Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Homilía


Dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano (Mt 18, 15-17). Con estas palabras, Jesucristo se refiere a la práctica de la corrección fraterna. Ésta nace del amor al prójimo, del deseo de ayudarle a que vaya por el buen camino. Es una manera de cooperar a la salvación del hermano que se ha desviado. Cuando no se tiene amor al prójimo, lo más fácil y normal es echarle en cara su pecado y condenarlo sin compasión.

El objetivo de la corrección fraterna es ayudar a la persona que obró mal a darse cuenta de lo que hizo, porque quizá el mal hecho ni siquiera lo consideró como algo malo. Y más hoy día en que se ha perdido el sentido del pecado. Con la corrección se le hace ver que con su acción mala no sólo ofendió a uno, sino a todos, porque existe también, como dijo san Juan Pablo II, una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana (Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 16).

Repréndelo estando los dos a solas. Esta discreción de hablarle estando solo tiene el fin de no mortificar inútilmente al pecador. Se habla entre dos, nadie se da cuenta de ello y todo se acaba. El amor a Cristo en aquél a quien corregimos ha de ser nuestro objetivo, y el motivo que nos impulsa a corregirle. Es un aspecto importante del amor cristiano que se ha de tener. Decía san Agustín: Debemos, pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de conseguir la enmienda. Practiquemos esta obra de misericordia en un contexto de oración y de exigente rectitud de intención, purificando lo que pueda haber de soberbia o de impaciencia personal ante los defectos de los demás.

El papa Francisco habla de otra finalidad de la corrección fraterna, además de ayudar al prójimo, que es la ayudarnos a nosotros a liberarnos de la ira o del resentimiento, que sólo hacen daño: esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos conduce a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. Es feo. ¿Entendido? ¡Nada de insultos! Insultar no es cristiano (Homilía 7.IX.2014).

En el Evangelio vemos a Jesús hablar de esta obra de misericordia: corregir al que yerra. Y como siempre, Nuestro Señor enseña con su palabra y con su ejemplo. Los apóstoles conviven con Él y se comportan con sencillez, manifestándose tal como son; y Cristo, al observar su conducta, sus manifestaciones espontáneas, toma ocasión para enseñarles, para corregirles. Y no sólo corrige a sus discípulos, sino a todos. ¡Cómo corrige Cristo!: con paciencia; ayuda a salir del pecado, espera la enmienda, perdona y olvida. El Señor corrige siempre con amor y buscando el bien de los discípulos.

A san Pedro le corrigió inmediatamente después de anunciar su Pasión, cuando el apóstol se puso a amonestarle, diciendo: No quiera Dios, Señor, que esto suceda (Mt 16, 22). En otra ocasión corrige con paciencia y comprensión a san Juan cuando éste dijo a Jesús: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba demonios y no es de nuestra compañía; se lo hemos prohibido (Mc 9, 38). También corrigió a los apóstoles cuando discutieron entre ellos sobre quién había de ser tenido por mayor.

El apóstol Santiago el Menor anima a los fieles a vivir la corrección fraterna: Si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro hace que vuelva a ella, debe saber que quien hace que el pecador se convierta de su extravío, salvará el alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus propios pecados (St 5, 19-20). Y es que con esta obra de misericordia cooperamos con el mismo Cristo en la santificación de los demás.

En la apertura del Sínodo de Obispos del año 2005, Benedicto XVI sorprendió a los padres sinodales invitándoles a practicar entre sí la corrección fraterna, que es una obra de misericordia. En tono marcadamente espiritual, el Papa señaló, incluyéndose en el comentario, que ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo, ve bien los propios defectos. Por eso es un acto de amor ayudar a corregirse. Pienso que una de las funciones de la colegialidad es precisamente ayudarse a conocer las propias lagunas, que nosotros mismos no queremos ver.

A la luz de la comunión del pecado es como se comprende también la serie sucesiva de intervenciones, que prevé la participación de algunos testigos y luego nada menos que de la comunidad. La última solución –tenerlo por pagano y publicano– equivale a la excomunión, entendida como recurso final para salvar su alma. La excomunión es una pena eclesiástica. Esta pena es medicinal, es decir, que su fin es buscar la enmienda del quien ha hecho algo que está castigado con la excomunión. San Pablo lo dice en su primera carta a los corintios cuando manda que el incestuoso sea entregado a Satanás para castigo de la carne, y así el espíritu se salve en el día del Señor (1 Co 5, 5).

A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte (Ez 33, 7). La misión del centinela es de vigilar, y si ve algún peligro, avisar enseguida. En la Iglesia hay quienes tienen esta obligación. Cristo no ha dejado a sus seguidores sin guía en la tarea de comprender y vivir el Evangelio. Hay Pastores (obispos) puestos por el Espíritu Santo para regir el Pueblo de Dios, a quienes se les ha encargado mantener la fe y predicar el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15), y como buenos pastores de los fieles han de procurar el bien de los que les han sido confiados, su grey. Uno de sus deberes es amonestar a quien ha caído en el error. De algún modo, todos debemos estar vigilantes para que nadie se quede a mitad del camino, o se salga de la senda que conduce al cielo.

