Catequesis sobre la Confesión (III)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 1: El Cielo (continuación)

Háblame de los mandamientos de la Ley de Dios. Los Diez Mandamientos fueron entregados por Dios a Moisés en el Monte Sinaí para que fueran cumplidos por el pueblo judío. El Decálogo -también se conoce de esta forma- es expresión de la ley natural y, por tanto, obliga a todos los hombres de todas las épocas y de todos los lugares.

Como me he referido a la ley natural, y quizá no entiendas bien esta noción, con brevedad te la explico. El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón, a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal. Esta ley, que no se la ha dado el hombre a sí mismo, se llama ley natural, y permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira. Además, muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin último, que no es otro que la bienaventuranza eterna.

Explicada la noción de ley natural, te diré que es necesario cumplir con la Ley de Dios para salvarse. De la conversación de Cristo con el joven rico se deduce la estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de la Ley de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen. Por boca del mismo Jesús los mandamientos del Decálogo son nuevamente dados a los hombres; Él mismo los confirma definitivamente y nos los propone como camino y condición de salvación.

He aquí un ejemplo ilustrativo de lo que estamos diciendo. Una persona conduce un coche y se dirige a una ciudad montañosa a través de una carretera estrecha y difícil, llena de curvas. Para evitar accidentes, la carretera está muy bien señalizada, con quitamiedos y barreras. Si esa persona quiere llegar a su destino lo lógico es que respeten las señales de tráfico. No están puestas como obstáculos, sino todo lo contrario, hacen más asequible la consecución del objetivo que es llegar a la ciudad a la que se dirige. Ahora bien, si un conductor no respeta esas señales, lo más seguro es que acabe en una cuneta o que tenga un accidente despeñándose y no llegue a su destino.

Con un estilo personalísimo, el papa Juan Pablo I, en las catequesis que hacía en las audiencias generales de los miércoles (sólo tuvo cuatro, pues su pontificado duró un mes) al hablar de los mandamientos, dijo: Dios nos los ha dado no por capricho ni en interés suyo, sino muy al contrario, en interés nuestro. Una vez, una persona fue a comprar un automóvil. El vendedor le hizo notar algunas cosas: -“Mire que el coche posee condiciones excelentes, trátelo bien; ¿sabe?, gasolina súper en el depósito, y para el motor, aceite del fino”. El otro le contestó: -“No; para su conocimiento le diré que de la gasolina no soporto ni el olor, ni tampoco del aceite, y el motor lo untaré con mermelada”. -“Haga Ud. como le parezca, pero no venga con lamentaciones si termina con el coche en un barranco”. El Señor ha hecho algo parecido con nosotros; nos ha dado este cuerpo animado de un alma inteligente y una buena voluntad. Y ha dicho: “esta máquina es buena, pero trátala bien”. Estos son los mandamientos. Honra al padre y a la madre, no matarás, no te enfadarás, sé delicado, no digas mentiras, no robes… Si fuéramos capaces de cumplir los mandamientos, andaríamos mejor nosotros y andaría mejor también el mundo.

La Ley de Dios es algo positivo pues es para nuestro bien y felicidad. Gracias a ellos vivimos como personas y no como animales. Imagínate, si se pudiera robar, matar, mentir…, el mundo sería como la selva, donde los animales se matan unos a otros y la ley que impera es la del más fuerte.

En los mandamientos hay obligaciones y prohibiciones. Estamos obligados a hacer las cosas buenas, como es amar a Dios, querer a nuestros padres. Por eso se nos manda hacerlas, porque son buenas. Algunos mandamientos están enunciados en forma positiva y otros en forma negativa, pero en todos hay unas obligaciones y unas prohibiciones. El quinto, por ejemplo, dice: no matarás. Pues bien, este mandamiento nos manda (entre otras cosas) cuidar de la propia salud (algo bueno) y nos prohibe (entre otras cosas) lastimar al prójimo (algo malo). El cuarto manda cuidar de nuestros padres cuando sean mayores y no puedan valerse por sí mismos, y prohibe que les faltemos al respeto con insultos y malas contestaciones o que les desobedezcamos.

Una idea que hay tener muy clara es que lo que está prohibido, lo está por ser malo, algo nocivo para el hombre. No confundamos y digamos que es malo porque está prohibido. Te pongo un ejemplo casero. Una madre prohibe a su hijo pequeño que enrede con los productos líquidos de limpiezas que hay en la cocina. Y así, le regaña si coge el bote de lejía o el del detergente líquido. ¿Por qué? Porque ella sabe que los niños se llevan todo a la boca y es posible que el crío quiera probar a qué sabe el líquido que contiene dicho bote. La madre conoce el peligro y no quiere que su hijo se envenene. Por eso tiene prohibido a su hijo coger esos productos. No envenena la lejía porque la madre se lo ha prohibido a su hijo, sino que se lo ha prohibido porque envenena.

Y también quiero decir que es posible cumplir los mandamientos de la Ley de Dios. Eso sí, con la ayuda de la gracia. Dios no nos va a mandar algo imposible de cumplir. Si pidiera cosas imposibles, no sería justo. Y sabemos que Dios es infinitamente justo.

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