Catequesis sobre la Confesión (XX)


Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Siempre se obtiene el perdón en el sacramento de la Penitencia? Si uno se confiesa bien, por supuesto que sí. Dios, conocedor de la debilidad y miseria del hombre, no ha puesto límites a su misericordia. Me viene ahora a la memoria el siguiente hecho de la vida de un santo, de san Felipe Neri. Un día, estando sentado en el confesonario se le acercó un joven, que desde hacía tiempo llevaba una vida de pecado, para confesarse. Felipe Neri lo acogió con su acostumbrada caridad y, oída la acusación de los pecados le absolvió, poniéndole como penitencia que apenas hubiera recaído en sus torpezas y vicios volviese a confesarse. El joven, que estaba verdaderamente arrepentido de su mala vida, prometió sinceramente hacerlo. Como sus vicios estaban muy arraigados volvió a caer, pero cumplió su promesa, presentándose enseguida a Felipe Neri. Éste le absolvió de nuevo, imponiéndole la misma penitencia y exhortándole a cumplirla fielmente. Fue el joven tan dócil, que habiendo recaído de nuevo, tornó otra vez a confesarse. Así siguió por algún tiempo; las recaídas, sin embargo, cada vez eran más espaciadas… hasta que, por fin, consiguió corregirse del todo y llegó a ser un cristiano ejemplar y virtuoso.

Entonces se puede confesar uno cuantas veces sean necesarias sin limitación de número alguno… Por supuesto que sí. No hay límite del número de veces que una persona puede acudir al sacramento de la Penitencia. Las veces que sean necesarias y las veces que uno quiera confesarse por devoción. Esto es una manifestación más de la infinita misericordia de Dios.

Entonces se le acercó Pedro y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 22): Si Cristo dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, esto es, indefinidamente, Él es el primero que nos concede el perdón todas las veces que sean necesarias.

¿Me puedes ya desarrollar con amplitud los requisitos para una buena confesión? Sí. Para que la Confesión sea válida se requiere por parte del penitente (que es la persona que se confiesa): contrición, confesión y satisfacción. Estos tres actos son necesarios por institución divina (así lo ha querido Dios) para la integridad del sacramento de la Penitencia, de tal forma que si faltara uno de ellos sería inválido el sacramento, es decir, no se habría confeccionado el sacramento y, por tanto, no se perdonaría ningún pecado.

Estos actos han sido desglosados en cinco para facilitar la claridad en la exposición: 1) examen de conciencia; 2) dolor de los pecados; 3) propósito de la enmienda; 4) decir los pecados al confesor; y 5) cumplir la penitencia.

La contrición consiste en un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante.

Después de la contrición el penitente debe realizar la confesión oral de los pecados.

Y por último, deberá cumplir la penitencia que el sacerdote le impone cuando le absuelva de sus pecados. Esto es la satisfacción.

Por tanto, para hacer una buena confesión es necesario:

* Examen de conciencia, que es recordar todos los pecados cometidos después de la última confesión bien hecha.

Si una persona hace mucho tiempo que no se confiesa debe dedicar un tiempo razonable a hacer su examen de conciencia, repasando los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Este repaso no se puede hacer de una forma somera o superficial, sino que tiene que ser profundo y diligente. Por ejemplo, en el quinto mandamiento no basta ver si ha matado o no, hay que ver si ha cuidado de su salud, si ha maltratado a otras personas, si ha escandalizado, si ha arriesgado innecesariamente su vida, si ha tomado drogas, etc.

En el examen, ver los pecados de omisión, pues también se puede pecar omitiendo deberes. Por ejemplo: faltar a Misa un domingo sin motivo es un pecado de omisión. Otro, pasar del largo, sin auxiliar, cuando se ve a un herido grave en plena calle sin que nadie le socorra. O bien, no cuidar de un enfermo grave cuando se tiene obligación de hacerlo. Y así peca de omisión el hijo que no cuida de su madre anciana y enferma, no teniendo ésta otras personas que le puedan cuidar.

También hay que prestar atención a los pecados internos (los cometidos con el pensamiento), pues aunque son secretos y nadie se da cuenta de ellos (Dios, sí), también son pecados, y a veces (si la materia es grave) hieren mortalmente el alma.

* Dolor de los pecados, es decir, arrepentimiento de haber ofendido a Dios. Es un dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos.

