Supo perdonar


La niña que se entregó a Dios (Venerable Mari Carmen González-Valerio)

Consagrada a la Virgen

Mientras en España se vivía momentos muy difíciles, el matrimonio formado por Julio Gonzalez-Valerio y Carmen Sáenz de Heredia está esperando su segundo hijo. Desde el primer momento de su embarazo, Carmen consagró al hijo que esperaba a la Santísima Virgen, durante la Novena de Nuestra Señora del Monte Carmelo. El 14 de marzo de 1930 nació Mari Carmen, en una casa humilde de Madrid. Una vez ya nacida sus padres la ofrecieron de nuevo a la Virgen en diversas peregrinaciones a santuarios marianos. Después de ella vendrían otros tres hermanos. Desde el primer momento su salud fue delicada, por lo que gravemente enferma fue bautizada de urgencia a las pocas horas de nacer con el nombre de María del Carmen del Sagrado Corazón. Sus padres, pertenecían a la nobleza española. Eran familiares de José Antonio Primo de Rivera, conocido político y fundador de la Falange española. Tanto Julio como Carmen profesaban una devoción especial a la Virgen María y ayunaban todos los sábados en su honor.

En 1931 el rey Alfonso XIII se exilió dejando paso a la II República. Los años de la niñez de Mari Carmen fueron tremendamente agitados en el país; en las calles de Madrid se vivía una tensión extrema. Hubo quema de conventos e iglesias, asesinatos de sacerdotes y persecución a los cristianos. Lo que se vivió durante la II República constituyó una de las etapas más trágicas de la historia de nuestro país.

Primera Comunión

En el hogar familiar aprendió a llevar una vida cristiana. Desde su infancia, Mari Carmen se mostró muy generosa. En cierta ocasión, un mendigo llamó a la puerta de su casa. La niña le abrió la puerta, le dio todo el dinero que tenía y le dijo: Ahora llame otra vez para que mamá le dé algo. La pequeña sabía que su madre daba la ropa usada a los pobres, por lo que en diversas ocasiones le dijo que sus vestimentas, casi sin estrenar, estaban usadas.

Dos de sus aficiones preferidas eran pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja y darles un curso de espiritualidad a sus muñecas para enseñarles a rezar y hacer la señal de la Cruz. Ya desde los cuatro o cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos.

Gracias al nuncio apostólico, monseñor Federico Tedeschini, que era amigo de la familia, Mari Carmen recibió la confirmación a los dos años, y ya desde entonces se notaban en ella síntomas de una vida interior inexplicable a su edad, si no es por obra de la gracia. Y cuando tenía seis años, la pequeña Mari Carmen hizo su Primera Comunión el 27 de junio de 1936, día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, a quien su padre profesaba una devoción muy especial. Fue un día muy feliz para ella. Con ansias incontenidas se había preparado con entusiasmo, seriedad y un interés impropio de su corta edad, para recibir a Jesús-Eucaristía. Su madre explicó tiempo después: Yo estaba convencida de que España, y nuestra familia en particular, iban a atravesar un período muy difícil; se notaba que se estaba preparando una persecución religiosa y quería que ella hiciera su Primera Comunión. Ella comenzó realmente a santificarse después de su Primera Comunión. A partir de entonces, Mari Carmen comienza a asistir a Misa y a comulgar diariamente.

Asesinato de su padre

No todo fueron alegrías en la vida de esta pequeña porque desde temprana edad tuvo problemas de salud. La persecución religiosa en España, que había comenzado con la llegada de la República, fue haciéndose cada vez más fuerte, lo que llevó a que se cometieran numerosos asesinatos. No creemos que haya habido jamás, en la historia del cristianismo, un estallido semejante de odio contra Jesús y contra la religión, manifestado en todos los aspectos del pensamiento, de la voluntad y de la pasión, y ello en sólo algunas semanas… Los mártires se cuentan por miles, afirmaron los obispos españoles de la época. Estallada la guerra civil española, la persecución contra la Iglesia, fue mucho más violenta y se tradujo en una voluntad terrible de aniquilar todo lo que es católico. La familia González-Valerio no se libró de estos sucesos porque a finales del mes de agosto de 1936 el padre fue arrestado y conducido a una cheka. Justo antes de su detención y viendo que su vida corría peligro le haría una emocionante confesión a su mujer: Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España, para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas. Pocos días más tarde -el 29 de agosto- sería asesinado. Mari Carmen tenía sólo 6 años cuando perdió a su padre.

