Una tarea muy urgente


La situación de la sociedad en el mundo de nuestros días es preocupante. Muchísimas personas están sedientas de caridad, de conocer el verdadero Amor. Sólo se mueven por el placer, reduciendo su vida al vientre, al sexo y al dinero. El nuevo paganismo que invade al mundo entero se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste.

Ante tanta ignorancia, tanta soberbia ridícula y presuntuosa, tanta violencia y tantos síntomas de vejez espiritual, como vemos en el ambiente, hemos de sentir la responsabilidad de sembrar a manos llenas la paz y la alegría cristianas en todos los senderos del mundo.

Ante una sociedad que sucumbe a la tentación del relativismo y del ateísmo, con caridad y fortaleza, sintamos la urgencia de recristianizarla y contribuyamos desde dentro de esa sociedad a llevar a las gentes por el buen camino, por la senda que dejó marcada con sus huellas en su paso por la tierra Jesucristo.

Siempre hay urgencia de participar, con personal responsabilidad, en las tareas públicas y sociales; de influir cristianamente también en las sociedades menores de las que formamos parte: asociaciones culturales, deportivas, profesionales, sindicatos…

Los discípulos de Cristo no somos mundanos, pero estamos en el mundo. Por eso, los cristianos hemos de estar presentes en todos los campos de trabajo del mundo, allí donde se hace la sociedad del mañana, porque este mundo de nuestros días sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo sin dejarse arrastrar por el espíritu mundano. Se nos pide, pues, que estemos en las encrucijadas de los caminos, allí donde los jóvenes estudian, allí donde los hombres y mujeres trabajan, allí donde las personas sufren y buscan sentido al dolor, allí donde las dificultades tienen que ser superadas. Y también, allí donde los humanos toman sus distracciones, cada vez más abundantes. Pero al mismo tiempo hemos de conservar nuestra fe original, sin diluirla al gusto de las opiniones o de las ideologías, sin esposar costumbres extrañas al Evangelio.

Hay una inmensa tarea en difundir la verdad. Urge anunciar sin miedo el mensaje de Jesucristo, del mejor modo posible.

Ésta es la tarea que tenemos encomendada: Anunciar a Cristo (en Él se cumplen las promesas de Dios hechas al hombre); proclamar su mensaje de salvación, de amor y de paz; hablar de la filiación divina, destacando la infinita misericordia de Dios, y de la remisión de los pecados; fomentar la esperanza en la consecución de la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres.

Líneas concreta de acción, procurando utilizar también los modernos medios de comunicación para difundir la verdad de Cristo, la doctrina de la Iglesia, la moral cristiana. Contar con que nunca nos sobrará tiempo y que será necesario esfuerzo, y quizás molestias e incomodidades, para estar presentes en esos lugares.

Se puede pensar que la tarea no es fácil. Efectivamente, viendo el panorama del mundo, conociendo el ambiente que se respira en la sociedad, teniendo en cuenta los poderosos medios de comunicación que hay al servicio de ideologías anticristianas, es una labor difícil, pero tenemos que estar llenos de optimismo, porque contamos con nuestro Dios omnipotente y misericordioso.

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