Un día en la playa


Poco antes de las diez de la mañana del Sábado Santo Marta y Belén ya estaban en la estación de autobuses y acomodadas en los asientos del autocar que les llevaría a la playa. Sin embargo, aún no había aparecido Conrado.

Seguro que no viene, comentó Belén.

Pues me dijo que sí, y que yo sepa es un tío legal. Siempre se porta bien, dijo Marta, con bastante nerviosismo.

Bueno, tampoco pasa nada porque no venga.

Pero, mejor es que sí.

Quizás, al ver el mal día que hace… Mira, por ahí llega.

Menos mal, dijo suspirando Marta. Ya te decía que… y antes de terminar la frase, se dijo a sí misma: Está guapísimo.

Con el tiempo justo de sacar el billete y subirse al autobús, había llegado Conrado. El autocar iba medio vacío. Después de saludar a sus compañeras de clase, o ya amigas, se sentó cerca de ellas y les comentó:

Vaya tiempecito.

Y para sus adentros: ¡Qué original he estado!

*****

Ya en La Antilla, Conrado fue presentado a Silvia. Ésta tenía dieciséis años. Veraneaba en aquella playa del litoral onubense. Y en los veranos coincidía con Belén, de ahí su amistad. Estaba en el chalé pasando el fin de semana con otra chica, Maribel Herrera, un poco mayor, quizás de diecisiete años. Aunque lloviznaba un poco, Conrado decidió correr por la playa. Las chicas se quedaron esperando al resto de los invitados, amigas y amigos. En el cielo aparecieron unos claros. El día parecía que iba a abrirse y, efectivamente, así ocurrió. Al mediodía ya lucía un sol primaveral. Habían tenido suerte las jóvenes: podían tomar el sol y ponerse un poco morenitas. Al volver Conrado, se las encontró en la terraza en unas tumbonas. Silvia y su amiga estaban en bikini; Belén, con una minifalda y una camisa parcialmente desabrochada, dejando ver un escote generoso; Marta se había puesto un short y una camiseta, ambas prendas ajustadas. Estaba muy sexy.

Conrado, hay una fiesta esta noche, aquí. Los padres de Silvia no están y nos podemos quedar. Ya hemos llamado a casa, no hay problemas por parte de nuestros padres para volver a Huelva mañana por la tarde. Espero que tú también te quedes, dijo Marta.

El joven, estupefacto, no sabía cómo reaccionar, qué hacer. Aquella fiesta no estaba prevista en el plan. Hay que deshojar una margarita para decidir, pensó. Se produjo un silencio, sólo roto por el rumor del oleaje. Ante el mutismo de Conrado, Marta insistió. También Belén le pedía que participara en la fiesta.

No sé si me quedaré -dijo el chico-. He quedado mañana domingo con un amigo para terminar el trabajo de arte. Tengo aún que ver las fotos que hice ayer… Bueno, llamaré luego a este amigo… y ya veremos.

Mientras estaba diciendo esto, llegaron dos chicas y cuatro chicos. Eran los amigos invitados por Silvia a su chalé para pasar el día y asistir a la fiesta. Ellos eran un poco mayores, cerca de los veinte años; ellas, más o menos de la misma edad que Silvia. Hubo saludos y las correspondientes presentaciones. Los saludos -con abrazo incluido- demasiados afectuosos por parte de los amigos, especialmente con la anfitriona. El grupo formado, casi una docena de jóvenes, era más bien heterogéneo en cuanto a edades. Unos, eran aún adolescentes; y otros, de adolescentes no tenían ya nada. La margarita ya está deshojada, se dijo a sí mismo Conrado.

Los recién llegados aportaban bebidas para la comida y para la fiesta de la noche. El aperitivo lo tomaron en la terraza. Los chicos, a excepción de Conrado, bebieron cervezas en cantidad. Parecían esponjas. Para el almuerzo pasaron al comedor. Marta y Belén no se cambiaron de atuendo para comer, pero tampoco lo hicieron Silvia y su amiga Maribel. Aunque era una comida informal, Conrado procuró que Marta se sentara a su lado, y así se lo indicó ostensiblemente, de forma que todos se dieron cuenta de su deseo. Marta, un poco perpleja, no cabía en sí de felicidad. Durante el almuerzo quien más o menos se levantaba para ir trayendo cosas de la cocina y del frigorífico. La sangría fue abundante, se bebieron varias jarras. Conrado fue sobrio y, en la medida que pudo, procuró que Marta no bebiera tanto como los demás comensales. En cierto modo lo consiguió, pero no del todo. En una ida a la cocina para traer refrescos, Conrado observó que en el frigorífico había varias botellas de bebidas alcohólicas de bastantes grados de alcohol (ginebra, vodka, vermut, whisky), reservadas para la noche.

