Solemnidad de la Santísima Trinidad. Homilía


La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros (2 Co 13, 13). Con este saludo final concluye san Pablo su segunda carta a los cristianos de Corinto. La Iglesia lo recoge en la liturgia como una de las fórmulas introductorias de la Santa Misa. Y constituye un testimonio claro y explícito del dogma de la Santísima Trinidad. La fórmula señala la distinción entre las tres Personas divinas, y, a la vez, su igualdad, en cuanto que cada una contribuye a la santificación y salvación de los fieles. Santo Tomás de Aquino comenta que en este saludo van incluidos todos los bienes sobrenaturales necesarios: La gracia de Cristo, por la que somos justificados y salvados; el amor de Dios Padre, por el que somos unidos a Él; y la comunión del Espíritu Santo, que nos distribuye los dones divinos.

La verdad revelada de la Santísima Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo. Encuentra su expresión en la profesión de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. La Trinidad es el fin último hacia el cual está orientada nuestra peregrinación terrenal. El camino de la vida cristiana es un camino esencialmente trinitario. Todo, en la vida cristiana, gira alrededor del misterio trinitario y se cumple en orden a este misterio infinito. Intentemos, por tanto, mantener siempre elevado el tono de nuestra vida, recordándonos para qué fin, para qué gloria existimos, trabajamos, luchamos, sufrimos. Y a qué inmenso premio estamos llamados… Este misterio abraza toda nuestra vida y todo nuestro ser cristiano (Papa Francisco).

El saber que estamos destinados a participar de la intimidad divina, de la vida trinitaria de Dios, nos llena de alegría. Porque la Trinidad es un torrente de vida y de calor, de plenitud y felicidad. Dios en sí mismo es un derramarse en amor, y en esta infinitud de amor está llamado a participar el ser humano. Por eso la llamada que san Pablo hace a los fieles a que estén alegres. Hermanos, alegraos; sed perfectos; exhortaos mutuamente; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros (2 Co 13, 11). La alegría es un bien propio de los cristianos. El cristianismo nos da la alegría, porque el amor da alegría. La fuente de la alegría es la certeza de ser amados por Dios con un amor apasionado y fiel, un amor que es mayor que nuestra infidelidad y nuestros pecados, con un amor que perdona. Por eso, no podemos estar nunca tristes, sino todo lo contrario. Debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 168).

En la exhortación final de san Pablo a los corintios para que vivan entre sí la fraternidad propia de los cristianos, con la consiguiente unidad y paz entre ellos, el Apóstol de los gentiles vuelca todo su cariño. Un Padre de la Iglesia glosar las palabras de despedida: Vivid en la unión y la paz, y Dios estará ciertamente con vosotros, pues Dios es un Dios de amor y de paz, y ahí pone sus delicias. Su amor producirá vuestra paz y todos los males serán desterrados de vuestra Iglesia (San Juan Crisóstomo).

La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios vivo: Y Jesús nos reveló este misterio. Él nos habló de Dios como Padre; nos habló del Espíritu, y nos habló de sí mismo como Hijo de Dios. No estamos llamados a vivir los unos sin los otros, por encima o contra los demás, sino los unos con los otros, por los otros y en los otros (Papa Francisco). Cumplamos el mandamiento nuevo del Señor: Amaos unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor entre vosotros (Jn 13, 34-35). Este amor recíproco es compartir con los demás alegrías y penas. Cuando lo vivimos, la fuerza del amor de Dios está en nosotros y reflejamos el esplendor de la Trinidad.

Dios nos pide un corazón generoso que retenga la Palabra de Dios y dé fruto como la tierra buena; exige que le amemos con el corazón entero; que perdonemos al prójimo, por supuesto, de todo corazón. El mandamiento nuevo del Señor ayuda a comprender que la fraternidad cristiana no se reduce a una solidaridad, no se queda en cuestión de afinidades de carácter, de intereses comunes, de simpatía meramente humana. Busca descubrir a Cristo en los demás; más aún, lleva a parecerse más y más a Él, hasta poder afirmar que somos “alter Christus”, otros Cristos; “ipse Christus”, el mismo Cristo. Esta aspiración se traduce en amar y servir a nuestros semejantes como el Señor los sirve y los ama (Javier Echevarría, Carta pastoral 1.I.2014).

El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Pero nos ha sido revelado que Dios es amor (1 Jn 4, 16). Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano: es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) (Benedicto XVI).