Caridad heroica

Tras la muerte de su marido, la madre de Mari Carmen se refugia en la embajada de Bélgica en Madrid por correr peligro su vida debido a sus lazos familiares con el fundador de la Falange. Al ver partir a su madre, Julio, el hijo mayor, cree que va a sufrir la misma suerte que su padre. Mari Carmen consuela a Julio y a la tía Sofía, quien también está muy angustiada: Recemos el Rosario y las oraciones a las llagas de Jesús.

Mari Carmen y sus cuatro hermano quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las Llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre. Para la pequeña, éstos se encarnaban en el presidente de la República, Manuel Azaña. Por eso más tarde, en su espíritu infantil, Mari Carmen preguntaría a su madre: ¿Azaña ira al cielo?, a lo que su madre contestó que si ella se sacrificaba y rezaba por él sí se salvaría.

El 11 de febrero de 1937, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, los niños se unieron a su madre en la Embajada belga, escapando así al peligro de ser deportados a la URSS para ser educados allí en el marxismo. Finalmente, el 31 de marzo, la familia pudo ser evacuada de la zona republicana y logró pasar a la parte de España del otro bando, para instalarse en San Sebastián. Mari Carmen finalizó el año escolar en el Colegio del Sagrado Corazón y, en octubre de 1938, ingresó como interna en el Colegio de las Religiosas Irlandesas de Zalla.

Vida de piedad

Para ella todo se encontraba en Jesús. Tenía mucha devoción a su Sagrado Corazón y gastaba todos sus ahorros en propagarlas. Sentía una gran repugnancia hacia la mentira. Era muy agradecida a cualquier servicio que le hicieran. Todos se sentían felices a su lado. La fe alumbraba su camino y ya desde muy pequeña tenia claro el concepto de la santidad, siguiendo el ejemplo de Cristo. Sus virtudes características fueron: la pureza y la caridad. De la primera dio pruebas constante defendiéndola a cualquier precio. La segunda la practicaba con todos los que la rodeaban y con los desconocidos que estaban lejos. Toda su vida pidió a Dios el perdón por aquellos que habían fucilado a su padre

Entrega a Dios

En una carta a su abuela desde el internado le dice: Me gustaría mucho que me mandaras lana para hacer abrigos para los pobres. Durante las vacaciones regresó a su casa. Al ver a su madre agobiada por sus preocupaciones domésticas, le dijo: Mamá, te ocupas demasiado de las cosas de la tierra; deberías orar más. Y ante la respuesta de su madre: Hijita, es necesario que me ocupe de la casa, insiste: Mamá, el Cielo es tu casa…

Durante las vacaciones de Semana Santa, el 6 de abril de 1938, Jueves Santo, Mari Carmen asistió a Misa con su abuela. Al entrar a la Iglesia, la niña preguntó:¿Abuela, me entrego? La abuela asintió, sin comprender bien lo que quería decir su nieta; y luego contó: La seguí después de la comunión; se hubiera dicho que la transportaban los ángeles. Se cubrió el rostro con sus pequeñas manos, luego se quedó un momento de rodillas en acción de gracias. A la salida de la Iglesia, me preguntó el sentido exacto de entregarse, y le respondí: es darse por entero a Dios y pertenecerle completamente. Ya en la calle, insistió para ir a la confitería e invitar a todos. No se pudo precisar con certeza cuál fue el motivo de su ofrenda, pero más tarde, cuando cayó enferma, esas palabras tomaron su sentido: se ofreció por su padre y por quienes lo mataron.

Poseía un cuaderno en cuya tapa había anotado “Personal”. El cuaderno estaba dentro de un sobre cerrado, con varios trozos de papel de pegar, en los que también se leía: Completamente personal, completamente personal, completamente personal. Después de su muerte, se leyó en su agenda: Me entregué a Dios en la Parroquia del Buen Pastor, el 6 de abril de 1939.

