Conmemoración de los Fieles Difuntos. Homilía


Al brillar un relámpago nacemos, // y aún dura su fulgor cuando morimos: // ¡Tan corto es el vivir! // La gloria y el amor tras que corremos, // sombras de un sueño son que perseguimos: // ¡Despertar es morir! (Bécquer, Rima LXIX). Con esta rima el poeta expresó la brevedad de la vida, de esta vida terrena. Después de la muerte hay una vida sin fin, eterna, en la gloria del Cielo para todos los que han vivido conforme a la Santa Ley de Dios. Ésta es nuestra esperanza. Cristo nos tiene preparado un lugar en el Cielo. No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros (Jn 14, 1-3).

La liturgia de la Palabra de una de las misas del día de la conmemoración de los fieles difuntos se puede decir que es todo un canto a la esperanza. Más que la muerte se habla de la recompensa, de ese amor de Dios sin límites y de resurrección. En la primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, el autor sagrado -el profeta Jeremías- después de expresar en su propia persona los dolores experimentados, dice: Mi alma perdió la paz, olvidé los placeres. Me dije: Se acabó mi gloria y mi esperanza en el Señor (Lm 3, 17-18). Pero a continuación, no mirando a sí mismo sino hacia el Señor, se da cuenta que la ternura del Señor no se acaba, ni se agota su misericordia; que cada mañana se renuevan. ¡Qué grande es tu fidelidad! (Lm 3, 22-23). Es como si dijera: He renunciado a las esperanzas mejores, pero, aunque se derrite el alma en el continuo recuerdo de las desgracias, acudiré a la misericordia del Señor (Teodoreto).

Jeremías considera las cualidades del Señor, su fidelidad y bondad, por lo que pone toda su esperanza en Dios de quien viene la salvación: ¡Mi porción es el Señor, dice mi alma, por eso en él espero! Bueno es el Señor para el que en él espera, para el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor (Lm 3, 24-26). Y nuestra salvación está en el seguimiento de Jesucristo. Cuando Él dijo: Y adonde yo voy sabéis el camino (Jn 14, 4). En ocasiones los Apóstoles no entendían con profundidad lo que el Señor les estaba diciendo. Y ésta es una de esas veces. Por eso el apóstol Tomás pregunta con sencillez y confianza: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? (Jn 14, 5). Cristo le responde: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14, 6).

El Señor explica que Él es el camino hacia el Padre. Y lo es por su doctrina, pues observando su enseñanza llegaremos al Cielo; por la fe que suscita, porque vino a este mundo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (Jn 3, 15); por su ejemplo, ya que nadie puede ir al Padre sino imitando al Hijo; por sus méritos, con los que nos posibilita la entrada en la patria celestial, y sobre todo es el camino porque Él revela al Padre con quien es uno por su naturaleza divina.

Además, Cristo en su respuesta va más allá de la pregunta de Tomás, porque dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Ser la Verdad y la Vida es lo propio del Hijo de Dios hecho hombre, del que san Juan dice en el Prólogo a su Evangelio que está lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Jesucristo es la Verdad porque con su venida al mundo se muestra la fidelidad de Dios a sus promesas, y porque enseña verdaderamente quién es Dios y cómo la auténtica adoración ha de ser en espíritu y en verdad (Jn 4, 23). También es la Vida por tener desde toda la eternidad la vida divina junto al Padre, y porque nos hace, mediante la gracia, participar de esa vida divina.

La lectura de los versículos de la Carta a los Romanos que se lee en esa misa de difuntos es también un canto a la esperanza. La muerte ha sido vencida. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él (Rm 6, 9). Pero tampoco tiene dominio sobre nosotros, porque si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él (Rm 6, 8). Por eso, en un día de los difuntos, san Juan Pablo II dijo en el cementerio de La Almudena de Madrid, antes de empezar la Misa: Corroborados en esta certeza, elevamos al cielo ‑aun entre las tumbas de un cementerio‑ el canto gozoso del Aleluya, que es el canto de la victoria. Nuestros difuntos viven con Cristo, después de haber sido sepultados con Él en la muerte. Para ellos el tiempo de la prueba ha terminado, dejando el puesto al tiempo de la recompensa. Es verdad que moriremos, pero también es cierto -es una verdad de fe- que resucitaremos. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante (Rm 6, 5).

En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de san Pablo: Deseo partir y estar con Cristo (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo. Habrá un día en que yo me encontraré cara a cara con el Señor. Y ésta es nuestra meta: este encuentro. Nosotros no esperamos un tiempo o un lugar, vamos al encuentro de una persona: Jesús. Por lo tanto, el problema no es “cuándo” sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el estar preparados para el encuentro. Y no se trata ni siquiera de saber “cómo” sucederán estas cosas, sino “cómo” debemos comportarnos, hoy, mientras las esperamos. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios (Papa Francisco).

