La primera santa chilena (Santa Teresa de Jesús de los Andes)


La primera santa de Chile (Santa Teresa de Jesús de los Andes)

Roma, 21 de marzo de 1993

San Juan Pablo II canonizó a la primera santa de Chile, santa Teresa de Jesús, más conocida por Teresa de los Andes. En la homilía, el romano pontífice dijo: Luz de Cristo para toda la Iglesia chilena es Sor Teresa de los Andes, Teresa de Jesús, carmelita descalza y primicia de santidad del Carmelo Teresiano de América Latina, que hoy es incorporada al número de los Santos de la Iglesia universal. En su joven vida de poco más de 19 años, en sus once meses de carmelita, Dios ha hecho brillar en ella de modo admirable la luz de su Hijo Jesucristo, para que sirva de faro y guía a un mundo que parece cegarse con el resplandor de lo divino. A una sociedad secularizada, que vive de espaldas a Dios, esta carmelita chilena, que con vivo gozo presento como modelo de la perenne juventud del Evangelio, ofrece el límpido testimonio de una existencia que proclama a los hombres y mujeres de hoy que en el amar, adorar y servir a Dios están la grandeza y el gozo, la libertad y la realización plena de la criatura humana. La vida de la bienaventurada Teresa grita quedamente desde el claustro: “¡Sólo Dios basta!”.

Y lo grita especialmente a los jóvenes, hambrientos de verdad y en búsqueda de una luz que dé sentido a sus vidas. A una juventud solicitada por los continuos mensajes y estímulos de una cultura erotizada, y a una sociedad que confunde el amor genuino, que es donación, con la utilización hedonista del otro, esta joven virgen de los Andes proclama hoy la belleza y bienaventuranza que emana de los corazones puros.

En su tierno amor a Cristo Teresa encuentra la esencia del mensaje cristiano: amar, sufrir, orar, servir. En el seno de su familia aprendió a amar a Dios sobre todas las cosas. Y al sentirse posesión exclusiva de su Creador, su amor al prójimo se hace aún más intenso y definitivo. Así lo afirma en una de sus cartas: “Cuando quiero, es para siempre. Una carmelita no olvida jamás. Desde su pequeña celda acompaña a las almas que en el mundo quiso”.

Su vida fue enteramente normal y equilibrada. Alcanzó una envidiable madurez integrando en la más armoniosa síntesis lo divino y lo humano: oración, estudios, deberes hogareños… y deporte, al que era aficionadísima, destacando en la natación y en la equitación. Como joven bellísima, simpática, deportista, alegre, equilibrada, servicial y responsable, santa Teresa de Jesús de los Andes está en inmejorables condiciones para arrastrar a la juventud en pos de Cristo, y para recordarnos a todos que es preciso cumplir el programa evangélico del amor para realizarnos como personas.

Infancia

Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia acomodada muy cristiana que conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia. Sus padres fueron Miguel Fernández Jaraquemada y Lucía Solar Armstrong. Tuvo tres hermanos -Miguel, Luis e Ignacio- y dos hermanas -Lucía y Rebeca-. Fue bautizada en la parroquia de Santa Ana de la capital chilena. En la pila bautismal se le impuso los nombres de Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones. Pero para todos sus familiares la llamaban Juanita. Educada en una fe ardiente, se impuso desde muy pequeña la obligación de ir a menudo a la iglesia y recitar todos los días el rosario. Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar.

Desde sus 6 años, asistía con su madre casi a diario a la santa misa. No lograba comprender por qué no podía recibir a Jesús. Su madre le explicaba que aún no estaba preparada y además era imposible al no contar la edad suficiente. Pero estos argumentos de nada sirvieron. Y Juanita cada vez con más vehemencia suspiraba por la Comunión. Otro de sus deseos era ir al Cielo, que para ella era un misterio insondable. Le habían dicho que allí estaban Jesús y la Virgen María, que nada se necesitaba en el Cielo, y que la felicidad consistía en contemplar a Dios. Por eso, un día le dijo a un sacerdote amigo de su familia: Padrecito, ¡vayamos al cielo! El sacerdote, después decirle: Bien hijita, vámonos al Cielo, le preguntó: Bueno, Juanita, ¿dónde está el Cielo? La niña contestó: Por allá, señalando con un dedo índice con su dedo la Cordillera de Los Andes. El sacerdote le dijo: Está bien, hijita, pero fíjate, cuando después de haber escalado estas montañas muy altas, todavía estará muy lejos el Cielo. No, Juanita, éste no es el camino del Cielo: Jesús en el sagrario, este es el camino real para llegar al cielo.

