Los años apasionantes de Huelva


Ya estaba el mes de febrero en su segunda mitad, y Conrado tenía unos días de vacaciones después de los exámenes de las asignaturas cuatrimestrales. Su abuelo le había pedido que le ayudara en un libro que había escrito. La ayuda consistía en pasarlo al ordenador, y una vez informatizado, enviarlo a una imprenta para su publicación. El libro, titulado Aires del Odiel, era de los recuerdos que su autor tenía de los años de su juventud en la Huelva de mediados del siglo XX. Con este trabajo, Conrado fue sumergiéndose en “los apasionantes años”, según su abuelo, de las dos décadas centrales del pasado siglo. En realidad, en aquella veintena de años ocurrieron hechos sorprendentes en la ciudad como la fuerte nevada caída en la tarde y noche del 1 al 2 de febrero del año 1954, amaneciendo Huelva totalmente blanca, algo que nunca había ocurrido, pues ni los más viejos del lugar recordaban otra nevada. Otro acontecimiento fue la llegada de autobuses modernos de la nueva empresa -municipal, por cierto- de transportes urbanos, con seis líneas. Durante algún tiempo, los nuevos autobuses coincidieron por las calles con los destartalados autobuses amarillos, llamados tranvías, de una empresa privada que hacían sólo tres líneas. La desigual competencia, debido a la modernidad hizo que los “amarillos” desaparecieran. No dejaba de ser curioso y extraño para Conrado al leer lo escrito por su abuelo que la gente llamara tranvías a los autobuses, en una ciudad en que nunca hubo tranvías en el transporte público.

En la época historiada en Aires del Odiel, Huelva vibraba con su torero, el Litri, verdadero ídolo de los onubenses. En todas las tardes del largo verano era esperado por todos el sonido estrepitoso de unos cohetes anunciadores de lo conseguido por el diestro en la corrida toreada en ese día. Cada cohete era una oreja; si se oían dos cohetes muy seguidos, el trofeo conseguido era el rabo. Al sonar el primer cohete, la ciudad se paraba literalmente, haciéndose silenciosa (los que iban andando, se detenían; los que estaban en las terrazas de los bares, interrumpían su conversación…), esperando más cohetes. Al final, especialmente cuando los cohetes hablaban de rabos, en no pocas ocasiones el silencio se rompían en aplausos y gritos de hurra espontáneos, mientras los transeúntes se felicitaban mutuamente por el éxito obtenido por el Litri. Ninguna mella le hizo a este fervor litrista la aparición en el mundo de los toros de otro torero onubense, el Chamaco, auténtico fenómeno del toreo tremendista.

En un capítulo dedicado a los deportes, está la crónica del partido jugado por el Recreativo en Elche, publicada por el periódico Odiel. La victoria de los onubenses en ese partido supuso la culminación de la temporada 1956-57 con el ansiado ascenso a la segunda división. Pero no sólo da cuenta de este hecho, sino la desaparición del Velódromo, que no era precisamente una instalación para practicar el ciclismo de pista, sino -cosas de Huelva- el campo de fútbol. Para sustituir el histórico Velódromo se construyó un estadio. Después, durante algunos años, el Recreativo fue un equipo ascensor-descensor entre la segunda y la tercera división. Pero la auténtica gloria deportiva de Huelva era un billarista llamado Pepe Gálvez, varias veces campeón de Europa e, incluso en alguna ocasión, del mundo.

En sus Memorias, el abuelo de Conrado recoge también un acontecimiento religioso: la creación de la diócesis de Huelva. El 15 de marzo de 1954 llegó a Huelva su primer obispo, Mons. Pedro Cantero Cuadrado. Enseguida, el prelado fue apodado “el adoquín”, debido a su nombre y apellidos.

En otro capítulo aparece el entusiástico recibimiento por parte de los onubenses en el año 1964 al ministro de Industria y al comisario para el Plan de Desarrollo por habérsele concedido a Huelva el Polo de Promoción Industrial, que tan decisivo sería en los años posteriores para el crecimiento y desarrollo de la ciudad, dejando de ser la ciudad-cenicienta que hasta por aquel entonces era. Botón de muestra de este convertirse en una ciudad moderna fue la desaparición de las casas de la marinera calle de Enmedio para construir la Gran Vía.

Además asoma por el libro una serie de lamentos por verdaderas pérdidas, que hoy día serían valiosas piezas de museo. Entre estas pérdidas enumera los camiones del parque de bomberos. Hasta bien entrada la década de los sesenta, el material móvil contra incendios eran tres o cuatro camiones totalmente anticuados de ruedas macizas, con sus bombas, mangueras y depósitos, que cualquier forastero que pasaba delante del parque de bomberos creía que el parque era un museo. Y con cierta razón, porque las matrículas de los vehículos eran H y un número de tres cifras, siendo la primera de ellas el 1. Cuando se adquirieron nuevos camiones, totalmente modernizados, seguramente los viejos trastos fueron desguazados y convertidos en chatarra. Idéntica suerte debieron correr las pequeñas y singulares locomotoras de diesel de los trenes que llevaban el mineral al puerto, de diseño completamente distinto a las de vapor de la Renfe. Pero la pérdida más lamentable para el autor de Aires del Odiel era la desaparición de la línea férrea de vía estrecha entre Riotinto y Huelva, con sus coquetas estaciones. Al cesar la explotación de las minas de Riotinto por su poca rentabilidad, el ferrocarril minero quedó en desuso, y el descuido con el consiguiente abandono hizo que desapareciera, incluso los raíles. Si en la Huelva de entonces hubiera habido alguien con visión de futuro, seguramente hoy la provincia contaría con un turístico tren de época bordeando en su recorrido las orillas del río Tinto, después de pasar por las marismas, para introducirse por la comarca del Andévalo hasta el mismo corazón de la Cuenca Minera.

Afortunadamente -se lee en el libro- se ha conservado el Muelle de Riotinto, símbolo de la ciudad, convertido en un paseo sobre las aguas de la ría del Odiel. Aunque es de desear que se reconstruya los dos arcos que tenía, uno sobre la carretera de la Punta del Sebo, y el otro, sobre el ferrocarril del Puerto.

Conrado, al leer este párrafo, dejó de escribir en el ordenador, salió de su habitación y se fue a la sala de estar para preguntarle a su abuelo a qué arcos se refería. El abuelo, después de buscar en un cajón de su escritorio, mostró algunas postales del Muelle en las que aparecían dichos arcos.

-Realmente es una pena que los quitaran, comentó el chico.

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