Catequesis sobre la Confesión (VII)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 3: El pecado (continuación)

¿Realmente es tan grave el pecado? Mi contestación a tu pregunta es afirmativa. Sí, muy grave. No podemos comprender bien la horrible maldad del pecado: sólo viendo a Dios podríamos saber lo que supone ofenderle. Pero nos puede ayudar a comprender la malicia del pecado el contemplar a Cristo en el Huerto de los Olivos abrumado por el peso de nuestros pecados, hasta sudar sangre; podemos hacernos una idea pensando que Dios se ha hecho hombre para redimirnos del pecado, y ha muerto en una cruz, como un malhechor: es el precio que Dios mismo ha pagado a la justicia divina por nuestros pecados.

Además, Dios, que es infinitamente bueno, justo, Padre lleno de misericordia, castiga con penas eternas al pecador que muere sin arrepentirse. ¡Y no hace ninguna injusticia! Decía san Juan Crisóstomo: Cierto que a muchos les parece espantoso el infierno; pero yo no dejaré de gritar continuamente que ofender a Dios es más grave y espantoso que el mismo infierno. El pecado es el único mal. No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 386).

Y te diré más. El pecado es un acto suicida, porque la muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre. El pecado no hace felices a los hombres. Todo lo contrario. Sólo Dios es la fuente de la felicidad y si se rompe con Dios, ¿cómo alcanzar la felicidad? No nos engañemos: no la encontraremos en el fango de la impureza, ni en el odio al prójimo, ni en el deseo de venganza, ni en la acumulación de riquezas, ni en los paraísos artificiales de la droga y del alcohol, ni en nada que sea desobedecer los mandamientos de la Ley de Dios. Sólo unidos a Dios seremos felices.

Y si uno peca sin querer, ¿también tiene la misma gravedad? Respondo diciéndote que no hay pecados involuntarios. Un poco más adelante haré referencia a los requisitos para que haya pecado, entre los que está el consentimiento.

En todo pecado hay culpa, porque es algo voluntario. Es posible que la tentación haya sido muy fuerte, o que se haya incumplido un mandamiento de la Ley de Dios por debilidad, pero siempre que se peca hay una componente de voluntariedad.

Me contaron en cierta ocasión que una madre había consentido todo tipo de caprichos a su única hija. La cría, por tanto, se había malcriado y convertido en una especie de tirana, con un genio insoportable. Un día cogió una rabieta tremenda y no se le ocurrió otra cosa que tirarle de los pelos a su niñera, además de escupirle en la cara. Su madre, como era habitual en ella, también en esta ocasión se mostró blanda con su hija, y en vez de castigarla, le dijo que era el demonio quien había hecho todo eso. A lo que la niña repuso: Puede ser que sí lo de tirarle del pelo, pero lo de escupirle fue idea mía.

Pues bien, el hombre puede decir lo mismo: el demonio le enseñó a pecar en primera instancia, pero luego -por desgracia- ha sido un alumno muy aventajado. Enseña la Iglesia: El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 397).

Para que haya pecado no es necesario que una persona quiera positivamente ofender a Dios -como es el caso de la blasfemia-, o ir directamente contra Dios, basta que quebrante un mandamiento de la Ley de Dios. Y así, una persona no quiere cometer pecado, pero se le antoja coger algo que no es suyo, es decir, robar, pues bien, si realmente llega a robar ha cometido un pecado.

Te pongo un ejemplo que, salvando las distancias, puede ayudarte a comprender mejor esto último. Supón un chico al que unos amigos le invitan a ir a una fiesta en un lugar poco recomendable porque se consumen drogas. El joven le pide permiso a su padre para ir a la fiesta, sin decirle nada del mal ambiente de la misma. El padre, después de enterarse de qué tipo de fiesta es, y por el bien de su hijo, no le da permiso. El hijo sabe el cariño que su padre le tiene y no quiere disgustarle, pero haciendo caso omiso de la prohibición paterna se va a la fiesta y consume drogas, como era de esperar. Al enterarse el padre de la conducta de su hijo (desobediencia por un lado y consumo de drogas por otro) se disgusta mucho. El joven, aunque no quería causar una pena a su padre, al desobedecerle sí que se la ha causado.

Es posible que la mayoría de las veces que se comete un pecado no se quierasí se ha querido, pues el desobedecerle es como rechazarle, y esto ya es una ofensa. Por ejemplo, la persona que quiere vengarse de otra causándole un mal grave es posible que cumpla su venganza sin intención de pecar, pero realmente al causar un daño injusto a la persona de la que quería vengarse, ha pecado. ofender a Dios (de ordinario nadie obra mal queriendo en sí mismo el acto de pecar), pero de hecho

Hay que recordar que el pecado es un abuso de la libertad que Dios ha dado a las personas creadas para que puedan amarlo y amarse mutuamente. Y abusar -es decir, no hacer buen uso- de este precioso don que Dios nos ha dado supone ofenderle.

(continuará)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s