Catequesis sobre la Confesión (XVII)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

Perdona que te interrumpa, ¿me puedes explicar lo de “pena temporal”? Pues bien, todo pecado, incluso venial, entraña un apego desordenado a las criaturas, y, por tanto, es necesaria una purificación, ya sea aquí abajo, o bien, después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la “pena temporal” del pecado. Y cuando uno se confiesa parte de esa pena temporal se remite, se quita.

Continúo con los efectos espirituales de la Confesión.

* Da una paz y serenidad de conciencia. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.468). Y esto es así, porque la Confesión quita un peso enorme, que son los pecados, y restituye la dignidad y los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.

* Acrecienta las fuerzas espirituales para el combate cristiano. El sacramento da un particular auxilio (la gracia sacramental que aparece en la definición) para no recaer en el pecado.

* Restituye las virtudes y los méritos. Te lo explico brevemente. Al pecar, el hombre pierde la virtud de la caridad, pues ésta es amor a Dios, y el pecado no es precisamente un acto de amor a nuestro Creador. Además, las otras virtudes teologales (fe y esperanza) quedan en un estado que, para que nos entendamos, vamos a calificar de  mortecino. No se pierden totalmente (a no ser que sea un pecado contra la fe o contra la esperanza), pero están como muertas. Pues bien, con la Confesión se recupera la caridad y las otras dos virtudes se revitalizan.

¿Y los méritos? Sí. Contesto. Es muy sencillo. Una persona en estado de gracia que hace buenas obras va adquiriendo méritos para la vida eterna. Cuando peca mortalmente, pierde todos esos méritos. Ahora bien, los recupera todos cuando se confiesa.

¿Qué obligación tenemos de confesarnos? He aquí la respuesta a tu interesante pregunta. El Derecho de la Iglesia (Código de Derecho Canónico) dice: Todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año (canon 989).

Como es lógico, si una persona está peligro de muerte y quiere salvarse, debe confesar sus pecados mortales. Además, es necesario confesarse cuando se tiene el alma en estado de pecado y se quiere comulgar. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Pero es conveniente confesarse con frecuencia, aunque no haya pecados mortales (siempre hay pecados veniales). Cuando una persona se confiesa sin pecados mortales, Dios le aumenta la gracia santificante. Si se tiene la desgracia de cometer un pecado mortal, lo mejor es confesarse cuanto antes.

Te copio lo que leí en un libro escrito por Albino Luciani, que murió siendo el papa Juan Pablo I. Para tomar la decisión de vivir como cristiano, es una equivocación esperar, dejándola siempre para más adelante. Quien se mete en el camino del “después” desemboca en el sendero del “nunca”. Conozco a alguno que parece haber convertido la vida en una perpetua “sala de espera”. Llegan y parten los trenes y él dice: -¡Saldré otro día! ¡Me confesaré al final de mi vida!

Del “valiente Anselmo” decía Visconti-Venosta: Pasa un día, pasa otro / Nunca vuelve el valiente Anselmo.

Aquí tenemos todo lo contrario. Un Anselmo que no parte nunca. Supongamos que hay una guerra. El enemigo avanza destruyendo todo y asesinando en masa. Todos escapan: los aviones, los trenes son tomados al asalto.

-¡Ven le grito yo a Anselmo-, todavía queda un puesto en el tren, sube rápido!

Y él: -Pero ¿es cierto que el enemigo me hará papilla si me quedo aquí?

-¡Cierto no, podría perdonarte, podría suceder también que antes de su llegada pasase otro tren. Pero son posibilidades lejanas y se trata de la vida. Esperar todavía más es una imprudencia temeraria!

-¿No podré convertirme también más tarde?

-¡Ciertamente, pero será quizá más difícil que ahora. Los pecados repetidos se convierten en hábitos y en cadenas, que son más difíciles de romper. Ahora, corre, por favor! (Cardenal A. Luciani, Ilustrísimos Señores, p. 29).

Por tanto, cuando se ha tenido la desgracia de cometer un pecado mortal urge acercarse a la Confesión. Dejarla para más adelante es una tremenda equivocación, porque nunca se sabe si habrá un más adelante y además el alma en pecado es presa fácil para el demonio. Sin la gracia santificante se encuentra totalmente debilitada, sin fuerzas para hacer frente con esperanza de victoria a nuevas tentaciones.

Y si viene la tentación de decir ya que no estoy en gracia sino en estado de pecado, “barra libre”, es decir, qué más da un pecado más que menos. Cuando me confiese, ya los diré todos, pero mientras tanto, a pecar. Pues si viene esta tentación hay que rechazarla con prontitud. No es lo mismo un pecado que cinco, y cuantos más pecados se tiene más difícil es el arrepentimiento. Y el pecado engendra pecado. Hay unos pecados -por ejemplo, los de impureza- que crean hábitos muy difíciles de quitar.

Te pongo un ejemplo. Un chico se enfada con su padre y en un arrebato de ira le pega a su progenitor una bofetada. No sería lógico que el hijo dijera: Ya que le he dado una bofetada, a partir de ahora le doy diez bofetadas más. Lo que haría, si fuera una persona cuerda, es arrepentirse enseguida y pedirle perdón a su padre. Pues si una persona ofende a su Padre Dios no es lógico que diga y haga: Pues ahora le ofendo más. Si ha ofendido a Dios que cuanto antes le pida perdón en la Confesión y deje de pecar.

(continuará)

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