Enferma de gravedad

Pasada la Semana Santa, el 8 de abril, al regresar del colegio, Mari Carmen debió guardar cama, pues había contraído la escarlatina. La cosa se agravó: primero apareció una otitis, luego una mastoiditis que degeneró en septicemia cardíaca y renal. La niña no tardó en anunciar el día de su muerte. Mari Carmen se dio a un abandono que se manifestaba en los menores detalles. En ocasión de que una religiosa corrió las cortinas de su habitación diciéndole que esa luz debía molestarle, respondió: Gracias, Madre, que el Buen Dios se lo devuelva. Pero entró otra religiosa y descorrió las cortinas para alegrar el ambiente. Mari Carmen le agradeció de igual manera: Gracias, Madre, así está bien. Cuando su madre le propuso pedirle al Niño Jesús que la sanara: Mari Carmen exclamó: No, mamá, no pido eso, pido que se haga Su Voluntad.

El 27 de mayo se la llevó a Madrid y allí fue operada. Pero ya se sabía que la lucha será en vano; a pesar de ello, los médicos no renunciaron a probar toda la medicación posible, por dolorosa que fuera, causándole un martirio inútil. Su enfermera testimonió: Cuando le colocábamos el suero en las venas de las manos, porque las otras estaban dañadas, nos pedía que rezáramos. Entonces orábamos un Credo y un Padrenuestro, todas juntas con ella. Rezaba muy lentamente, y cuando la inyectábamos rezaba mucho más rápido.

Soportaba más de veinte inyecciones de toda clase: tonificantes cardíacos, sulfamidas, suero, inyecciones endovenosas… todas muy dolorosas. Cada vez era más difícil hallar una vena en sus manos. La diarrea era una de las cosas que más la hacía sufrir debido a su amor a la higiene. La septicemia impide la cicatrización de una de sus orejas, y para facilitar la curación, es menester cortarle algunos mechones de cabello. La niña comentó: Desde esos cabellos, que acaban de cortarme, hasta la uña del meñique del pie, me duele todo el cuerpo. Estaba repitiendo, sin saberlo, las palabras de Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay nada sano en Él (Is. 1, 6).

Apareció también una doble flebitis, y en las piernas se formaron llagas gangrenosas. El simple contacto de las sábanas se volvía un suplicio y se desmayaba cuando las cambiaban. Padeció mucha fiebre, grandes sufrimientos y largas noches de insomnio. Solamente el nombre de Jesús la ayudaba a soportarlo. Le llevaban libros, pero ella no miraba más que el cuaderno parroquial “Jesús mío”, y siempre en la misma página: una donde se ve un ángel que lleva un niño apretado contra él, sobrevolando, entre sus estrellas, la cruz y los cipreses de un cementerio. Se trata del alma, y en el texto se lee: Cuando se oyen trinos en un matorral, no es el matorral que canta sino una avecilla en él escondida. En cuanto a nosotros, pensamos, deseamos y conservamos el recuerdo de las cosas: es el alma quien piensa y recuerda. El alma no morirá nunca, y cuando el cuerpo sea enterrado, el alma será juzgada por Dios.

Muerte santa

A través de sus sufrimientos Mari Carmen veía la manifestación de la bondad de Dios. Frecuentemente le pedía a su madre: Cántame: ¡Qué bueno eres, Jesús! ¡Qué bueno eres!, y siempre se emocionaba. Había dicho que la Virgen María vendría a buscarla el día de su cumpleaños, el 16 de julio. Cuando se enteró de que su tía Sofía se casaría ese día, anunció que moriría al día siguiente. La víspera del casamiento, Sofía fue a verla y le dijo que le traería flores. La niña respondió: Envíame solamente flores de lis, ésas las necesitaré.

El 17 de julio por la mañana, Mari Carmen se sentó en la cama, cosa que no podía hacer desde hacía mucho tiempo. Y dijo: Hoy me voy a morir, ¡me voy al Cielo!. Su madre congregó a toda la familia alrededor de su hija. Ésta pidió perdón por no haber sabido amar a Maripé, su enfermera, y por haber omitido alguna vez sus oraciones. Después, le pidió a su madre que cantara: ¡Qué bueno eres, Jesús!…” Y muy simplemente le dijo: Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?

A la una del mediodía, Mari Carmen se recogió totalmente, en un recogimiento sobrenatural, diría su abuela. Y aconsejó: Ámense unos a otros. Su madre contó los últimos instantes de la vida de su hija: Mari Carmen se sentó en su cama, tendió sus bracitos abiertos al Cielo y pareció querer librarse de algo que la molestaba, diciendo: “¡Déjenme, quiero irme!”. Cuando se le preguntó adónde quería ir, respondió: “¡Al cielo! Voy a él sin pasar por el Purgatorio, porque los médicos me han martirizado. Mi padre murió mártir, yo muero víctima”. Al médico que quería aún retenerla en la tierra, le dijo: “Déjenme partir, ahora, ¿no ve que la Santísima Virgen viene a buscarme con los ángeles? Y ante la estupefacción de todos, dice: “Jesús, María, José, ¡asistidme en mi última agonía! Haced que muera en vuestra compañía!”

