigo a dos siervos y a su hijo Isaac, cortó la leña del sacrificio, se puso en camino y se dirigió al lugar que le había dicho Dios (Gn 22, 3).

Una vez que llegaron al sitio designado por Dios, Abrahán construyó un altar y colocó la leña; luego ató a su hijo y lo puso sobre la leña. Abrahán alargó la mano y empuñó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero en aquel instante oyó una voz desde el cielo, y le dijo: No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y por obedecerme no perdonas ni a tu único hijo (Gn 22, 12). Levantó la vista Abrahán y vio a sus espaldas un carnero enredado en la maleza por los cuernos y lo ofreció en sacrificio en vez de su hijo.

A Dios le bastó ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía. Con ello es ya como si lo hubiera realizado. Y por eso, Dios le dijo: Ya que por obedecerme no has perdonado ni aún a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido a mi voz (Gn 22, 16-18).

En Abrahán hay que destacar su fe, su confianza en Dios; y su disposición para cumplir en todo la voluntad divina, aunque este cumplimiento le supusiera dolor. Y nosotros debemos tener esa fe, sabiendo que cuando Dios promete, lleva a cabo aquello que promete. Jamás falta a su palabra. En la Sagrada Escritura vemos que Dios ha sido fiel a su alianza con su Pueblo, a la promesa que había hecho con Abrahán, a la salvación del género humano realizada por su Hijo, Jesucristo.

Abrahán es nuestro padre en la fe, porque apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza (Rm 4, 18). También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abrahán, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo; abandonar, como Abrahán, la propia tierra poniéndose en camino con confianza, sabiendo que Dios indicará el camino hacia la tierra nueva. Esta “salida” no hay que entenderla como un desprecio a la propia vida, del propio modo de sentir las cosas, de la propia humanidad; todo lo contrario, quien emprende el camino siguiendo a Cristo encuentra vida en abundancia, poniéndose del todo a disposición de Dios y de su reino (Papa Francisco).

En el Nuevo Testamento encontramos otro ejemplo maravilloso de fe: el de san José. Cuando se dio cuenta de que su esposa, la Virgen María, estaba esperando un hijo quedó desconcertado. José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, repudiar a María en privado. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac: renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre un camino distinto, una vía de amor y de felicidad.

El pasaje evangélico de la Misa de esta fiesta también hace referencia al cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque ello exija un gran sacrificio. Entonces va Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní, y dice a los discípulos: “Sentaos aquí, mientras voy allá a orar”. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 36-39).

La Humanidad Santísima del Señor aparece en este pasaje evangélico con toda su capacidad de sufrimiento: El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo). La angustia es tal que Jesús es confortado por un ángel.

En Getsemaní Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Este “” de Cristo cambia el “no” de los primeros padres en el Edén (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

En el huerto de los Olivos, Jesucristo expresa su aceptación de su Pasión y muerte en la cruz, las afrentas que ha de padecer, en cumplimiento de los designios salvíficos de Dios. Como en otras ocasiones, el Señor enseña con la palabra y con el ejemplo. Recomienda a sus discípulos que oren, pero Él es el primero en hacer oración. La oración de Jesús en el huerto es una lección perfecta de abandono y de unión con la voluntad divina. Se identifica con la voluntad de Dios, la abraza. En obediencia a la voluntad del Padre, tomó sobre sí las iniquidades del mundo y se convirtió en víctima expiatoria.

El Señor nos ha dado ejemplo. La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. ‑Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada(San Josemaría Escrivá, Camino, n. 758). La exigencia del Señor incluye renunciar a la voluntad propia para identificarla con la de Dios, no sea que, como comenta san Juan de la Cruz, nos ocurra como a muchos que querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. De donde les hace que muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios, y que, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios (Noche oscura, libro 1, capítulo 7, n. 3).

Continuemos con el relato evangélico. Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26, 40-41). El Señor invita a los apóstoles a la oración. Pero ellos no saben ofrecerle el consuelo de estar a su lado, al menos con la plegaria. El poco apoyo de sus discípulos, la visión de los tormentos, de la muerte amarga, hace que Jesús sienta tristeza y angustia hasta sudar gotas de sangre. Vemos en toda su profundidad la humanidad de Cristo, verdadero Dios y perfecto hombre que ha querido entregarse hasta el final. La tradición cristiana ha subrayado el sufrimiento del Señor por cargar con los pecados de los hombres.

Comenta santo Tomás Moro estos versículos del Evangelio: Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas el traidor, se mantenía bien despierto. Son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe, se mantienen bien despiertos (La agonía de Cristo).

Es necesaria la oración para combatir a los enemigos de nuestra alma, para no caer en la tentación. Sobre la tentación hay que decir que todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada han sido tentados: Nuestros primeros padres, Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Cristo nos ha enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

Esta celebración litúrgica en el jueves anterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad claramente hace referencia al sacerdocio cristiano. El Señor Jesús es el único sumo sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal. Sin embargo, el Señor Jesús quiso escoger a algunos en particular, para que, ejerciendo públicamente en la Iglesia y en su nombre el oficio sacerdotal a favor de todos los hombres, continúen su misión personal de maestro, sacerdote y pastor: comprometeos a unir a los fieles en una sola familia, para conducirlos a Dios Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Tened siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir y para buscar y salvar lo que estaba perdido (Papa Francisco).

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesús, y esto lleva consigo que el sacerdote debe ser hombre de oración. El simple activismo puede ser incluso heroico. Pero la actividad exterior, en resumidas cuentas, queda sin fruto y pierde eficacia sino brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración. El mundo, con su activismo frenético, a menudo pierde la orientación. Su actividad y sus capacidades resultan destructivas si fallan las fuerzas de la oración, de las que brotan las aguas de la vida capaces de fecundar la tierra árida (Benedicto XVI, Homilía 13.IV.2006).

Hemos de mirar al Señor en Getsemaní, pero también hay que mirar a los que le acompañaron y se quedaron dormidos. Hoy, como ayer, podemos dejarle solo mientras otros se apresuran a combatirlo. Aparta de nosotros, Señor, el sueño. Haz que estemos siempre bien despiertos, vigilantes; que seamos almas de oración y que cumplamos, como Tú, la voluntad de Dios, aunque a veces sea costosa. Te lo pedimos por la intercesión de tu Madre y Madre nuestra, Santa María.

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