Un carácter fuerte

No todo en Juanita era armonioso y perfecto. A veces se dejaba dominar por la impaciencia, y además era temperamental y enérgica. A ello se sumaba el mal genio y su inclinación a la pereza. También era algo vanidosa y arrogante, y en algunas ocasiones violenta. Lloraba por todo; su sensibilidad era extrema. Pero ella trataba de vencer estas faltas. Por amor a Jesucristo se propuso no acostarse jamás sin haber pedido perdón a la persona que en ese día había ofendido.

Juanita seguía peleando y continuaba con su “condenado genio”. Cada vez que realizaba algo que consideraba malo se arrepentía de verdad y prometía al Señor que nunca más lo volvería a hacer, pero nuevamente incurría, aunque con menos violencia. Si no se hubiese frenado en ese tiempo, se habría convertido en un “pequeño monstruo”. ¿Cuántas veces debió morderse los labios para no contestar? ¿En cuántas ocasiones se contuvo para no golpear a otros niños que la molestaban?

En el colegio: Primera Comunión

Los padres de Juanita decidieron llevarla al colegio de las Teresianas. Pero en este colegio apenas estuvo un mes, y además con escasa asistencia debido a un rebelde resfriado. Se vio obligada a abandonar este centro educativo porque le contó a su madre que había una alumna de malas costumbres y no eran vigiladas en los recreos. Fue castigada injustamente por la directora del colegio por decirle a su madre lo que para la superiora era un simple cuento. La madre de Juanita sacó inmediatamente a su hija de aquel colegio, y la ingresó en el Externado de la Alameda, un colegio llevado por las monjas francesas del Sagrado Corazón. En este colegio Juanita tuvo una buena formación escolar, y en él se confesó por primera vez, recibió el sacramento de la Confirmación e hizo la Primera Comunión.

Con gran celo se preparó para su primera confesión. Fue en el mes de junio, el mes dedicado al Sagrado Corazón, cuando Juanita decidió cambiar por completo. El Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del Amor Infinito hacia la humanidad, desterró sus ingratitudes y faltas. Empezó poniendo esfuerzo por dominarse. Su meta era vencerse por amor a Jesús. Prometió al Señor no dormirse sin haber suplicado perdón a quien había ofendido, aunque fuese involuntariamente; también le prometió no mirarse al espejo para aplastar la vanidad, y el de vencer siempre la pereza.

El 22 de octubre de 1909, Juanita fue confirmada en la capilla de su colegio. Años después escribió en su Diario: Me mostró Jesús su grandeza y mi nada y me dijo que me había escogido para víctima. Que subiera con Él al Calvario. Que emprenderíamos juntos la conquista de las almas: Él, Capitán, yo, soldado. Nuestra arma, la Cruz. La divisa, el amor.

Cuando recibió el permiso de hacer su Primera Comunión y quiso prepararse con la confesión, la oración y el ofrecimiento a Jesús de numerosos pequeños sacrificios. Un año me preparé. Durante este tiempo la Virgen me ayudó a limpiar mi corazón de toda imperfección. Y el día más deseado, el de su Primera Comunión llegó. Fue el 11 de septiembre de 1910. La noche anterior se puso de rodillas ante sus padres para pedirles perdón por todas las faltas. Después, a sus hermanos también les pidió perdón, uno a uno de rodillas. Y por último fue a la cocina y humildemente pidió perdón a los empleados de la casa. Deseaba que Jesús entrara en su corazón y no se moviera más de allí y para ello se había preparado con tanto amor. Por ningún motivo quería que Él encontrara alguna mancha. Ansiaba la purificación absoluta, borrar todos los defectos de su infancia que podrían ensombrecer. Además, esa noche rezó con más fervor que nunca, le rogó a la Santísima Virgen que le tomara su mano para acercarla a Él cuando llegara el momento de la comunión.

