En la zona minera de Huelva


La amistad con Raúl facilitó a Conrado integrarse en la vida del instituto, aunque todavía continuaba siendo molestado por un exiguo grupo de sus compañeros. Además, con las notas sacadas en la primera evaluación, el chico malagueño adquirió cierto crédito en la clase, de tal forma que el segundo trimestre le estaba resultando mucho más llevadero: ya se contaba con él para planes tanto escolares como extraescolares. Para la realización de tareas en equipo, muchos querían tenerle a él en su grupo. Así, un día de las pasadas vacaciones de Navidades, viajó con Daniel Ruiz y Marcos Soria a la cuenca minera de Huelva para hacer un trabajo que les había sugerido el profesor de Ciencias Naturales sobre los distintos minerales que se extraen en las minas de la provincia. La presentación del trabajo suponía para los alumnos un positivo. Los positivos acumulados durante la evaluación, en teoría, tenían reflejo en las notas, pero casi siempre sólo valían para contrarrestar los negativos que, con mucha más facilidad, daba el profesor a sus alumnos, por faltas verdaderamente nimias de comportamiento.

*****

Al pasar por Zalamea la Real, Conrado mencionó la obra de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, por lo que Marcos se vio obligado a decirle que la Zalamea de la obra dramática no era ese pueblo, sino la localidad extremeña de Zalamea de la Serena. El autobús de línea les dejó en la localidad Minas de Río Tinto. Después de unos años de inactividad, se había reanudado la explotación de las minas de la zona. Con suerte, pudieron acercarse al lugar donde estaban los depósitos del mineral extraído para ser transportado. Allí, después de que un segurata un poco borde les dijera que nada de pasar a los depósitos, un directivo de la compañía minera que casualmente estaba en la puerta de entrada, interesándose por lo que querían los chicos, les permitió pasar acompañados por un empleado de la empresa para que cogieran trozos pequeños de calcopirita y de otras variaciones de pirita. El empleado, muy amablemente, les explicó las distintas clases de pirita y las características de este mineral mientras se acercaban al lugar donde se almacenaba el mineral. Conrado con un bolígrafo iba anotando todo en un cuaderno.

Conrado y Daniel seguían con atención las explicaciones, pero Marcos se dedicó a fotografiar. Especialmente hizo varias fotos de la mina, cuya explotación es a cielo abierto, y da la impresión de ser un paisaje lunar, como el cráter de un enorme volcán de nuestro satélite. También fotografió el río, único en el mundo por el color rojizo de sus aguas. Antes de despedirse de la persona que les había acompañado, Daniel le preguntó por la historia de la explotación de aquella mina.

-Todo está en Wikipedia, fue la respuesta que obtuvo.

*****

Ya pasadas las dos de la tarde, en un bus interurbano se trasladaron a Nerva. En este pueblo almorzaron con los bocadillos que les había preparado la madre de Daniel. Por una guía turística editada por el ayuntamiento nervense, se enteraron que estaban en una tierra de artistas. Los tres sabían que en Nerva había nacido uno de los más ilustres personajes de la provincia, el pintor Daniel Vázquez Díaz, pero desconocían la existencia de otros artistas nervenses.

Terminada la comida, no les quedó más remedio que esperar hasta las seis, que era la hora que salía el autobús para regresar a Huelva. Sentados en uno de los bancos del parque que les daba el sol, estuvieron de cháchara, hablando especialmente de algunos profesores, como el de Ciencias Naturales y el de Literatura. El primero, ya mayor, bajito, y a punto de jubilarse, era conocido por el Chacho. Conrado preguntó a Marcos y a Daniel el porqué de ese mote.

-¿No te has fijado que cuando dice muchacho, la mu apenas la pronuncia, y lo que se oye es chacho?, le aclaró Daniel.

-Es un profesor echado a la antigua, que no tiene nada de cintura y con un montón de manías que nos trae fritos a todos -añadió Marcos-. Por cualquier cosa dice: “Chacho, negativo”.

-Lo que estuvo bien fue la agarrada que tuvo con “el Cantin”, comentó como de pasada Daniel.

-¿Qué pasó?, inquirió Conrado.

-Fue el año pasado, en tercero -comenzó a decir Marcos, adelantándose a Daniel en responder-. “El Chacho” nos daba Física y Química. En un examen de formulación, varios de la clase dibujaron tres o cuatro figuras geométricas en la pizarra, señalando con letras los vértices, lados… que no era otra cosa que una clave de las fórmulas que podrían salir en el examen. Como una de las manías de “el Chacho” es que la pizarra esté borrada al empezar cada clase, al ver aquellas figuras mandó quitarlas al encargado de borrar, además de ponerle un “negativo” por no haberlo hecho antes. El encargado era Álvaro Barroso, que protestó, pero no tuvo más remedio que borrar la pizarra. Como Barroso es un poco pijo, llevaba los pantalones un poco bajo de tal forma que se viera la marca del calzoncillo. Bueno, un poco bajo… no, sino bastante bajo.

