Nostalgia de Huelva


Las páginas más entrañables del libro, en las que el autor había volcado todos sus sentimientos, eran las dedicadas a los amigos de su adolescencia. Muchos de ellos se abrieron camino por la vida lejos de Huelva. Al terminar el bachillerato, los jóvenes onubenses que decidían ir a la Universidad no les quedaban más remedio que marcharse de la ciudad, pues en la vieja Onuba sólo se podía cursar estudios en la Escuela de Facultativos de Minas, en la de Comercio y en la Normal de Magisterio. Y así, gente de Huelva, en la edad prometedora de su juventud, emprendieron la aventura de su porvenir en ciudades con Universidad y Escuelas Superiores de Ingeniería. Muchos de ellos, no regresaron. Mientras aún estaban estudiando la carrera, volvían en los períodos vacacionales, pero una vez licenciados y al encontrar trabajo, normalmente en la misma ciudad en las que habían cursado sus estudios universitarios, rara vez se les veían por Huelva. Sin embargo, había algo común en todos ellos: la añoranza de su ciudad natal. Añoranza bien expresada en una charla pronunciada por uno de estos onubenses, con motivo de la celebración de la fiesta de la Virgen de la Cinta en Madrid:

En la línea del horizonte, donde el cielo parece juntarse con la tierra, lejana y rosa vio el poeta, desde su Moguer natal, a Huelva, la ciudad en la que muchos de los aquí presentes hemos nacido. Y los onubenses que, por diversos avatares de la vida, vivimos en otros puntos de la geografía española sentimos esa lejanía. Añoramos el pasear por las calles de la vieja Onuba. Con nostalgia recordamos nuestros juegos infantiles en la plaza de las Monjas o en la de la Merced; los atardeceres, en el ocaso del día, con el cielo rojo sobre las marismas del Odiel; el navegar por la ría en bote de remo, o en la canoa que conducía a las cercanas playas; las excursiones a La Rábida, donde los muros del monasterio franciscano hablan de una historia simpar: el descubrimiento de todo un Continente y el inicio de la Evangelización de pueblos remotos. Pero lo que más se echa de menos, es el caminar por el Conquero para llegar al Santuario de Nuestra Señora de la Cinta. ¡En cuántas ocasiones nos hemos acercado a ese lugar bendito, tan querido por los onubenses, para rezarle a nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta, tan choquera y marinera como sus hijos!

Gracias al trabajo de Conrado, la primera edición de Aires del Odiel salió de la imprenta a principios de abril. En el periódico local apareció la crítica del libro:

Manuel Siurot, una de las mejores plumas andaluzas de principios del siglo XX, llevó a su libro “Sal y sol” unos personajes, recios, cuerpos fuertes y almas de niños; eran los marineros del estuario del Odiel. Ahora, cuando se ha entrado en otro siglo y Huelva es una ciudad moderna, el onubense Francisco Díez ha tenido el acierto de relatar en un precioso libro, salpicado de anécdotas, estampas y narraciones, sus recuerdos de la Huelva que vivió en sus años de juventud. Por él desfilan hombres sencillos, protagonistas de la vida onubense de los años centrales del pasado siglo, pero también los jóvenes de aquellos años que hoy día, ya en su madurez, por doquier que están van haciendo “patria chica” en su entorno. Los fuertes caracteres aparecen dibujados con pocos trazos, lo mismo que las costumbres y tradiciones de una época, que aunque reciente, parece alejada por los cambios introducidos en la manera de vivir las ciudades. En realidad, asistimos en las páginas de “Aires del Odiel” a la transformación de una capital de provincia, Huelva; y un aire nostálgico, suavemente poético, se extiende por todo el libro. La ingenua gracia de una gente que va desapareciendo brota, fresca y salada en cada episodio. En fin, un libro entretenido, escrito con pasión y galanura.

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