Fiesta de la Transfiguración del Señor. Homilía


En la Biblia se citan diversos montes, algunos en el Antiguo Testamento como el Monte Ararat, donde encalló el Arca de Noé después del diluvio; o el Monte Moria, donde Abrahán fue a sacrificar a su hijo Isaac. También está el Monte Sinaí, llamado también Horeb, donde Dios entregó a Moisés las tablas de la Ley; asimismo se cita el Monte Nebo, donde Moisés divisó la tierra prometida antes de morir; y el Monte Refidim, donde Moisés estuvo intercediendo a Dios mientras Israel combatía contra Amalec. Además están el Monte Carmelo, donde el profeta Elías demuestra a 450 profetas de Baal y a todo el pueblo que Yavé es el único Dios verdadero; y el Monte Gelboé, donde murieron Saúl y su hijo Jonatán. Otros montes citados son: el Monte Garizim, el de la bendición; y el Monte Ebal, el de la maldición. El Monte Hermón aparece repetidas veces, que está cerca de Cesarea de Filipo. Y por último, citemos el Monte Sión, que aparece en el libro segundo de Samuel: Sin embargo, David capturó la fortaleza de Sión, ahora conocida como la Ciudad de David (2 S 5, 7).

También en Nuevo Testamento aparecen citados varios montes, todos ellos relacionados con la vida y muerte de Jesucristo. El más conocido es el Monte Calvario o Gólgota, también llamado el lugar de la calavera, donde fue crucificado y murió Cristo. También está el Monte Eremos, que no es citado con este nombre, pero que es el Monte de las Bienaventuranzas, donde tuvo lugar el Sermón de la Montaña. Otro monte que no se cita expresamente es el Monte Quarantina, que es un lugar desértico donde Jesús fue tentado por el diablo, y por eso se le conoce como el Monte de la Tentación. Queda por nombrar el Monte de los Olivos, donde estuvo Cristo haciendo oración antes de ser apresado, y también donde reunió a sus apóstoles en el momento de su ascensión al Cielo. Y el último que citamos es el Monte Tabor, donde tuvo lugar la Transfiguración de Nuestro Señor delante de tres de sus apóstoles.

San Mateo narra este acontecimiento de la vida de Jesús diciendo: Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él (Mt 17, 1-3). El papa san Juan Pablo II incluyó este misterio como el cuarto de los misterios luminosos del Santo Rosario, y dejó escrito en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae: Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo escuchen y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo.

¿En qué consistió la Transfiguración del Señor? Para poder entender de algún modo este hecho milagroso de la vida de Cristo hay que tener en cuenta que el Señor para poder redimirnos con su Pasión y muerte, renunció voluntariamente a la gloria de su cuerpo y se encarnó en carne pasible, no gloriosa, haciéndose semejante en todo a nosotros menos en el pecado. En la Transfiguración, Nuestro Señor Jesucristo quiere que la gloria que le correspondía por ser Dios, y que su alma tenía desde el momento de la Encarnación, aparezca milagrosamente en su cuerpo.

¿Cómo podemos definir la transfiguración? Diciendo que es la manifestación luminosa de la gloria de Dios a través de su figura humana. ¿Cuál es su significado? Es una revelación de la persona de Jesús, de su realidad profunda. ¿Y el por qué de la Transfiguración? Porque antes el Señor había anunciado a los apóstoles su pasión, y sabiendo el escándalo que su muerte había de producir en sus discípulos, les previene y les conforta en su fe. No se contentó con anunciarles que tres días después había de resucitar, sino que quiso que viesen en su Transfiguración un destello de la gloria y de la majestad que en el Cielo tiene su Santísima Humanidad. De hecho, los testigos oculares de ese acontecimiento, es decir, Pedro, Santiago y Juan quedaron cubiertos por una nube, también ella luminosa -que en la Biblia anuncia siempre la presencia de Dios- y oyeron una voz que decía: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo (Mt 17, 5). Con este acontecimiento los discípulos se preparan para el misterio pascual de Jesús: para superar la terrible prueba de la pasión y también para comprender bien el hecho luminoso de la resurrección. ¿Y por qué el Señor se transfiguró sólo delante de Pedro, Santiago y Juan? Jesús se manifiesta en su gloria antes del sacrificio de la cruz a los tres apóstoles que estarán especialmente cercanos a Él en la agonía extrema, en otro monte, el de los Olivos.

El relato habla también de Moisés y Elías, que se aparecieron y conversaban con Jesús. Y nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene que junto a Jesús transfigurado estén Moisés y Elías? Porque Moisés y Elías son los dos representantes máximos del Antiguo Testamento: de la Ley y los Profetas. La posición central de Cristo indica su preeminencia sobre ellos y la del Nuevo Testamento sobre el Antiguo.