Son sus últimas palabras; cae sobre la almohada y exhala el último suspiro sin agonía, sin ninguna contracción del rostro. Son las tres de la tarde. En el momento de su muerte, Mari Carmen estaba destrozada y deformada físicamente por la enfermedad, pero uno de sus tíos, que se hallaba junto a su cama, exclamó: ¡Miren qué bella se vuelve! Cuando murió, cambió completamente, un dulce perfume emanó de ella, totalmente diferente del de las flores que la rodeaban. La rigidez había desaparecido. Se transfiguró de tal manera, que el médico, al principio, se negó a certificar la muerte; afirmaba que la niña estaba ciertamente muerta pero que ese cuerpo no era un cadáver. Mari Carmen fue vestida con el vestido de su Primera Comunión y depositada entre las flores de lis del casamiento de su tía.

Fama de santidad

El Señor aceptó su oferta victimal. Murió, después de sufrir sin quejas, en conformidad con la voluntad de Dios. Había predicho el día de su entrada en el cielo y que la Virgen vendría a buscarla. Tenía nueve años. Su existencia terrena la vivió con visión sobrenatural. Un día en el colegio el sacerdote que la confesó dijo de ella que estaba llena de Espíritu Santo.

Mari Carmen fue enterrada en la cripta del panteón que su familia tenía en el cementerio de San Amaro de Aravaca. Allí estuvieron sus restos mortales hasta 1979 en que fueron traslados al Convento de las Carmelitas de Aravaca, donde estaba de monja su hermana Lourdes. Fueron las carmelitas de esta comunidad de carmelitas quienes llevaron el proceso de beatificación y canonización. Posteriormente, los restos de la venerable María del Carmen González-Valerio y Sáenz de Heredia, el 20 de octubre de 2014 se trasladaron a la Parroquia de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón. 

Fueron sus familiares quienes dieron a conocer la vida ejemplar de Mari Carmen. Pilar Alós, viuda de uno de los hermanos de la Sierva de Dios, declaró: Su madre y su abuela siempre me han dicho que Mari Carmen era especial. Según nos han contado, en misa tenía un recogimiento impresionante y su devoción a Jesús y a la Virgen era incalculable. Para Pilar, su cuñada es mi protectora desde que estoy viuda y es ejemplo de fe y de amor a la Virgen.

El 12 de enero de 1996, el papa san Juan Pablo II declaró venerable a Mari Carmen, y mandó publicar el Decreto de sus virtudes heroicas. Consta que la niña María del Carmen González-Valerio y Sáenz de Heredia -así se lee en el Decreto-, ejercitó en grado heroico las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y las cardinales de Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza.

Epílogo

La Asociación que promueve la causa de beatificación afirma de la venerable Mari Carmen: Perdió a su padre, asesinado en la Guerra Civil. Desde entonces, empezó a rezar por la conversión de los asesinos de su padre y entregó su vida a Dios. Murió a los nueve años y ofreció sus dolores por la conversión de Manuel Azaña. El presidente republicano se convirtió antes de morir, según el obispo que estuvo a su lado. Y su sobrina Sonsoles Guitart dice: En su mentalidad de niña de seis años, ella entendía que era Azaña el que había matado a su padre; le perdonó y escribió: ¡Me entregué!, y siempre entendimos todos que eso lo había hecho por su conversión.

Son muy pocos los que conocen lo que aconteció en los momentos previos a la muerte del presidente de la Segunda República. El 3 de noviembre de 1940, Azaña muere en Montauban, ciudad al sudeste de Francia, cercana a Toulouse. Según el testimonio de monseñor Théas, obispo de la diócesis, que en ese momento le prestaba su asistencia espiritual, Azaña, a pesar de los amigos que lo rodeaban, recibió con toda lucidez el Sacramento de la Penitencia, expirando en el amor de Dios y la esperanza de verlo. Sin ninguna duda, lo que ni el presidente ni sus allegados sabían era que una niña de nueve años, había rezado, sufrido y ofrecido sus penurias durante toda su vida por su salvación.

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