Catequesis sobre la Confesión (XIV)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Qué hay qué hacer para confesarse bien? Ésta es la respuesta a tu pregunta: la Confesión es algo santo, un sacramento. Pues bien, hay que acudir a este sacramento preparándose antes, teniendo en cuenta las cinco condiciones para hacer una buena confesión. Ahora te las enuncio brevemente, pero más adelante las desarrollaré con mayor amplitud.

La primera condición es examinar la propia conciencia. Para saber los pecados que se han cometido después de la última confesión bien hecha. A continuación, reconociendo que con esos pecados se ha ofendido a Dios, uno se duele, tiene un verdadero pesar por las ofensas hechas a Dios y una sincera detestación de los pecados. Pero para que el dolor sea auténtico, debe haber un firme propósito de enmienda, una resolución de no volver a pecar y de evitar todo lo que sea ocasión de pecado.

Después de haber dado estos pasos -examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de la enmienda- viene una parte esencial del sacramento de la Penitencia, que es decir los pecados al confesor, con confianza y sinceridad. En la confesión hay que enumerar todos los pecados mortales cometidos y aún no confesados. Puede venir la tentación diabólica de callarse algún pecado. Hay que rechazar con energía esa tentación, pues si uno se calla un pecado mortal a sabiendas -ya sea por temor o por vergüenza- hace una mala confesión y no se le perdona ningún pecado, y lo que es más grave, ha cometido un pecado gravísimo, llamado sacrilegio.

Hay pecados que da “corte” decir… Sí, estoy de acuerdo contigo, pero aunque dé vergüenza decirlos, hay que confesarlos. Y siempre es mejor ponerse un poco colorado en el confesionario (a veces, ni siquiera sabe el confesor quién es el penitente, porque permanece en el anonimato y tampoco le ve si se confiesa a través de la rejilla) que aparecer en el Juicio Universal delante de toda la humanidad con una serie de pecados, de esos que da “corte” decir. La vergüenza que se pueda pasar al decir ciertos pecados bienvenida sea, porque salimos del confesionario purificados, sin esos pecados. Pero si esa vergüenza, por no haberla pasado antes, se tiene que pasar en el Juicio Universal, es tremendo porque ya no habrá perdón y esos pecados acompañarán para siempre al pecador.

Se aconseja que primero se diga los pecados más graves, los que cuesta más decir. San Josemaría Escrivá solía poner un ejemplo muy gráfico. Hablaba de un chico que tenía llenos los bolsillos de piedras pequeñitas y, además, llevaba una piedra grande de gran peso sobre las espaldas. Y tenía que recorrer una gran distancia, desde la Puerta del Sol a Cuatro Caminos (son dos lugares bastantes distantes de Madrid). ¿Qué piedra se quitaría en primer lugar cuando llegara al final de su recorrido? La respuesta que todas las personas dan es la grande. Y después de haberse quitado tan gran peso, iría quitándose las piedras pequeñas. La enseñanza que se saca es bien sencilla. Así hemos de hacer con los pecados. En la Confesión, primero hemos de decir los pecados mortales, los que da más vergüenza. Y después, los veniales, que salen más fácilmente (Cfr. Miguel Ángel Cárceles e Isabel Torra, Historia de un sí, p. 75, Ed. Rialp. Madrid).

A veces uno puede plantearse esta pregunta: ¿Qué pensará de mí si le digo estos pecados? Es una tentación. El sacerdote también es hombre y, como todos los hombres, es también pecador. No se asusta de nada. Está hecho de la misma pasta. Pensará lo grande que es la misericordia de Dios y en el arrepentimiento sincero del penitente. Que éste ama a Dios y por eso le ha pedido perdón  por sus pecados. Que tiene propósitos de ser buen cristiano y de comportarse de ahora en adelante como un buen hijo de Dios. Y también se acordará de las palabras de Cristo: Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7).

Para facilitar el sacramento de la Penitencia, uno de los derechos que tiene el penitente es el del anonimato. Por eso en los confesionarios hay una rejilla que impide verse el confesor y la persona que se confiesa, aunque como es lógico esta rejilla permite que pueda haber diálogo entre ambos. Además el sacerdote no puede preguntar al penitente su nombre.

También existe el sigilo sacramental, que es el silencio absoluto que deben guardar los sacerdotes acerca de los pecados escuchados en la confesión. A nadie puede decir los pecados de otra persona que ha oído en la Confesión. Por tanto, no hay que temer que el sacerdote se chive, pues sabe que se juega su alma si lo hiciera.

(continuará)

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