*****

Conrado se daba perfecta cuenta de que Marta le estaba tirando los tejos, y decidió, nada más de acabar de comer, invitarla a dar un paseo por la playa. La chica se puso un poco nerviosa y le parecía que su corazón daba un vuelco; no salía de su asombro, pero era lo que más deseaba en aquel momento. Está claro que él está interesado por mí. Seguramente se me declarará, o me pedirá salir juntos, pensó Marta.

Ponte algo de abrigo, porque hay unas nubes y a veces ocultan el sol. Al sol no hace frío, pero en la sombra, sí, le aconsejó Conrado.

La muchacha le hizo caso, y tomó una rebeca.

¿Qué te parece si nos acercamos a aquel chiringuito y tomamos allí el café?, propuso el chico.

Ella asintió. Sentados en una mesa, ambos pidieron un café granizado. Conrado hasta entonces se había mostrado sereno, aparentemente imperturbable, pero de repente un nerviosismo se apoderó de él y era incapaz de conversar. Marta, contenta e ilusionada, dejaba volar la imaginación, mientras fingía estar indiferente.

Marta, quizás te haya extrañado el haberte pedido que me acompañaras a dar un paseo. La realidad es que me ha salido espontáneo. Pero quiero decirte algo que no sé cómo empezar. Y un sudor empezó a recorrer todo el cuerpo del muchacho; se sentía acalorado.

¿Ah, sí…? apenas consiguió decir la adolescente, lenta en reaccionar, quizás debido a la sangría que había bebido.

Mira, desde que llegué al instituto tú has sido amable conmigo; te lo agradezco mucho, pues te habrás dado cuenta de que algunos han pretendido hacerme la vida imposible. Me han insultado y, además, han dicho cosas falsas de mí, como que no soy varonil y otras lindezas por el estilo.

Marta permanecía en silencio, alucinada por las palabras sinceras de Conrado. Éste continuó hablando:

Aunque no hemos hablado mucho, y nunca como ahora, los dos solos, voy a decirte una cosa…

Al muchacho parecía que le faltaba aire, apenas podía respirar. Estaba tenso. Se quedó un momento dubitativo, pero prosiguió:

-Lo siento. Hay cosas que no fáciles de decir. Quizás hieran, pero creo que debo decírtelas. Si hubiera querido, ya me habría enrollado contigo, sin esperar a la fiesta de esta noche. Me lo has puesto muy fácil…

Marta enrojeció, no se sabe si de rabia o de vergüenza, o por las dos cosas a la vez. Ni por asomo esperaba que le dijera aquello y, sin embargo, él tenía razón.

Con lo que acababa de decir Conrado, se había creado una situación nueva y los dos se daban cuenta de la tirantez existente. Ella se quedó sin habla y completamente pálida.

Conrado, visiblemente nervioso y tragando saliva, siguió:

Sé que eres una chica decente, por eso tu comportamiento de hoy, lleno de ambigüedad y de demasiada coquetería con todos, me ha extrañado. No te va el papel de marchosa. Seguramente sea debido al ambiente frívolo y sensual, de tonteo, que hay en el chalé de Silvia, con esa panda de manos largas que son esos amigos suyos. Parecían pulpos con sus tentáculos, manoseando a quien se ponía delante. Y ella y su amiguita, andando prácticamente desnudas por la casa.

Sólo estaban en bañador, acertó a decir Marta con voz muy débil, y enfadada.

Efectivamente, algo muy apropiado para bañarse, pero para nada más…, bueno, también para tomar el sol. Oye, Marta, no te enfades. ¿Sabes por qué quise que te sentara junto a mí? Pues te lo voy a decir. Porque tu compañía me resulta muy grata. Te aprecio mucho, cantidad. Pero además, estando sentada en medio de Belén y de mí, estabas protegida de las manos largas.

¿Tú crees que soy una cualquiera, que me hubiera dejado tocar?

En absoluto, pero había mucha sangría con bastante alcohol por medio, y el exceso en la bebida acostumbra a jugar malas pasadas. ¿No te diste cuenta de qué estaban bebidos? Y también ellas. Hazme el favor, atiende. Yo sé distinguir un clínex de una mujer. El clínex se usa y se tira luego. ¿Comprendes? Pues hay quienes no solamente usan -mejor es decir abusan- de las chicas y, después…

Ya tengo bastante con aguantar los sermones de mi padre para que tú me largues otro, espetó Marta, desafiante.