Desde que recibió la Primera Comunión procuraba comulgar diariamente y pasar largo rato en diálogo amistoso con Jesús. Todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Pero mi devoción especial era la Virgen. Le contaba todo. Desde ese día (su Primera Comunión) la tierra para mí no tenía atractivo. Yo quería morir y le pedía a Jesús que el ocho de diciembre me llevara. Desde su niñez vivió una intensa vida mariana que fue uno de los cimientos fuertes de su vida espiritual. El conocimiento y amor de la Madre de Dios vivificó y sostuvo todos los momentos de su camino en el seguimiento de Cristo.

Muy enfermiza

Durante cuatro años seguidos, Juanita enfermará los fines de año. Siendo los días críticos los ochos de diciembre. Había pedido a Jesús que en esa fecha, día de la Inmaculada Concepción, se la llevara. En 1911 pensó que moriría. Creyó que desde el cielo la estaban favoreciendo en su petición. Pero fue el año siguiente cuando estuvo muy mal: le dio difteria. A la madre de Juanita vivió momentos de angustia y se desesperaba viendo a su hija sufrir en silencio. Una tarde, viéndola con el rostro crispado por el dolor, no pudo dejar de decirle: Quéjate, niña. Y ésta dijo: ¿De qué me voy a quejar?, cuando es el Señor el que permite sufrir. Días después, logró reponerse, con gran alivio de todos. Ella, sobre su curación, dijo: Todavía no me merecía el cielo y Nuestro Señor no me llevó.

En 1913 enfermó de nuevo, con una fiebre espantosa. Más tarde, diría Juanita: En este tiempo Nuestro Señor me llamaba para sí, pero yo hacía caso a su voz. En diciembre de 1914 sufrió fuertes dolores estomacales. Le diagnosticaron apendicitis. El día 8 se sentía muy mal. El 25 tuvo una alarmante fatiga. Los médicos decidieron operarla. El 28 fue hospitalizada. En ese mismo día, comulgó a las cinco de la mañana. ¡Qué comunión! Creía que era la última, le pedí a Nuestro Señor con toda mi alma que diera valor y serenidad. ¿Qué habría sido de mí sin el auxilio de Jesús? ¡Oh, Jesús, dulcísimo, yo te amo! Felizmente, la intervención quirúrgica salió bien aunque el dolor era terrible y el cloroformo me causó terribles efectos -diría Juanita-, pero así me acordaba de ofrecérselo a Nuestro Señor, pues mi madre me lo recordaba. Un solo instante no más me desesperé; pero inmediatamente me arrepentí. El día de Año Nuevo, un médico del hospital le envió orquídeas por su valiente comportamiento. Era la primera vez que me mandaban flores y yo se las mandé a Jesús. Me costó mucho este sacrificio, pero lo hice.

La llamada de Dios

Entre la vida estudiantil, la vida familiar y su apostolado de caridad con los más pobres se desarrolló su inmenso amor por Jesucristo, en su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a Él como religiosa, en concreto, como carmelita descalza, pues el Señor le había hablado diciéndole que quería su corazón sólo para Él, dándole también la vocación al Carmelo.

El 13 de julio de 1915 escribió en sus libretas autógrafas: Hoy cumplo quince años. ¡Quince años! La edad en que todos quisieran estar: los niños por ser considerados como más grandes, y los ancianos y los que han pasado esta edad, que tienen veinticinco años, quisieran volver a esta edad por ser la más feliz. Pero yo pienso: quince años, quince años que Dios me ha conservado la vida. Me la dio en 1900. Me prefirió entre millares de seres para crearme a mí. En 1914, el año que pasó, estuve enferma de muerte, y me dio la vida otra vez. ¿Qué he hecho yo de mi parte, para este favor tan grande y para que Dios me haya dado la vida dos veces? ¡Quince años! ¿En qué me he ocupado en estos quince años? ¿Qué he hecho yo para agradar a ese Rey omnipotente, a ese Creador misericordioso que me creó? ¿Por qué me prefirió entre tantas criaturas? El porvenir no se me ha revelado; pero Jesús me ha descorrido la cortina y he divisado las hermosas playas del Carmelo.