Se cuenta que san Cirilo, Obispo de Jesrusalén, vio al demonio en una Semana Santa entre muchas personas que esperaban la ocasión para confesarse. Le preguntó qué hacía allí, y el demonio respondió que hacía un acto de penitencia.

-¿Tú, penitencia?, le replicó san Cirilo.

-Yo te lo diré -dijo el demonio-. ¿No es un acto de penitencia satisfacer o restituir lo que se quitó? Pues yo quité a todos éstos la vergüenza para que pecasen, y ahora vengo a restituírsela para que no se confiesen.

Sin comentarios.

Si el arrepentimiento es concebido por amor de caridad hacia Dios se llama contrición perfecta (por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo de corazón haberos ofendido). Si el arrepentimiento está fundado en otros motivos (fealdad del pecado, temor de las penas del infierno…) se llama contrición imperfecta o atrición (también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno).

La contrición perfecta perdona los pecados mortales si se tiene el propósito de confesarlos. No hay contrición perfecta si no se tiene el propósito de acudir al sacramento de la Penitencia para confesar los pecados cometidos.

La atrición no basta para perdonar los pecados mortales aunque se tenga el propósito de confesarlos. El perdón solo se produce, a diferencia con la contrición perfecta, cuando se recibe la absolución sacramental.

* Propósito de la enmienda. El arrepentimiento lleva consigo el propósito firme de no volver a pecar, de poner los medios necesarios para evitar las ocasiones de ofender a Dios.

El propósito de la enmienda no es un vago deseo de no pecar (yo quisiera no cometer pecados), sino una decisión firme de no pecar (yo quiero no ofender a Dios), de apartarse de todo pecado, de luchar con fuerza contra todas las tentaciones, de quitar toda ocasión de pecado, de romper con todo lo que pueda inducir al pecado. Y te pongo algunos ejemplos, unos de falta de propósito de enmienda, y otros de verdadero propósito.

Si una persona acostumbra a salir con otra, y ésta siempre le lleva por malos lugares, por sitios que son ocasión próxima de pecado (discotecas de mal ambiente moral), si no toma la decisión de no salir con esa persona, no tiene verdadero propósito de enmienda. Lo mismo se puede decir de una persona que se acusa de beber en demasía, de emborracharse, de tal forma que siempre que entra en un bar sale bebido. Ésta, si no decide no pisar nunca más un bar o taberna, no tiene propósito de la enmienda. Y un tercer caso. Un joven que no quiere desprenderse de ciertas publicaciones (revistas pornográficas), sabiendo que el hecho de tenerlas es para él (y añado, para todos) ocasión de pecado, no tiene propósito de enmienda.

Sí tiene propósito de enmienda la persona que deja una empresa porque en ese lugar se hacían negocios sucios y ya había sucumbido una vez en tejemanejes ilícitos. Se ha arrepentido, y yéndose de esa empresa quita la ocasión de volver a participar en actividades pecaminosas e injustas. Otro caso. El chico que no iba a Misa los domingos, porque era algo que le costaba mucho. Al confesarse de este pecado toma la decisión de llamar a un amigo suyo que sabe que cumple siempre el precepto dominical para que le ayude a él, acompañándole, a asistir a Misa los domingos. Y por último, un comerciante que tiene las balanzas amañadas, de tal modo que los kilos son de novecientos gramos. Arrepentido, se confiesa y con propósitos de no hacer más trampas. Para esto compra balanzas en buen estado y se desprende de las que estaban trucadas, y de esta forma quita la ocasión de estafar de nuevo.

* Decir los pecados al confesor. Debemos confesar todos los pecados mortales, con su número y las circunstancias que aumentan o disminuyen su gravedad. Y conviene decir también los pecados veniales.

El que calla (por vergüenza, por ejemplo) a sabiendas algún pecado mortal comete un gravísimo pecado (sacrilegio), y no se le perdonan los pecados confesados. Sale del confesionario con los mismos pecados  y uno más (el del sacrilegio por haber hecho una mala confesión).

Por tanto, en la Confesión hay que decir todos y cada uno de los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha de que se tenga memoria, después de un diligente examen de conciencia, y las circunstancias que cambian la especie del pecado.

Hay, pues, obligación de confesar:

Los pecados mortales, no los veniales; pero de estos últimos es muy útil y conveniente acusarse con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda.