Si quieres, me callo. Pero…

Bueno…, perdona, titubeó Marta, bajando la vista, avergonzada.

Yo no soy de los que se enrollan con las niñas por lo que te he dicho ya: no sois como los clínex, pero hoy hay otra razón. Me caes muy bien. Eres una buena chica y espero que seamos amigos siempre…, no descarto nada, aunque con quince años… ¿sabes?, además, apenas nos conocemos. Demos tiempo al tiempo. ¿Comprendes?

La verdad, no mucho, contestó ella, bastante intrigada, mientras se preguntaba: ¿Qué querrá decirme?

Te he dicho que no descarto nada. Quizás más adelante, esta amistad sea algo más. Y el otro motivo está en esta frase que aprendí hace poco tiempo: Amarse entre hombre y mujer, entre chico y chica, es respetar al otro, en su cuerpo, en su corazón, en su libertad.

Marta, sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. No sabía por qué lloraba. Quizás de felicidad, por las últimas palabras de Conrado; tal vez de arrepentimiento por su actitud frívola, temeraria; o de rabia y vergüenza. El hecho es que lloraba. Se llevó las manos a los ojos para secarse las lágrimas. Conrado le ofreció un pañuelo. Ella lo aceptó, dándole las gracias. El muchacho, con ternura, le dijo:

Marta, estás bonita también llorando, lo que hizo sonreír a la chica. Y con mayor fluidez que antes, continuó hablando:

-No me voy a quedar a la fiesta. No me inspira ninguna confianza los amigos de Silvia. Han llenado el frigorífico de bebidas alcohólicas; he visto que tenían papelillos de liar tabaco, seguramente para hacerse unos porros; y las dos chicas que trajeron… y la amiguita de Silvia… En fin, ojalá me equivoque, pero me huele que va a ser una fiesta en lo que va a haber drogas, sexo y alcohol. Me gustaría que tú tampoco te quedaras.

Conrado, exageras un montón. Sí, hay varias botellas de alcohol, pero me ha dicho Silvia que seremos muchos. Además, no voy a dejar sola a Belén.

Pues habla con ella, y la convences…

*****

A ninguno de los dos le apetecía volver a la casa de Silvia, por lo que decidieron, después de pagar la consumición, levantarse de la mesa del aquel merendero y pasear por la orilla del mar. La tarde empezaba a ponerse desapacible. Menos mal que Marta había cogido la rebeca, pues se había levantado un viento fresco. Conrado, a pesar de no estar abrigado, prefería pasar frío a estar en un ambiente que no era precisamente al que estaba acostumbrado.

El autobús para Huelva salía a las ocho. Después de pasar por el chalé, Conrado se dirigió a la parada con tiempo de sobra. Belén le había insistido para que se quedara. Marta permaneció en silencio. No había comentado aún con su amiga el motivo de la decisión del chico. Una vez que éste se despidió de ellas, Marta habló con Belén.

A diferencia de la ida, el autocar estaba con pocas plazas libres. Nada más arrancar, el conductor frenó para parar. Dos chicas llegaban corriendo. Conrado había empezado a leer una novela, por lo que no prestó atención alguna a las viajeras retrasadas. Éstas, después de subir, fueron por el pasillo hacia el fondo del autobús buscando donde sentarse. Y es entonces cuando Conrado las vio. Eran Marta y Belén. Esta última, como saludo, le guiñó un ojo con complicidad. El chico sonrió y respiró aliviado.

*****

En Huelva, Conrado acompañó a sus amigas hasta la casa de cada una. Primero fueron a la de Marta. La joven había permanecido seria durante el viaje y así continuó después. Al despedirse, Conrado le dijo:

Ayer, al saludarnos, me besaste en cada mejilla. Y hoy, ahora que nos despedimos, ¿no me besas?

El semblante serio de Marta cambió por completo, como por arte de magia con el toque de una varita, apareciendo sonriente, con una sonrisa alegre. Y se acercó al muchacho para besarle en la cara. El rubor subía por sus mejillas, sintiéndose presa de radiante felicidad.

Al quedarse solos Belén y Conrado, ella dijo:

¿Sabes que tú le gustas a Marta? No quiero hacer de celestina, pero te diré que es una chica encantadora, sin malicia alguna. Ella me ha contado la conversación que habéis tenido. Las dos te agradecemos que nos haya aguado la fiesta. Hoy nos ha demostrado tu hombría de bien. Podías haberte aprovechado tanto de Marta como de mí, pero… y sin acabar, se echó a llorar.

Cuando se despidieron, Conrado besó las mejillas, aún húmedas por las lágrimas, de Belén.

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