Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. Homilía


En la liturgia de la Iglesia está fiesta de la Dedicación del Salvador (también conocida como la Basílica de San Juan Letrán). Esta iglesia es uno de los primeros templos que los cristianos pudieron construir, una vez que cesaron las persecuciones. Fue dedicada al culto el 9 de noviembre del año 324 por el papa san Silvestre I. Esta fiesta nos invita a mirar a Roma, donde está esa Basílica, llamada Madre y Cabeza de todas las iglesias de Roma y del mundo. Su celebración es un signo de amor y unidad de todos los cristianos con la cátedra de San Pedro, a la vez que nos estimula a alimentar la vida personal y comunitaria con la fe fundada en el testimonio de los Apóstoles.

Con el término “madre” nos referimos no tanto al edificio sagrado de la Basílica de Letrán, catedral de Roma, sino a la obra del Espíritu Santo que se manifiesta en este edificio, fructificando mediante el ministerio del obispo de Roma en todas las comunidades que permanecen en la unidad con la Iglesia que él preside. Jesús, al hablar del templo, revela una verdad sorprendente: que el templo de Dios no es solamente el edificio hecho con ladrillos, sino que es su Cuerpo, hecho de piedras vivas (Papa Francisco).

La cátedra romana es el símbolo de la autoridad del Obispo de Roma, y en particular de su magisterio; es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor del Príncipe de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Desde esa sede, guía, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

En la primera lectura de la Misa de esta fiesta está una visión del profeta Ezequiel. Éste vio salir agua del Templo y el Señor le dijo: Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar de aguas salobres, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente. A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina (Ez 47, 8-9.12).

La visión del torrente que mana del Templo y que llega al Mar Muerto (mar de aguas salobres) revitalizando todo lo que encuentra a su paso tiene eco en el Nuevo Testamento en las palabras de Jesús que recoge san Juan en su Evangelio: Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotarán ríos de agua viva (Jn 7, 37). Jesús identificó el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo cuando dijo: Destruid este Templo y en tres días lo levantaré (Jn 2, 19). Los judíos no entendieron estas palabras de Jesús; pensaban en el Templo de Jerusalén, pero el Señor hablaba del templo de su cuerpo(Jn 2, 21), como aclara el evangelista san Juan. Jesucristo es el nuevo y definitivo Templo de Dios entre los hombres, el único y verdadero Templo donde el Pueblo de la Nueva Alianza realiza el culto agradable al Padre. Cuando el Maestro divino compara el Templo de la Ciudad Santa con su propio Cuerpo, revela que Él es el Verbo de Dios que puso morada entre los hombres. Cristo es la plena presencia de Dios en la tierra y, por lo tanto, el verdadero Templo de Dios.

Con la llegada del Mesías se inicia la Nueva Alianza , que es definitiva, lo que agrada al Padre es que todos acepten a su Hijo, el nuevo Templo de Dios, con un culto que brota del corazón del hombre y que suscita el mismo Espíritu de Dios.

El Señor se presenta como Aquél que puede saciar el corazón del hombre y darle paz. De Él brota ríos agua viva, y comenta san Alfonso María de Ligorio: Tenemos en Jesucristo tres fuentes de gracias. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados. La segunda fuente es de amor; quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres. La tercera fuente es de paz; quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz.

Los Padres de la Iglesia unen los versículos del Evangelio según san Juan que hemos citado con la visión de Ezequiel, y ven en el manantial del Templo las aguas del bautismo, que brotan de Cristo que es la vida, o del costado del Señor en el ara de la Cruz: Esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impurezas y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús (Epístola de Bernabé). En la profecía se anuncia que en los tiempos mesiánicos el pueblo será purificado con agua pura, recibirá un Espíritu nuevo y se les cambiará el corazón de piedra por un corazón de carne. Y en efecto, esto es lo que ocurrió. Jesús, una vez exaltado como corresponde a su condición de Hijo de Dios, envió en Pentecostés al Espíritu Santo, que transformó interiormente a todos los que creen en Él.