Todos ellos, o sea, sin omitir ningún pecado mortal a sabiendas, pues entonces no se perdona ninguno y además se comete un sacrilegio. Igualmente hace inválida la Confesión el decir pecados mortales que no se han cometido. Por tanto, nada de inventarse pecados.

En su especie moral ínfima, o sea, no limitándose a declarar el género (por ejemplo, “pequé mortalmente”) o la especie superior (por ejemplo, “pequé gravemente contra la justicia” u “ofendí a Dios gravemente al no vivir bien la pureza”), sino concretando la especie ínfima (por ejemplo, “cometí un acto impuro yo solo” o “he robado en materia grave en unos grandes almacenes” o “calumnié gravemente a una persona”, etc.).

Su número. Todos y cada uno de los pecados mortales cometidos después de la última confesión bien hecha. Si después de un diligente examen de conciencia no se puede precisar cuántos fueron, hay que decir el número aproximado o la frecuencia con que se ha pecado.

No hay que exagerar el número de pecados por si las moscas. Es decir, si uno no sabe el número exacto de veces que ha cometido un pecado, pero seguramente no serán más de una docena, no vale exagerar y decir que lo ha cometido aproximadamente unas quinientas veces.

Número aproximado o frecuencia, hemos dicho, no exageraciones. Por ejemplo, si una persona va de vez en cuando a Misa, pero falta la mayoría de los domingos, si no se acuerda del número de veces que ha faltado a Misa en día de precepto, debe decir que desde que se confesó hace el tiempo que sea (siete meses, o dos años u otro período de tiempo) que durante todo ese tiempo ha ido a Misa con una frecuencia de una vez al mes, o una al trimestre, o domingo sí y otro no, o muy de vez en cuando como puede ser una vez al año en la Misa de nochebuena…

Otro ejemplo. Una persona que se ha emborrachado varias veces y a la hora de examinar su conciencia no sabe en cuántas ocasiones ha bebido de más a propósito. Duda si ha sido media docena o quizá diez. En este caso tendría que decir que no recuerda bien, pero aproximadamente unas diez o quizá un poco menos. No basta con decir solamente el número menor de la horquilla, en este caso, seis.

Las circunstancias. Veamos qué circunstancias hay que decir al confesar los pecados. Son las circunstancias morales, que son las condiciones que se añaden a un acto humano ya constituido (en el caso que consideramos, el pecado que se confiesa) y que lo modifican en su substancia (por ejemplo, el mismo robo, cometido por un cajero de banco, tendrá una mayor gravedad. La razón de esta mayor gravedad es que el cajero, además de robar, defrauda la confianza depositada en él). De esta suerte, el acto humano (el pecado de que se acusa el penitente), además de en su objeto, debe ser considerado en sus circunstancias. Evidentemente debe tratarse de circunstancias verdaderamente morales, es decir, las que están relacionadas con la moralidad; y hace falta también que eso sea percibido por la conciencia del sujeto.

Ciertas circunstancias cambian por completo el tipo de moralidad, porque se refieren a una virtud diferente a la concernida por el objeto (por ejemplo, el adulterio no lesiona solamente la virtud de la castidad, sino también la de la justicia, por falta de fidelidad a un compromiso solemne). Otras circunstancias son solamente agravantes (robo con fractura, por ejemplo) que aumentan la culpabilidad, o atenuantes (robo doméstico, es decir, el que se comete en el propio hogar, como sería quitar unas monedas a los padres) que disminuyen la culpabilidad.

Así, el que roba un cáliz (objeto sagrado), debe decir esta circunstancia (que lo robado es un objeto sagrado), o que ha cometido un robo sacrílego. La persona casada que tiene relaciones sexuales con otra persona de distinto sexo soltera, debe acusarse de adulterio, o decir, la circunstancia de que está casada. También la persona que al pecar ha escandalizado a otras, no debe omitir esta circunstancia (que ha dado escándalo). Y por último, si alguien roba cierta cantidad de dinero, pero que no es mucha, a una persona muy pobre, debe manifestar en la confesión, además de la cantidad robada, que ha robado a un pobre. Esta circunstancia es agravante y aumenta la culpabilidad.

Los efectos previstos en su causa, por ejemplo, si una persona se emborracha y tiene experiencia que cada vez que bebe de más profiere horribles blasfemias, en la confesión no puede limitarse a decir que se ha emborrachado voluntariamente, sino que debe comentar que cada vez que se embriaga empieza a blasfemar.

(continuará)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s