La victoria de Cristo sobre la muerte ilumina las tinieblas de la peregrinación terrena de todo hombre, especialmente sus últimos días, que están marcados por el sufrimiento de la agonía. Morimos en Cristo, que ha vencido la muerte y ha abierto la perspectiva de la vida eterna. Al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6, 4).

En la profesión de fe (Símbolo apostólico) confesamos la resurrección de la carne. Se trata de una verdad que no es sencilla y nada obvia, porque, viviendo inmersos en este mundo, no es fácil comprender la realidad futura. Pero el Evangelio nos ilumina: nuestra resurrección está estrechamente vinculada a la resurrección de Jesús; el hecho de que Él esté resucitado es la prueba de que existe la resurrección de los muertos. Y tenemos esta creencia porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos; nosotros tenemos la esperanza en la resurrección porque Él nos abrió la puerta a esta resurrección. Y esta transformación, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida por la relación con Jesús, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros, que en esta vida hemos sido alimentados con su Cuerpo y con su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él (Papa Francisco).

Como madre que es, la Iglesia conmemora a los fieles difuntos que se purifican aún en el Purgatorio, preparándose para el momento en que Jesús les dirá: entra en el gozo de tu Señor (Mt 25, 21). Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica). La Iglesia, consciente de la Comunión de los santos reza por los difuntos, pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados (2 M 12, 45); y esta oración dice mucho sobre la realidad de la misma Iglesia, que está firme en la esperanza de la vida eterna. La oración por los difuntos es como un combate con la realidad de la muerte y de la destrucción, que hacen gravosa la existencia del hombre sobre la tierra. Es y sigue siendo esta oración unas especial revelación de la Resurrección. Esa oración es Cristo mismo que da testimonio de la vida y de la inmortalidad, a la que Dios llama a cada hombre.

El Purgatorio no es un infierno temporal y atenuado sino la antesala del Cielo. Con amor encendido, aunque todavía imperfecto, las benditas almas del Purgatorio adoran la santidad de Dios, y quieren esa purificación, porque les permitirá ver a Dios, máximo deseo del corazón humano. Las almas del Purgatorio nada pueden hacer por sí mismas para llegar antes al Cielo: sólo aceptar sus sufrimientos y ofrecerlos. Pero esa aceptación y ofrecimiento no lleva consigo ninguna atenuación de la pena: de aquel lugar no se sale hasta haber satisfecho la deuda por entero. Nosotros sí podemos aligerar el rigor de sus penas, así como su duración, con nuestros sufragios, con la penitencia, con las indulgencias, con limosnas y oraciones, y con obras meritorias y satisfactorias. La Iglesia ruega por los difuntos en modo particular durante la Santa Misa: Concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz (Canon romano). No olvidemos que es una obra de misericordia rezar por los difuntos.

El día 2 de noviembre, en la liturgia de la Iglesia, es el de la conmemoración de todos los fieles difuntos. Con esta celebración litúrgica se abre todo un mes dedicado de forma especial a la oración por los difuntos. Tengamos muy presente el deber gustoso de ofrecer muchos sufragios por todas las almas del Purgatorio, como es tradicional en la Iglesia. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos. Al respecto, san Gregorio Magno afirma: Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso. Estos actos de piedad son constantemente alentados por la Iglesia.

Existe la costumbre de ir en este mes a los cementerios, y nos detenemos con fe ante las tumbas de nuestros seres queridos, rezando también por los difuntos que nadie recuerda. Un cementerio es triste: nos recuerda a los nuestros que se fueron y nos recuerda el futuro y la muerte. Traemos flores como símbolo de esperanza: más adelante se convertirá en un día de fiesta, la tristeza se mezcla con la esperanza. Se hace memoria de los nuestros ante sus restos mortales, y la esperanza nos ayuda para hacer este camino que todos deberemos recorrer, todos, antes o después. Hay un ancla que no desilusiona: la esperanza de la Resurrección: Jesús fue el primero que hizo este camino y Él mismo nos abrió la puerta de la esperanza, con su cruz, para entrar donde contemplaremos a Dios (Papa Francisco).

El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y los sufragios son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios. Es un recuerdo simple, eficaz, lleno de significado, porque encomienda a nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. Por rezamos con esperanza cristiana que estén con Él en el paraíso, en la espera de encontrarnos juntos en ese misterio de amor que no comprendemos, pero que sabemos que es verdad porque es una promesa que Jesús ha hecho.

Santa María, Reina de la Iglesia Purgante, intercede ante tu Hijo para que las benditas ánimas del Purgatorio vayan pronto al Cielo para cantar la gloria de Dios.

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