Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Homilía


Durante la travesía del pueblo elegido por el desierto hacia la tierra prometida hubo momentos difíciles. Igualmente nos puede pasar a nosotros que vamos caminando por esta vida hacia el Cielo que Dios nos ha prometido. Ante las dificultades que encontraron en el camino, más de una vez los judíos se quejaron y hablaron contra Dios y Moisés. ¿Por qué nos habéis hecho subir de Egipto para morir en este desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de este alimento tan ligero (Nm 21, 5). Es una tentación que también nos puede venir. Cuando las cosas se complican, no salen bien u ocurre un mal que hace que perdamos la paz, el diablo aprovecha esa circunstancia para hacernos desconfiar de la bondad de Dios. Tentación que hay que rechazar con prontitud, porque Dios siempre quiere nuestro bien. Pero, ¿por qué permite el mal?

En el viaje que realizó el papa Francisco a Filipinas, un chico y una chica narraron al Papa su terrible experiencia como niños de la calle, hasta que fueron acogidos por un orfanato. La chica no pudo contener las lágrimas, y formuló al Papa la siguiente pregunta: ¿Por qué si Dios es amor y todo lo puede, permite que personas como ellos sufran? Y, si sorprendente fue la pregunta, más lo fue la respuesta, por su honestidad: Has hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Es, pues, un misterio, la permisión del mal por parte de Dios, pero estamos seguros de que Dios de los males saca bienes y que no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17).

Por aquella protesta, Dios envió contra el pueblo serpientes venenosas, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel (Nm 21, 6). Ante este castigo, los judíos reconocieron su falta: Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). Y también una vez más Moisés se convierte en intercesor en favor del pueblo. Dios acepta el ruego de Moisés y le dice a éste: Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá (Nm 21, 8). Obedeció Moisés e hizo una serpiente de bronce poniéndola en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida (Nm 21, 9).

La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y su eficacia salvífica. La serpiente de bronce, alzada por Moisés en un mástil, era el remedio indicado por Dios para curar quienes eran mordidos por las serpientes venenosas del desierto. Jesucristo compara este hecho con su Crucifixión, que es la salvación -como se ha dicho ya- para todos los que le miren con fe. En este sentido podemos decir que en el buen ladrón se cumple ya el poder salvífico de Cristo en la Cruz: ese hombre -san Dimas- descubrió en el crucificado al Rey de Israel, al Mesías, que de inmediato le promete estar en el Paraíso aquel mismo día.

El 14 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. ¿por qué “exaltar” la cruz? El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la cruz. ¿Por qué? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La cruz de Jesús expresa ambas cosas: toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. La cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria (Papa Francisco).

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él (Jn 3, 16). Cristo nos redimió muriendo en la cruz. Miremos al Calvario para contemplar a Cristo en la Cruz. Allí manifiesta su amor a todos los hombres entregando su vida. Por eso la cruz es la señal del cristiano y signo de un amor reconciliador que supera el sufrimiento y la muerte. Los cristianos tenemos la obligación de testimoniar que sólo en la Cruz reside la verdadera esperanza de una renovación cristiana de la sociedad actual. Difundamos su mensaje. El mensaje de la Cruz es una necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan (1 Co 1, 18).

La Cruz no deja lugar a la indiferencia: mueve a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Jesús. Para unos -los que se pierden- es una necedad. Y cuando en sus vidas se encuentran con una cruz, ésa no es la de Cristo, sino la del mal ladrón, que no salva, que no es aceptada ni aprovechada. Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren -descubrimos- que la Cruz es poder de Dios, porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos.

La Cruz debe estar presente en la vida de todos los cristianos. No hay santidad sin Cruz; para estar unidos con Cristo en medio de las ocupaciones del mundo, hemos de abrazar la Cruz con generosidad y con garbo (San Josemaría Escrivá). No es posible el cristianismo sin cruz. Hay que amar la Cruz. Aprendamos a amarla, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio con la ayuda divina. Sintamos la necesidad de entender el sentido de la Cruz, que no es otro que el sacrificio por amor.