-Los pijos, los no pijos y también los macarras; es la moda, apostilló Conrado.

-Un poco hortera sí que es que se vea el gayumbo, dijo Marcos.

-Pues sí, pero la moda es la moda -dijo Daniel, antes de continuar el relato-. Cuando “el Chacho”, vio a Barroso, le dijo de mala forma: “Súbase el pantalón que se le ve el calzoncillo”. Y “el Cantin”, sin hacerle caso, dijo: “Es como ahora se lleva”, añadiendo que él como era joven estaba en lo último de la moda, no como otros que eran carrozas. “El Chacho” se dio por aludido y enrojeció de rabia, y perdiendo totalmente los papeles, le soltó a Barroso: “Eres un Cantinflas, y que sepas que el calzoncillo es ropa interior y no semiexterior”. Y fue cuando Barroso se pasó al decir: “Yo seré un Cantinflas, pero usted es un Charlot, porque todas sus clases son una charlotada”.

-¿Expulsarían a Barroso del instituto por unos días?, preguntó Conrado.

-No, porque la clase se puso a favor de él, y “el Chacho”, quizás para no complicarse la vida, no dio parte a la dirección, pues fue él el primero en insultar -respondió Marcos-. Eso sí, a Barroso se le ha quedado el mote de “el Cantin”.

-“El Chacho” se ha quedado anclado hace ya veinte años como mínimo -aclaró Daniel, por si sus compañeros tenían alguna duda-. Sólo hay que fijarse en los exámenes. Las preguntas están escritas a máquina en unas cuartillas que en su tiempo debían ser blancas, pero ahora más que amarillentas están negras. Además, ejerce la autoridad a base de poner negativos; y siempre, desde detrás de la mesa que está encima de la tarima, quizás para disimular su baja estatura.

-¿Siempre da clase en el gabinete de Ciencias?, preguntó Conrado.

-Por supuesto -afirmó Soria-. Lo considera como algo suyo. Allí no entra nadie sin que él esté. Lo controla todo. Además, ha sido él quien ha montado el gabinete. Todas las colecciones de conchas marinas, de minerales, de insectos, de animales disecados, de hojas…, que están en las vitrinas, las ha hecho “el Chacho”. También consiguió la canina, no se sabe cómo.

-¿La canina?, preguntó Conrado con extrañeza.

-Sí, la canina que hay, contestó Marcos.

Conrado, dándose cuenta de que su pregunta no había sido entendida, la formuló de distinta forma:

-¿Qué es una canina?

Fue entonces cuando Daniel le explicó que una canina es el esqueleto de un hombre.

Inmediatamente después de que le contestara Daniel, Conrado abrió su mochila y sacó la libreta para escribir algo. Un poco extrañado, Soria le preguntó qué anotaba.

-El significado de la palabra canina.

-¿Y la apuntas en la libreta?, inquirió Daniel.

-Es que son muchas…, estaba diciendo Conrado, y antes de que terminara la frase, de nuevo Ruiz habló para decir:

-Muchas… ¿qué?

-Pues la cantidad de palabrejas que se usan solamente aquí. No hay más remedio que apuntarlas para que no se me olviden.

-Déjame ver qué palabras tienes escritas, le pidió Marcos.

Conrado le pasó la libreta, y Marcos comenzó a leer en voz alta las palabras y expresiones allí anotadas:

cosqui (golpe en la cabeza), illo (chiquillo), aguamala (medusa), ni mijita (ni hablar), citrato (regaliz), pero (manzana), chícharo (guisante), aljofifa (paño basto para limpiar el suelo), estar pillao (no estar bueno de la cabeza), no ni na (claro que sí), calentito (churro), trochería (tontería, algo sin pies ni cabeza), trompo (peonza), ¿qué no de qué? (¿cómo qué no?), saborío (antipático)… Las leyó todas hasta la última anotada: canina (esqueleto humano).

La expresión que más gracia causó fue el pescado de la picardía, pues ni Daniel ni Marcos sabían qué pez era hasta que Conrado les contó que su abuela así se refería a un pez que se llamaba japuta.

-¡Ah!, chaputa, exclamó Daniel.

-No, chaputa, sino japuta -aclaró Conrado-. En Málaga también lo hay, porque es un pez del mar Mediterráneo.

-Sí, pero en Huelva decimos chaputa, dijo Daniel, sin querer dar su brazo a torcer.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s