Alumna interna

Juanita y su hermana rebeca cuando salían del colegio caminaban con sus amigas. Al estar ubicado el colegio del Sagrado Corazón muy cerca del colegio San Ignacio, los muchachos se les acercaban en el trayecto. Esperaban ver a Juanita y era a ella a quien abordaban especialmente. Como a toda joven les agradaban estos encuentros, sonreía y les respondía con amabilidad. Pero siempre estaba presente su vocación. Al enterarse su madre de esta situación casi diaria, drásticamente decidió cambiar a sus hijas al Internado de Maestranza, regido por la misma congregación de monjas francesas del colegio Sagrado Corazón. Como Juanita era profundamente afectiva, se creyó incapaz de vivir separada de los suyos. Sin embargo, asumió generosamente la prueba de estudiar en régimen de internado los tres últimos cursos, como entrenamiento para la separación definitiva cuando entrara en el convento.

El régimen del Internado era muy rígido. Juanita sufrió lo indecible con el cambio. Estando desesperada, recurrió a su fiel Jesús, obteniendo un consuelo interior. Esta prueba era la voluntad de Dios y debía aceptarla, no sólo por obedecer, sino por lo que la vida le deparaba. En medio de su desventura terminó agradeciendo la nueva situación. Y a pesar de mi pena, no pude menos de agradecérselo a Nuestro Señor, que me preparaba el camino para estar más apartada de las cosas del mundo y me llamaba a vivir junto a Él para que estuviera más acostumbrada a vivir de mi familia antes de entrar en el Carmelo.

Su preparación para el Carmelo

Durante varios años estuvo Juanita preparándose para ingresar en el Carmelo. Y entre otras cosas que hizo está la lectura de los santos carmelitas, especialmente la Historia de un alma, de la carmelita francesa santa Teresa del Niño Jesús y, sobre todo, las obras de santa Teresa de Jesús, a quien consideró su guía y maestra, influyeron enormemente en el desarrollo de su vocación. He leído en la “Vida de Santa Teresa” que recomienda esta santa para aquellos que principian a tener oración, figurarse el alma como un huerto que está lleno de hierbas y árboles dañinos y todo muy seco. Entonces al principiar a tener la oración, el Señor pone en él plantas hermosas y que nosotras debemos cuidar de ellas para que no se sequen. Para esto, siempre los que principian tienen que sacar agua del pozo, que cuesta, pues son las dificultades con que cada uno tropieza al principiar la oración.

Juanita se identificaba con santa Teresita de Lisieux. Esta santa, a los ojos de muchos, no había hecho nada extraordinario. Juanita la había captado: la vida está formada por pequeñas cosas, pero si esas pequeñas cosas se cumplen según la voluntad de Dios y se hacen con gozo, sin llamar la atención pero haciédolas lo mejor posible, con toda la intensidad del alma y por amor a Cristo; ofreciéndole a Él las penas y las alegrías; las cosas pequeñas que engrandecen y lo ordinario se transforma en extraordinario.

También leyó la vida de la beata Isabel de la Trinidad, carmelita francesa. Lo que le llamó la atención de esta carmelita fue el desasimiento, la mortificación, el sentido reparador, el camino progresivo de su oración, el trato constante con el Amigo, su abandono en Cristo, su naturalidad para hablarle, el querer vivir escondida en Él e inmolarse con Él por la humanidad, la intimidad con el Amado, su humildad al reconocer que todo lo bueno que poseía era un regalo de Dios y lo malo venía de ella.