Hay dos tentaciones: un Cristo sin cruz, es decir, un maestro espiritual que nos lleva adelante tranquilo, no hay sufrimientos o al menos tú escapas de los sufrimientos y te vas; pero un Cristo sin cruz, que no es el Señor, es un maestro, nada más. La otra tentación es la cruz sin Cristo, la angustia de permanecer abajo, rebajados, con el peso del pecado, sin esperanza. Es una especie de “masoquismo” espiritual. Solo la cruz, pero sin esperanza, sin Cristo. Pero la cruz es un misterio de amor,la cruz es fiel, la cruz es noble. ¿El Cristo crucificado, para mí, es un misterio de amor?, ¿yo sigo a Jesús sin cruz, un maestro espiritual que llena de consuelo, de consejos buenos?, ¿sigo la cruz sin Jesús? Que el Señor nos dé la gracia, no digo de entender, sino de entrar -con el corazón, con la mente, con el cuerpo, con todo- en este misterio de amor (Papa Francisco).

Dios puso en la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados. En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. No se puede contemplar la Cruz -locura del amor infinito de Dios por el hombre- con la áspera frialdad de un corazón indiferente; sino despacio y con amor, con mucha piedad y hasta con asombro. En ella Cristo fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que la perniciosa serpiente había infligido a la naturaleza humana. En la Cruz fuimos liberados de la esclavitud de los poderes del infierno.

La Cruz nos habla de desagraviar a nuestro Dios, de reparar por nuestros pecados, pues no es la Cruz un disfraz de dolor, sino voz auténtica del sufrimiento. Por Cruz hay que entender toda la Pasión y Muerte de Cristo. El terrible suplicio de la Cruz nos enseña en una insustituible lección, de la manera más expresiva -sin palabras, con hechos- de la gravedad del pecado.

El pecado ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre. Pero además, los tormentos físicos y morales que Jesús sufrió en el patíbulo de la Cruz son la más elocuente demostración del amor de Cristo al Padre, pues le da satisfacción de la increíble rebeldía humana con el castigo de su propia Humanidad inocente; y del amor a los hombres, al sufrir lo que nosotros deberíamos padecer en justo castigo por nuestras iniquidades.

En la Carta a los Filipenses el apóstol san Pablo, refiriéndose a Jesús, escribe. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre, y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8). La obediencia de nuestro Señor a los planes salvíficos del Padre, aceptando morir en la cruz, nos ofrece la mejor lección de humildad. Pues, en palabras de santo Tomás de Aquino, la obediencia es señal de humildad verdadera. En tiempos de Cristo la muerte de cruz era la más infamante de todas, pues estaba reservada a los malhechores. De ahí que la máxima humildad de Jesús estuvo en obedecer hasta la muerte, y muerte de cruz. Quien tenía pleno derecho a manifestarse con toda la plenitud de la gloria divina, renuncia a ella hasta el extremo de sufrir la muerte más ignominiosa.

En el misterio de la Cruz encontramos la historia del hombre y la historia de Dios, sintetizados por los Padres de la Iglesia en la comparación entre el árbol del conocimiento del bien y del mal, en el Paraíso, y el árbol de la Cruz: Ese árbol había hecho tanto mal y este árbol nos lleva a la salvación, a la salud. Perdona aquel mal. Este es el camino de la historia del hombre: un camino para encontrar a Jesucristo, el Redentor, que da la vida por amor. En efecto, Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él. Este árbol de la Cruz nos salva, a todos nosotros, de las consecuencias de ese otro árbol, donde comenzó la autosuficiencia, el orgullo, la soberbia de querer conocer -nosotros-, todo, según nuestra mentalidad, de acuerdo con nuestros criterios, incluso de acuerdo a la presunción de ser y de llegar a ser los únicos jueces del mundo. Esta es la historia del hombre: desde un árbol a otro. En la cruz está también “la historia de Dios” para que podamos decir que Dios tiene una historia. Es un hecho que Dios ha querido asumir nuestra historia y caminar con nosotros: se ha abajado haciéndose hombre, mientras nosotros queremos alzarnos, y tomó la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para levantarnos (Papa Francisco).

Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría de ser salvados. Jesús ha vencido, y no deberíamos tener miedo a la cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25). ¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen la Cruz de su Hijo! Aprendamos de Ella a amar la Santa Cruz.

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