Este episodio de la vida de Cristo guarda relación con otras dos revelaciones divinas. Moisés había subido al monte Sinaí, y allí había tenido la revelación de Dios. Había pedido ver su gloria, pero Dios le había respondido que no lo vería cara a cara, sino sólo de espaldas. De modo análogo, también Elías tuvo una revelación de Dios en el monte: una manifestación más íntima, no con una tempestad, ni con un terremoto o con el fuego, sino con una brisa ligera. A diferencia de estos dos episodios, en la Transfiguración no es Jesús quien tiene la revelación de Dios, sino que es precisamente en él en quien Dios se revela y quien revela su rostro a los Apóstoles. Así pues, quien quiera conocer a Dios, debe contemplar el rostro de Jesús, su rostro transfigurado: Jesús es la perfecta revelación de la santidad y de la misericordia del Padre. Además, recordemos que en el monte Sinaí Moisés tuvo también la revelación de la voluntad de Dios: los diez Mandamientos. E igualmente en el monte Elías recibió de Dios la revelación divina de una misión por realizar. Jesús, en cambio, no recibe la revelación de lo que deberá realizar: ya lo conoce. Más bien son los Apóstoles quienes oyen, en la nube, la voz de Dios que ordena: “Escuchadlo”. La voluntad de Dios se revela plenamente en la persona de Jesús. Quien quiera vivir según la voluntad de Dios, debe seguir a Jesús, escucharlo, acoger sus palabras y, con la ayuda del Espíritu Santo, profundizarlas. Esta es la primera invitación que deseo haceros, queridos amigos, con gran afecto: creced en el conocimiento y en el amor a Cristo, como individuos y como comunidad parroquial; encontradlo en la Eucaristía, en la escucha de su Palabra, en la oración, en la caridad (Benedicto XVI).

Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías. Jesús muestra su gloria divina, pero también que para entrar en la gloria, es necesario pasar por la Cruz. Y cuando la Cruz se ama, y no simplemente se tolera, entonces el Señor nos colma de la eficacia y nos concede la alegría con la paz, como un trasunto de la bienaventuranza que nos reserva en el Cielo. Como los tres apóstoles testigos de la Transfiguración, también nosotros necesitamos subir al monte Tabor para recibir la luz de Dios, para que su rostro ilumine nuestro rostro.

El pasaje evangélico de la Transfiguración habla especialmente de esperanza pues nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (Flp 3, 21). Por eso, la contemplación de este misterio de luz nos llenará de ánimos para afrontar con visión sobrenatural, paciencia y optimismo las contrariedades que se presenten durante la jornada, sobre todo las inesperadas. La senda de la felicidad pasa por el sacrificio: per crucem ad lucem! Lo dijo el mismo Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame (Lc 9, 23), y lo recuerda san Pablo: Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios (Hch 14, 22).

En la primera lectura de la Misa de la Transfiguración del Señor, se lee la escena del juicio final profetizada por Daniel. La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y de ángeles, dispuesto a juzgar y castigar. Y vio el profeta que en las nubes del cielo venía como un hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano venerable (Dios Padre) y fue llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás (Dn 7, 13-14). El hijo de hombre es Jesucristo, que vendrá al fin del mundo con todo su poder y gloria para juzgar a todos los hombres. Cristo se aplicó a Sí mismo el título de hijo del hombre. Al que viene en las nubes del cielo, se le da el reino universal y eterno. Los Apóstoles se convirtieron en los testigos del Reino que no tendrá fin. Ellos nos han dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad (2 P 1, 16). La autoridad apostólica sobre la condición divina de Jesús no se basa en fábulas ingeniosas, sino en los testigos oculares de la revelación de Dios en el Tabor, de su majestad. La Transfiguración del Señor garantiza la Parusía o segunda venida de Cristo. Si entonces el Señor dejó entrever su divinidad momentáneamente, al final de los tiempos se manifestará en plenitud y para siempre.

Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: “Levantaos, no tengáis miedo”. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos” (Mt 17, 7-9). Cuando desaparece la visión, Jesús y los tres apóstoles bajaron del Monte Tabor. A Pedro, a Santiago y a Juan les puede costar, pero ellos están dispuestos a seguir a Jesús. El Maestro les pide silencio, como si nada hubiera pasado, porque nada se entiende hasta la Cruz y la Resurrección. Hoy se habla de silencio de Dios, pero no es verdad: Dios habla, se nos ha revelado. La Revelación está en las Escrituras Santas y en la Sagrada Tradición. Ahí está la Palabra de Dios, que por ser divina siempre es actual. Por eso, la voz del Padre nos dice: Escuchadlo. Es san Pedro quien da testimonio de esta voz procedente del Cielo: Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo (2 P 1, 18).

En el monte santo: Este adjetivo calificativo -santo- que se le da la Monte Tabor proviene de que allí tuvo lugar una teofanía -la Transfiguración-, de modo análogo a como el Antiguo Testamento se llama monte santo a Sión, donde Dios se manifestó.

Terminamos con la antífona Alma Redeemptoris Mater: Salve, Madre soberana del Redentor, Puerta del cielo siempre abierta, Estrella del mar; socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse, Tú que para asombro de la naturaleza has dado el ser humano a tu Creador.

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