Catequesis sobre la Confesión (XVI)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Cuándo hay que cumplir la penitencia? Para evitar que se olvide es bueno cumplirla cuanto antes, inmediatamente después de confesarse. Pero sólo hay obligación de cumplirla antes de la siguiente Confesión. Si una persona no tiene intención de cumplirla, su confesión no es buena. Otro asunto es si se le olvida cumplirla. En este caso la Confesión ha sido válida, porque su intención era cumplirla, pero hay que evitar estos olvidos poniendo más cariño en este sacramento.

¿Y si de lo que se olvida es de la penitencia en concreto que le ha impuesto el confesor? En primer lugar, mucha paz. Pero insisto que hay que evitar estos olvidos. Por eso se aconseja cumplirla enseguida. Y ahora respondo a tu pregunta diciendo que lo que hay que hacer es rezar algunas oraciones. Por ejemplo, si habitualmente las penitencias que te imponen son algunas oraciones (avemarías, padrenuestros, credos, o acordaos), y en una ocasión no recuerdas si el confesor te dijo tres avemarías o tres acordaos o cinco padrenuestros, reza algunas de estas cosas, mejor con generosidad, quiero decir, si no sabes si son tres o cinco, pues reza cinco.

Háblame más de la Confesión. Es lo que iba a hacer. En primer lugar te diré que el sacramento de la Penitencia es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo. El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos. Un Dios que perdona, ¡es una maravilla!, solía decir san Josemaría Escrivá.

La definición de este sacramento es: La Confesión sacramental es el sacramento instituido por Cristo Nuestro Señor para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo, y conferir la gracia sacramental que ayuda a no volver a ofender a Dios y a luchar eficazmente por llegar a la santidad.

La institución de este sacramento fue, como ya se ha dicho anteriormente, en la tarde del mismo domingo en que resucitó Nuestro Señor. En la primera aparición a sus apóstoles Cristo les dijo: “La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo”. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 21-23). La Iglesia ha entendido siempre que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el sacramento de la Penitencia.

Queda claro que la Iglesia tiene poder, recibido de Jesucristo, para perdonar los pecados de los hombres, por muchos y graves que sean. Y poseen esta facultad de perdonar los pecados: el Papa y los Obispos, y además los sacerdotes que estén debidamente autorizados.

En la definición dada se dice “para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo”, pero ¿cómo se perdonan los pecados anteriores al Bautismo? Pues muy sencillo, con el Bautismo. Si la persona que se bautiza es un niño recién nacido o que aún no ha llegado al uso de razón, se le perdona el único pecado que tiene que es el pecado original. Pero si se trata de una persona con uso de razón, es decir, mayor de siete años y sana mentalmente, en el Bautismo se le perdonan todos los pecados (el original y todos los que haya cometido, ya sean mortales o veniales).

Por tanto, la Confesión es el sacramento propio que tiene la Iglesia para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.

Y te explico también la última parte de la definición, conferir la gracia sacramental que ayuda a no volver a ofender a Dios y a luchar eficazmente por llegar a la santidad, que no es otra cosa que hablar de los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia.

* Reconcilia al hombre con Dios. El penitente (la persona que se confiesa) consigue la reconciliación, pues recupera la gracia. Su alma pasa del estado de pecado al estado de gracia. Por este sacramento se recupera la amistad con Dios, que es la vida de la gracia. De la misma manera que dos amigos cuando se pelean, sólo vuelven a tratarse y a manifestar esa amistad cuando uno de ellos -el causante del enfado- pide perdón y el otro perdona; así nos pasa con Dios, con la diferencia de que en la vida sobrenatural somos nosotros siempre los únicos culpables de romper esa amistad, y, por tanto, somos los que tenemos que pedir perdón a Dios, con la seguridad de que siempre nos lo concederá.

* Perdona los pecados. Éstos son borrados, desaparecen, ya no existen.

* Reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restauraCatecismo de la Iglesia Católica, n. 1.469). Te pongo un ejemplo. En una familia numerosa en la que los padres y los hijos están muy unidos entre sí, un día uno de los hijos por algún motivo, sin explicación lógica, se enfada con el padre y le ofende gravemente. Como es natural el padre sufre, pero no solamente él, sino también los demás componentes de la familia (la madre y los demás hijos). La actitud del hijo que se ha enfadado es ante todo una ofensa al padre, pero también ha atentado contra la armonía reinante en el seno de la familia.

La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Los cristianos, según la expresión de san Pablo, somos domestici Dei, familiares de Dios (Ef 2, 19). Por tanto, el pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él, pero al mismo tiempo, atenta contra la comunión de la Iglesia.

Cuando el hijo que no se ha portado bien con su padre recapacita, se arrepiente y le pide perdón, y el padre le perdona, dando lugar a la reconciliación de ambos, también se produce la reconciliación de aquel hijo con los demás miembros de la familia. Pues análogamente ocurre cuando el pecador se convierte y acude al sacramento de la Penitencia. Su conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.

* Remite la pena eterna contraída por los pecados mortales. Como bien sabemos, el pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la “pena eterna” del pecado (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.472). Pues el perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado.

* Remite, al menos en parte, la pena temporal, consecuencia del pecado.

(continuará)

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