En su preparación para el Carmelo, el 7 de diciembre de 1915, un día antes de que su confesor le permitiera hacer su primer voto de castidad, Juana escribió en su diario: Es mañana el día más grande de mi vida. Voy a ser esposa de Jesús. ¿Quién soy yo y quién es Él? El todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora. ¡Oh, Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría, mi todo! ¡Mañana seré tuya! ¡Oh, Jesús, amor mío! Madre mía, mañana seré doblemente tu hija. Voy a ser Esposa de Jesús. Él va a poner en mi dedo el anillo nupcial. Oh, soy feliz, pues puedo decir con verdad que el único amor de mi corazón ha sido Él.

Al día siguiente escribió: Hoy, ocho de diciembre de 1915, de edad quince años, hago el voto delante de la Santísima Trinidad y en presencia de la Virgen María y de todos los santos del cielo, de no admitir otro Esposo sino a mi Señor Jesucristo, a quien amo de todo corazón y a quien quiero servir hasta el último momento de mi vida.

A los 17 años expone su ideal carmelita “sufrir y orar” y con ardor defiende su vida contemplativa, que el mundo “tacha de inútil”. Le ilusiona saber que su sacrificio servirá para mejorar y purificar al mundo.

En el Carmelo

El 7 de mayo de 1919 se cumplió su deseo: ingresó al monasterio del Espíritu Santo de las Carmelitas Descalzas de Los Andes, en la diócesis de San Felipe de Aconcagua (Región de Valparaíso). El 14 de octubre tomó el hábito y recibió el nombre de Teresa de Jesús, comenzando así su año de noviciado, al término del cual haría su primera profesión o profesión temporal religiosa que, dadas las circunstancias, se le permitió hacer antes de morir. Ella sabía desde mucho antes que moriría joven. Más aún, el Señor se lo había revelado, pues ella misma lo comunicó a su confesor un mes antes de su partida. Asumió esa realidad con alegría, serenidad y confianza. Segura de que continuaría en la eternidad su misión de hacer conocer y amar a Dios.

Una vez ya en el convento, en la dirección espiritual le aconsejaron que se centrara en la oración y en la vida comunitaria. En cuanto a la oración se le recomendó la sencillez, el espíritu de fe, la pureza y que en la oración no buscara la imagen, sino el concepto puro de Dios, porque si lo imaginaba, lo empequeñecería. En cuanto al trato con las hermanas le dijo que fuera igualmente amable con todas. Que su intención fuera agradar a Dios. Que de tal manera obrara independiente con las criaturas, que se creyera sola en el convento. Que no quisiera atraerse la simpatía y el cariño de nadie.

A los pocos meses el alma de la hermana Teresa de Jesús había llegado a tal punto que no quería ofender en lo más mínimo al Señor. Durante su estancia en el convento no dejó de escribir cartas a sus familiares y amistades en las que pregonaba su amor a Jesucristo, a la Virgen María y a la Eucaristía, además de su alegría y su felicidad por ver cumplida su vocación: así pasamos la vida; orando, trabajando y riéndonos. Sus cartas, su diario y sus anotaciones son testigo de ello.

Su vida monacal desde el 7 de mayo de 1919 hasta su muerte fue el último peldaño de su ascensión a la cumbre de la santidad. Sólo once meses fueron suficientes para consumar su vida totalmente cristificada. Muy pronto la comunidad carmelita descubrió en ella un paso de Dios por su historia. En el estilo de vida carmelitano-teresiano, la joven encontró plenamente el cauce para derramar más eficazmente el torrente de vida que ella quería dar a la Iglesia de Cristo. Era el estilo de vida que, a su modo, había vivido entre los suyos, y para el cual había nacido. La Orden de la Virgen María del Monte Carmelo colmó los deseos de Juanita al comprobar que la Madre de Dios, a quien amó desde niña, la había traído a formar parte de ella.