Como yo os he amado. ¿Cómo es el amor de Dios por nosotros? La respuesta la encontramos en el Evangelio según san Juan: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Con estas palabras se sintetiza cómo la muerte de Cristo en la Cruz es la manifestación suprema del amor de Dios por los hombres. El Padre entrega al mundo a su Hijo por nuestra salvación. Por eso podemos decir que toda nuestra religión -la Religión Católica- es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros. Es necesario ver la vida de Jesucristo teniendo en cuenta lo que escribió san Pablo en la Carta a los Gálatas: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede y debe repetírselo a sí mismo: Él me ha amado, y se ha sacrificado por mí.

La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8). ¿Qué otra respuesta podemos dar a un amor tan grande sino un corazón abierto y dispuesto a amar? La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor. Dios es entrañable, lleno de ternura. Nuestra respuesta a este amor divino es vivir la relación filial con el Padre, cumpliendo su voluntad; tener una relación fraternal con el Hijo, aceptando su mensaje de salvación; y dejarse conducir por la luz y la fuerza del Espíritu Santo.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo Unigénito de Dios (Jn 3, 17-18). Jesucristo exige como primer requisito para participar de su amor la fe en Él. Con ella pasamos de las tinieblas a la luz y entramos en camino de salvación. Las palabras del Señor son a un tiempo palabras de juicio y de gracia, de muerte y de vida. Porque solamente dando muerte a lo que es viejo podemos alcanzar la nueva vida. Todos somos débiles, con la inclinación al mal. Por eso tenemos necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador y vivificador. En Él está la vida eterna.

En la liturgia de la Palabra de la Misa de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, el pasaje del libro de Éxodo que se lee, se describe con sobriedad una teofanía. Moisés subió al monte Sinaí como le había ordenado el Señor, llevando en su mano las dos tablas de piedra. Descendió el Señor en la nube y se colocó junto a él y Moisés invocó el nombre del Señor. El Señor pasó delante de él proclamando: “Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento a la cólera y rico en amor y fidelidad”. Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró, diciendo: “Señor mío, si en verdad he hallado gracia a tus ojos, camina, Señor, en medio de nosotros; aunque sea un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos como heredad tuya” (Ex 34, 4-6.8-9). Primeramente destaca en este pasaje la familiaridad de Dios, que se puso junto a Moisés. Dios es cercano. El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, sino un Dios muy próximo, cuyas delicias son estar con los hijos de los hombres (San Juan Pablo II). La iniciativa divina de aproximarse al hombre aparece repetidas veces en las páginas de la Biblia.

Moisés invoca a Dios recordándole su misericordia y clemencia. Sabe que es lento a la cólera y rico en amor, dispuesto siempre a perdonar. Es un Dios que perdona. Y por eso implora al Señor en favor de su pueblo –un pueblo de dura cerviz-. Moisés hace tres peticiones. En primer lugar pide la presencia y la protección divinas en el caminar del pueblo por el desierto. Igualmente nosotros, que estamos de peregrinación por esta tierra hacia la patria celestial, le pedimos a Dios que esté siempre con nosotros, o mejor dicho, ya que Él es el Enmanuel -Dios-con-nosotros-, que no nos separemos nunca de Él por el pecado. En segundo lugar, pide el perdón del gravísimo pecado -idolatría como era la adoración a un becerro de oro- cometido por los hebreos. Esta petición también la hacemos nosotros cuando acudimos al sacramento de la Penitencia rogando a Dios que perdone nuestros pecados. Y finalmente la decisión de tomarlos como heredad propia, distinguiéndolos así de todos los pueblos de la tierra y haciéndoles volver al estado originario que Dios había anunciado como “posesión suya”. La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, que peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios (San Agustín, La ciudad de Dios). Dios quiso santificar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Somos la heredad de Dios. Estas tres peticiones de Moisés al Señor serán constantes en la vida de cada hombre que reconoce a Dios.

La Trinidad Beatísima irrumpe en la vida de la siempre Virgen, y por medio del ángel le manifiesta los eternos designios de asociarla a la Historia de la Salvación, verificando en su seno la Encarnación del Verbo. María es aclamada por santa Isabel como la madre de mi Señor (Lc 1, 43) antes del nacimiento de su Hijo Jesús. En efecto, aquel que Ella concibió como hombre por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. San Josemaría Escrivá decía que para llegar a la Trinidad Beatísima paso por María, y por María llego hasta Jesús.

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