Obras son amores y no buenas razones


En septiembre de 2010 Marina y su novio comenzaban el último curso de su carrera. Ambos eran conscientes de la necesidad de tener un buen expediente académico para entrar con buen pie en el mercado laboral. Por ello, durante el curso Esteban dejó de colaborar en la ONG, a la cual el año anterior le había dedicado bastante tiempo; y Marina también se centró exclusivamente en el estudio. En junio, los dos obtuvieron el grado en Ingeniería Informática. Esteban, debido el haber obtenido en varias asignaturas la máxima calificación, nada más sacar el título fue contratado por una empresa para realizar un trabajo de su especialidad: Técnico de Micro Informática. Y viendo que el sueldo apalabrado sería suficiente para poder casarse ya, decidió dar el paso que tanto Marina como él estaban deseando, el de contraer matrimonio. Esta decisión hizo que Marina se planteara su futuro profesional con un trabajo que fuera totalmente compatible con su dedicación a su hogar… y a los hijos que Dios quisiera dar al matrimonio. Mientras tanto, hasta que no se casara, continuaría su labor colaborando en la ONG que estuvo Esteban. Y pronto, sin tomarse unos días de vacaciones, comenzó su trabajo. Éste no le ocupaba más que media jornada, por lo que Marina también pudo ocuparse de lo que estuvo haciendo el verano pasado. Y aunque el año anterior no consiguió más que buenas palabras y nada más, ella no había perdido la esperanza de que esta vez las cosas salieran bien.

El primer día le explicaron la finalidad de la ONG y su tarea. Quienes llegan a Europa necesitan condiciones de recepción y asistencia adecuadas, particularmente quienes tienen necesidades especiales, como niños separados o no acompañados y sobrevivientes de violencia sexual y de género, igualmente, requieren acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes. Por eso hay que promover una mayor solidaridad en los países europeos para asegurar la protección, incluyendo la reunificación familiar y la reubicación eficientes y rápidas. Es decir, un trabajo consistente en agilizar los trámites burocráticos. También le dijeron de la necesidad de un plan de acción más integral que apoye las soluciones a largo plazo para el complejo tema de los flujos migratorios mixtos, así como que ayude a abordar las causas fundamentales, en estrecha cooperación con los países de origen y tránsito, en línea con el derecho internacional.

A los pocos días de estar trabajando, le entregaron la carta de un refugiado. Y empezó a leerla: Hola, soy Naim, un joven que huyó desde Afganistán por las mismas razones que la inmensa mayoría: la violencia y la guerra diaria en nuestro país. Tengo 20 años y vivo en Moria con mi padre y dos hermanas. Mi madre murió en el camino. La más pequeña tiene cuatro años y la otra trece. Hemos dejado nuestro país porque temíamos por nuestras vidas. Estuvimos seis meses entre Irán y Turquía antes de llegar a Grecia en diciembre del año pasado. Así que llevamos cuatro meses en el campo de Moria y, por ahora, pocas posibilidades de salir de aquí en breve tiempo, lo cual hace que mi padre esté depresivo. Pasamos casi todo el tiempo en nuestro habitáculo de madera. Yo procuro dar ánimo y esperanza, pero realmente también yo lo necesito porque estoy desanimado y desesperado. Alguien me ha hablado que vuestra ONG se dedica a la atención de los desplazados por las guerras, y por eso me dirijo a ustedes. Es la única esperanza que aún tengo.

Al terminar de leerla, Marina quiso informarse lo que hay que hacer en casos como éste. Preguntaba a unos y a otros, y nadie le daba una respuesta concreta. Y después de pensarlo mucho, dándole vueltas en la cabeza, vio una posible solución, que no era otra que la de conseguir para el padre y el chico un trabajo, con contrato para que fueran inmigrantes legales. Después de remover Roma con Santiago, se enteró de un hacendado que andaba buscando unos guardeses para una de sus fincas, llamada El Chaparral. Inmediatamente comenzó a hacer gestiones para localizar a esa persona, de la cual sólo tenía escasos datos. Sorprendentemente, en unos días consiguió su propósito. Conectó por internet con el hacendado y quedó con él para hablarle del bien que haría en contratar a la familia del chico de la carta. La conversación no pudo ser más agradable. El propietario de la finca accedió a la propuesta de Marina, pero puso como condición el plazo de un mes para la incorporación de los que serían los nuevos guardeses. Además, el chico trabajaría en las faenas agrícolas propias del campo.

Aún con el lógico contento de lo logrado, Marina sabía que aún quedaba lo más difícil de resolver: sacar a Naim con su padre y sus dos hermanas del campo de refugiados. Sin embargo, no resultó nada complicado, pues la ONG para la que trabajaba tenía bastante experiencia en casos parecidos. Y cuando todavía no había pasado ni siquiera tres semanas del plazo acordado, la familia afgana ya estaba viviendo en la casa de los guardeses de El Chaparral.

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