Catequesis sobre la Confesión (XVIII)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Hay otros modos distintos de la Confesión para que se perdonen los pecados mortales? Te diré que la confesión individual e íntegra de los pecados graves, también llamados pecados mortales, seguida de la absolución sacramental impartida por el sacerdote, es el único medio ordinario para el perdón de los pecados, es decir, para reconciliarse con Dios y con la Iglesia.

Sin embargo, los pecados veniales también se pueden perdonar por otros medios distintos del sacramento de la Penitencia. Estos medios son los demás sacramentos -sobre todo la Eucaristía-, la oración -especialmente los actos de contrición- y las buenas obras -de forma especial los actos de virtud contrarios a los pecados-.

¿Qué oración por excelencia es un acto de contrición? Es la oración llamada Señor mío Jesucristo, que transcribo a continuación:

¡Señor mío, Jesucristo! Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Actualmente son pocas las personas que se confiesan. ¿Es que las demás personas no necesitan confesarse porque no cometen pecados? Desgraciadamente el sacramento de la Penitencia en algunos sitios ha caído en desuso, pero esto no significa que no sea necesario. Repito lo que ya he dicho. Para recuperar el estado de gracia, la amistad con Dios, después de haberle ofendido gravemente, es necesario confesarse.

Que muchas personas no se confiesan puede deberse a varios motivos. En primer lugar, porque dicen que no tienen pecados. Y esto no es verdad, porque todos somos pecadores. Jesucristo dijo: El que de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y en la primera carta de san Juan leemos: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros (1 Jn 1, 8). Es bien significativo que los santos apreciaban mucho la Confesión, porque se veían pecadores. Es verdad que no tendrían pecados mortales, pero sí veniales. La única persona sin pecado ha sido la Virgen María.

Otro motivo del desuso de este sacramento por parte de algunas personas es la falta de fe. No se preocupan por su alma, ni le dan importancia el vivir en gracia o en pecado.

También hay quienes siempre están aplazando la decisión de confesarse para más adelante, y esto -ya lo hemos visto- es un tremendo error. Otros no se confiesan por vergüenza y respetos humanos. Y habrá quienes no acudan al sacramento de la Penitencia por pura comodidad. Allá ellos.

Pero quizás una mayoría de los que no se confiesan es porque no ven pecado en nada, han perdido el sentido del pecado. Cometen pecados, pero dicen que lo que ellos hacen no son pecados, cuando en realidad sí lo son y, además, graves. Para ilustrar este último motivo te cuento ahora una anécdota histórica que tiene mucho que ver con el perdón de los pecados.

En tiempos del emperador Teodosio -gran campeón de la Iglesia, tanto contra los arrianos, como contra los paganos- hubo serios desórdenes y rebeliones en la ciudad de Tesalónica. Se llegó incluso al asesinato de algunos oficiales del Imperio. El emperador, mal aconsejado por los que le rodeaban, se vengó de la ciudad en forma tal que llenó de horror al mundo entero. Se proclamaron Juegos Públicos en la ciudad de Tesalónica y se llenó el anfiteatro. Los soldados del Imperio comenzaron la matanza contra el pueblo desarmado, después de haberlo rodeado de manera que fue imposible la evasión del local público. Unas siete mil personas fueron las víctimas de tan inhumana represalia.

Por este tiempo, Teodosio reunió su corte en la capital del Imperio, Milán, cuyo obispo -san Ambrosio- era muy amigo del emperador, pero después de tamaño crimen, el santo no sólo le negó la comunión sino que se fue de Milán y escribió al emperador diciéndole que debía hacer pública penitencia antes de entrar de nuevo en la iglesia. (Algunos dicen que, de hecho, el santo obispo aguardó al emperador a la puerta de la catedral para decirle que debía arrepentirse de tan grave acción criminal y hacer pública penitencia al ser su pecado bien notorio, y le negó la entrada). Teodosio, que no había dado importancia a su pecado, se excusó diciendo que el rey David obró de manera semejante en una rebelión contra él.

Si imitaste al rey David pecador -le dijo san Ambrosio-, imita también a David penitente. El Emperador obedeció y se humilló, postrado en tierra, sin ninguna señal de realeza y llorando su pecado, mientras el pueblo llorando también, rogaba a Dios por él, para que le concediese misericordia.

Sólo después de reconocer su pecado, de pedir perdón a Dios por su pecado y de hacer penitencia, Teodosio fue readmitido a la comunión de la Iglesia.

La enseñanza que encierra esta anécdota es ésta: de la misma forma que a Teodosio no le fue posible entrar en la iglesia sin antes haber hecho penitencia, los hombres no podrán entrar en la gloria del Cielo si antes no se arrepienten de sus pecados y piden perdón a Dios. Luego, y perdona mi machaconería, para entrar en el Cielo hay que estar en gracia de Dios. Y para recuperar el estado de gracia después de haber ofendido gravemente a Dios por el pecado mortal es necesario acercarse al sacramento de la Penitencia. Pero para arrepentirse hay que reconocer los pecados que se han cometido, darles importancia.

Algo semejante a lo ocurrido a Teodosio les pasa a muchas personas de nuestros días. No me refiero a que actualmente sean frecuentes asesinatos en masa como el de Tesalónica, aunque desgraciadamente haya genocidios y clínicas dedicadas a matar a los seres más inocentes como son los niños aún no nacidos. Me refiero a la pérdida del sentido del pecado. Teodosio cometió un pecado tremendo y no tuvo conciencia de haber pecado hasta que san Ambrosio se lo hizo ver. Y ¿cuántos contemporáneos nuestros hay que quebrantan los Mandamientos de la Ley de Dios y dicen que no tienen pecado? Otros quitan importancia a sus pecados diciendo que los demás también lo hacen.

En el año 1946, el papa Pío XII dijo en una ocasión: El mayor pecado del mundo de hoy consiste en que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado. Y varias décadas después, Juan Pablo II escribió: Uno de los pecados más graves y de más transcendencia en nuestro tiempo, que quizá sea el más grave mirado en su propia malicia y sus funestas consecuencias, es el pecado de no ver pecado en nada. Se ha perdido la conciencia de pecado, y sin embargo el pecado existe. Porque para destruirlo Cristo murió en la Cruz.

(continuará)

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