El profesor de Literatura


También del profesor de Literatura hablaron, aunque éste salió mejor parado que el Chacho, no porque estuviera exento de manías, sino porque era mucho más cercano a los alumnos, pero tampoco se había librado don Román Escurite de ser moteado por sus alumnos. El mote no era otro que el Perabá, pues siempre que pillaba a alguien copiando en un examen, le retiraba la hoja donde escribía mientras le decía:

-Suspenso, por Per Abat, en clara alusión al copista del poema Cantar de mio Cid.

Aunque era muy exigente, raro era el alumno que suspendía con él. Cada viernes había una prueba puntuable. Y no sólo examinaba del contenido del libro de texto, sino que también exigía la lectura de libros de la literatura castellana. El alumno que suspendía un examen podía presentarse cuando quisiera a examinarse de nuevo, si el Perabá se encontraba en su despacho, que era lo habitual; y no una sola vez, sino varias. Con estas facilidades para recuperar no era difícil llegar al final de la evaluación con el aprobado.

Además, también contaba positivamente en la puntuación final de la evaluación las poesías que voluntariamente recitaban los alumnos fuera de la clase y en horas extraescolares. Lo de las horas extraescolares tenía su razón de ser. Era para evitar que los alumnos, con motivo de ir al despacho de don Román a recitar una poesía, se perdieran parte de la clase de otra asignatura. El Perabá, después de muchos años de docencia, estaba ya bien sobre avisado de la picaresca de los alumnos. Por otro lado, el carácter un poco bohemio que hacía compatible con la elegancia en el bien vestir y con el clasicismo de la buena educación era otro ingrediente para que los alumnos tuvieran con él confianza y a la vez respeto. El cierto aire de artista se manifestaba claramente en la decoración de su despacho, pues éste era una especie de museo, con todo tipo de objetos (cuadros, metopas, cornamentas de venado, vidrios y lozas, trofeos deportivos, medallones conmemorativos…).

Mérito suyo era el que al acabar cada curso, un buen número de sus alumnos ya se habían aficionado a la lectura. Antes de las vacaciones, don Román recomendaba algunas novelas para leer durante el verano, a la vez que advertía que no todo lo que había en el mercado editorial era legible. Solía decir a sus alumnos para que no leyeran bazofia:

-En la actualidad hay novelistas, con una desmesurada propaganda, que su “éxito” estriba en ensuciar con su pluma páginas y páginas con descripciones escabrosas e inmorales, o de pornografía barata, para escribir sobre el amor. No se percatan de que lo que relatan es puro estiércol de burdel, pero no la belleza de la vida y del amor. Demuestran no tener idea alguna del corazón humano.

Las novelas que últimamente había recomendado eran: Palabras en la arena, de José Ramón Ayllón; Blanca como la nieve, roja como la sangre, de Alessandro D’Avenia; Un paso en falso, de Sofie Laguna; y Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia. Sin embargo, nunca dio el título de libro alguno no recomendable, para evitar que algunos chicos se sintieran tentados a leerlo por curiosidad, precisamente por ser desaconsejable desde el punto de vista moral.

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