Muerte

Teresa de Jesús no llegó a vivir un año entero en el convento. Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus y difteria entregó santamente su alma a Dios al atardecer del 12 de abril de 1920. Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia. El sacerdote que la confesó salió muy conmovido por su valentía para enfrentar la muerte. Más tarde dirá que la joven carmelita estaba configurada con Cristo. El 7 de abril había hecho la profesión religiosa in articulo mortis. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad. El jueves 8, apenas podía hablar, su delirio era casi continuo. Sin embargo, repite con dificultad y muchas veces: La víctima de amor tiene que subir al Calvario. En medio de su estado febril reiteró en varias ocasiones que se había ofrecido como víctima por los pecadores y en especial por un alma que nombró. Las carmelitas nunca dijo quién era la persona que nombró Teresa de Jesús; es el secreto mejor guardado de la comunidad.

Había muerto en olor de santidad. Las carmelitas de su comunidad aseguraban que había entrado ya santa. De modo que, en tan corto tiempo, pudo consumar la carrera a la santidad que había iniciado muy en serio mucho antes de su primera comunión.

El domingo 11, llegó su hermano Lucho a acompañar a su madre y a enterarse de la salud de su hermana por sí mismo. Solo ahí, conversando con los médicos, se enteró de la gravedad de su mal. Mientras su madre pasa rezando en la capilla, Lucho con desesperación busca que la medicina salve a su querida hermana. Pero ya era imposible su mejoría a causa de una septicemia recién declarada. El capellán del monasterio le informó que había caído en un letargo y que solo cabía rezar.

El lunes 12, la fiebre era tan alta que los médicos resolvieron que las enfermeras del Hospital de Los Andes la sumergieran en un baño de agua fría. La fiebre no cedió. Ante la desesperación de Lucho, los médicos informaron que la ciencia no podía hacer nada. Teresa de Jesús moría de amor en una atmósfera de paz, porque había vivido de amor. Había llegado al matrimonio espiritual. A las 7:15 de la tarde, ante la presencia de sus hermanas carmelitas y del capellán, expiró con una leve sonrisa.

La campana dio tres señales. La madre de Juanita, muy cerca del torno rezó una Avemaría. Lucho estremecido lloraba sin consuelo. Nuevamente los tres toques. Doña Lucía se acercó más al torno rezando otra Avemaría. Otras tres campanadas. La madre de rodillas pidió al Señor misericordia y paz para su familia por intercesión de su hija. Eran las campanas de difuntos. Teresa de Jesús había emprendido el vuelo para encontrarse con su Amado.

Fue sepultada inicialmente en el cementerio del convento y en 1940 fue trasladada al Coro Bajo, junto a la nueva capilla, donde permaneció junto a sus Hermanas Carmelitas hasta el 18 de octubre de 1987, fecha en la que fueron trasladadas (y con ellas los restos de Teresa de los Andes) hasta el nuevo convento y Santuario ubicados en el sector de Auco, comuna de Rinconada.

Fama de santidad

Muy pronto se difundió su fama de santidad. Su vida fue breve y sencilla, pero viviendo el amor en gran medida. Hablaba familiarmente con Dios y así aprendió a serle fiel. Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca, había escrito. Siempre preocupada por los demás, en su vida laica fue organizadora de misiones y catequista de niños en los fundos donde ella veraneaba, así como también estaba muy preocupada por los enfermos y los pobres, tanto en el campo como en Santiago. En el monasterio nunca dejó de orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.

Fue una joven alegre y equilibrada, que disfrutaba de la naturaleza, el deporte y las amistades, que cultivó con gran intensidad y mantuvo, a través de cartas, en el monasterio. Con grandes aptitudes intelectuales y una belleza deslumbrante, era muy halagada, incluso pretendida por algunos jóvenes a quienes rechazó por ser muy superficiales, siendo que ella se había consagrado desde pequeña a su todo adorado, Jesucristo. Sin embargo, estas alabanzas de la gente ella debió contrarrestarlas con gran esfuerzo en pos de la humildad necesaria para amar y servir a Jesucristo. En el monasterio de Los Andes, palomarcito, como ella lo definía, vivió a plenitud su consagración personal con Cristo, su desposorio con Él. Su alegría desbordante por esta consagración no logró verse menoscabada por la gran lucha que debió llevar, en primer lugar, contra sus propios afectos especialmente por sus familiares y amigos a quienes extrañaba enormemente, y en segundo lugar, contra el tifus que la llevó más tarde a la muerte, que para ella fue una dulce muerte, que no la espantaba, sino que la llenaba de gozo, porque viviría para siempre con su amado.