El pastor ha de mantener despierta su solicitud por el alimento, la integridad y los peligros que puedan correr las ovejas, sobre todo entre las sombras de la noche. Al pastor le toca vigilar cuando demás duermen, dar la voz de alarma, evitar que las alimañas se introduzcan en el rebaño y causen un destrozo.

Les advertirás de mi parte. Este mandato de la Escritura podemos verlo dirigido a los padres. Estos han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios y, cuando sea necesario, deben corregirlos. Pero teniendo en cuenta el consejo de san Pablo: Padres: no irritéis a vuestros hijos; antes bien educadles en la doctrina y enseñanzas del Señor (Ef 6, 4).

Las palabras de la Escritura son fuertes para todos aquellos que no advierten a su prójimo de que se ha desviado del recto camino. Si yo digo al impío: “Impío, vas a morir”, y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirás por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano (Ez 33, 8). Decía san Bernardo: Callar, cuando puedes y debes reprender, es consentir; y sabemos que está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten. Sin embargo, si uno corrige a su prójimo para que vuelva al buen camino, y éste no le hace caso, no tiene que temer nada. Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida (Ez 33, 9).

San Pablo, escribiendo a los fieles de Tesalónica, insiste en el carácter verdaderamente fraternal de la corrección fraterna: Si alguno no obedece a lo que decimos en esta carta… no le miréis como a enemigo, sino corregidle como a un hermano (2 Ts 3, 14-15). Y el mismo Apóstol de los gentiles, haciendo eco a las palabras del Cristo, las del Mandamiento nuevo, escribió: No debáis nada a nadie, a no ser el amaros unos a otros; porque el ama al prójimo ha cumplido plenamente la Ley (Rm 13, 8). Toda la Ley de Dios se compendia en dos mandamientos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Los tres primeros mandamientos hacen referencia a Dios, y los restantes, al prójimo. Pues no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro precepto, se compendian en este mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. Por tanto, la caridad es la plenitud de la Ley (Rm 13, 9-10). Y un deber claro de caridad, cuando vemos a un hermano quebrantar algún mandamiento del Decálogo, es corregirle. Pero apoyemos nuestra corrección en la oración, pidiendo a Dios la enmienda de ese hermano. Como a ti mismo. Ésta es la medida del amor. Si no queremos ningún mal para nosotros, tampoco lo queremos para nuestro prójimo.

Nuestro Señor Jesucristo, a continuación de hablar de esta obra de misericordia –corregir al que yerra-, habla de la remisión de los pecados. El que se convierte de su extravío, gracias a la amonestación llena de caridad de un hermano, obtiene el perdón de Dios. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 18, 18). Las palabras atar y desatar significan: aquél a quien excluyáis de vuestra comunión – tenerlo por pagano y publicano-, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

Si la oración de uno tiene valor y poder, y es eficaz –Sin la oración de Esteban, la Iglesia no tendría a Pablo, escribió san Agustín-, mucho más será oración en común. Es lo que subraya Jesucristo cuando dice: En verdad os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo (Mt 18, 19). En nuestra oración, pidamos a Dios por la conversión de los pecadores, con fe, porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20). La afirmación del Señor debió ser, para sus discípulos, reveladora de su carácter divino, pues había una expresión de los maestros de su tiempo que decía que cuando dos hombres se reúnen para ocuparse de las palabras de la Ley, Dios mismo está en medio de ellos. Cristo está presente en su Iglesia cuando ésta suplica pues Él mismo lo prometió. Y así la oración de los fieles reunidos en el nombre del Señor llega a Dios, y nuestra fe, apoyada en las palabras de Jesús, nos dice que Dios concede lo que se le pide. Por eso, pidamos con confianza por todos los que están descaminados, para que encuentren a Jesús que es el verdadero camino que conduce al cielo. Y también tengamos fe en la eficacia de la corrección hecha al hermano. Y hemos rezado antes de hacerla, ese hermano seguramente tendrá presente estas palabras del libro de los Proverbios: No desprecies, hijo mío, la corrección de Yavé y no te enojes por su amonestación, porque Yavé reprende al que ama, como un padre al hijo querido (Pr 3, 11-12), y con humildad volverá al buen camino.

Terminamos con una oración dirigida a la Virgen del beato Álvaro del Portillo: Madre, ¡escúchanos! Queremos vibrar; queremos ser brasas encendidas y contagiar este fuego a los demás. No toleres, no permitas que nos enfriemos. Ayúdanos a corresponder con mayor generosidad cada día a las gracias de tu Hijo, para que aumente nuestra caridad por su continuo ejercicio. No consientas que nos apaguemos. Si en algo me enfrío, o si se entibia algún rinconcillo de mi corazón, corrígeme enseguida, fomenta mi compunción y mi dolor, y haz que yo ame con más fidelidad.

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