Frases sacadas de sus escritos

Santa Teresa de los Andes despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niña. Aseguraba que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en Él. Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí.

Su hermano Lucho le enseñó a rezar el rosario. Ambos prometieron recitarlo cada día, promesa que Juanita cumplió hasta el fin de su vida. Nuestro Señor, desde aquí, se puede decir, me tomó de la mano con la Santísima Virgen.

En una carta a la Priora le decía: Madrecita nuestra:Tengo tantas faltas en mi alma y he sido tan infiel a Nuestro Señor que ya no puedo más del remordimiento. Así es que se las voy a decir para que a nombre de Dios me perdone. He sido muy orgullosa, a veces interiormente me rebelo contra su autoridad… He faltado a la caridad cuando me reí en su presencia. He faltado a la modestia religiosa corriéndome un poco para atrás la toca en el recreo. Me reí en el Coro y en la oración estuve un rato distraída. Perdóneme Madrecita, hace hoy 8 días de mi toma de hábito. Así le pago al Señor y a Vuestra Reverencia por todo lo que hacen por mí. Perdóneme y ruegue por mí.

También Teresa de los Andes vivió su noche oscura, con períodos de sequedades. Al su director espiritual le escribe: Lo llamo, lo lloro, busco a Jesús dentro de mi alma. Estoy hambrienta de comulgar, pero Jesús no se me manifiesta. Sin embargo, reconozco, que esto lo merezco por mis pecados y quiero sufrir. Quiero que Jesús me triture interiormente para ser hostia pura donde Él pueda descansar. Quiero estar sedienta de amor, para que otras almas posean ese amor que esta pobre carmelita tanto desea.

Vio cumplido su sueño: ser carmelita descalza de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. ¡Qué hermosa es nuestra vocación, -había escrito tiempo atrás- somos redentoras de almas en unión con nuestro Salvador! Somos las hostias donde Jesús mora, en ella vive y sufre por el mundo pecador.

En una carta a su madre, escribe: Ya estamos en la mitad de las vacaciones. Es tan rápido el tiempo aquí en el Carmen, que pasan los meses sin saberlo. ¡Qué rico! Esto me llena de alegría porque pasará esta vida y luego vendrá la eternidad y con ella Dios. Estos tres días de carnaval, hemos tenido el Santísimo expuesto… Son días de fiesta al mismo tiempo de pena. Podemos hacer tan poco para reparar tanto pecado… Sin embargo, no me desconsuelo, pues he encontrado un tesoro y es el ofrecer la Santa Misa, es decir, la Santa Hostia, para reparar. Con la Santísima Virgen he arreglado que Ella sea mi sacerdote que me ofrezca en cada momento por los pecadores y sacerdotes, pero bañada con la sangre del Corazón de Jesús…Vivamos dentro de ese Corazón para unirnos en silencio a sus adoraciones, anonadamientos y reparaciones… Con Él alabemos a la Santísima Trinidad.

En el último párrafo de la carta escribe: He comprendido aquí en el Carmen mi vocación. He comprendido como nunca que había un Corazón que yo no conocía ni honraba. Pero Él ahora me ha iluminado. En ese divino corazón es donde ahora he encontrado mi centro, mi morada. Mi vocación es el producto de su amor misericordioso.

Glorificación

Muy rápidamente creció su fama de santidad, siendo cientos y miles de personas las que llegaban a su tumba a pedir su intercesión o agradecer favores recibidos. Tras un proceso de beatificación iniciado cuarenta años antes, el 3 de abril de 1987, en Santiago de Chile fue proclamada beata por san Juan Pablo II, como la luz de Cristo y el faro luminoso que debe guiar a los chilenos. Y el 21 de marzo de 1993 fue canonizada en la Basílica de San Pedro, de Roma por el mismo papa, y declarada primera santa del país con el nombre de Santa Teresa de Los Andes. Su fiesta se celebra el 13 de julio, aniversario de su nacimiento.

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