En los versículos de la segunda lectura, tomados de la Primera Carta a los Corintios, san Pablo dice: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16). El Apóstol de las gentes, con estas palabras, manifiesta la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia. En efecto, por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular (León XIII). Esta presencia de Dios Uno y Trino en el alma en gracia es toda una invitación a procurar un trato más personal con Dios, al que en todo momento podemos buscar dentro de nosotros, en nuestras almas.

Edificación de Dios (1 Co 3, 9). El Señor quiere a los cristianos como piedras vivas en esa edificación, y los ha asociado con Él en la tarea redentora en la salvación de todos los hombres, de manera que -a la vez que son redimidos- sean corredentores con Él, completando lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

Para edificar el santuario de Dios en la vida de cada uno, primero hay que poner cimientos sólidos. Es lo que nos dice san Pablo: Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima. ¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo (1 Co 3, 10-11). Jesucristo es el fundamento necesario e insustituible de todo edificio espiritual. Él, dice san Pedro, es la piedra angular. Y ningún otro está la salvación; pues no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por que hayamos de ser salvados (Hch 4, 11-12). Por esto, toda catequesis auténtica ha de ser cristocéntrica, y su objeto fundamental ha de ser siempre Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y sus enseñanzas.

Sí, cada cristiano es ese templo que Dios ha edificado para venir y morar. Pero, que cada uno reflexione si realmente ahora su alma está limpia, para que Dios pueda habitar en ella. ¡En cuántas ocasiones, por el pecado, he convertido mi alma en mercado y cueva de ladrones! De ahora en adelante, con la ayuda de Santa María, procuremos la limpieza de nuestra alma, para que la Santísima Trinidad encuentre un lugar digno donde inhabitar.

Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario (1 Co 3, 17). La consideración de la maravillosa realidad de que somos templos de Dios ayuda a caer en la cuenta de la trascendencia que tiene el vivir en gracia de Dios, y el profundo horror que ha de tenerse al pecado mortal, que destruye el templo de Dios, privando al alma de la gracia y amistad divinas.

El pasaje evangélico que se lee en la Misa de la Dedicación de la Basílica lateranense es el de la expulsión de los mercaderes del Templo, narrada por san Juan. Para la fiesta de la Pascua judía Jesús acudió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos (Jn 2, 14). Al Señor le dolió mucho ver convertido el Templo, el lugar del culto donde los judíos decían que se debía adorar a Dios, en un mercado. Por eso haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2, 15-16).

El carácter social y visible del Nuevo Pueblo de Dios exige lugares para el culto, por lo que desde el principio se erigieron edificios destinados al culto y a la oración. Las iglesias son los lugares donde la comunidad cristiana celebra la liturgia; son lugares sagrados. Desde hace siglos, a cada iglesia se le llama “la casa de Dios”, puesto que Cristo habita sacramentalmente en el sagrario y, por extensión, en todo el recinto sacro. Por tanto, los edificios destinados (catedrales, iglesias, capillas u oratorios) para la celebración del culto cristiano son lugares de oración y adoración, y hay que procurar que haya un clima de recogimiento para poder rezar y recibir los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía. Y debemos entrar allí, en la sacralidad que nos lleva a la adoración.

A veces el silencio brilla por su ausencia, especialmente antes e inmediatamente después de la celebración de funerales, primeras comuniones y matrimonios. Es como si la iglesia fuera un lugar de encuentro y saludos, donde las conversaciones entre las personas allí reunidas adquieren muchos decibelios. Olvidan los asistentes que están en un lugar sagrado, donde se debe guardar respeto y silencio. Evitemos, pues, en las iglesias las conversaciones y las risas.

Existe la urbanidad de la piedad. Esta exige entre otras cosas saber comportarse, el cuidar la vestimenta, adoptar las posturas previstas en cada parte de la liturgia, saludar con una genuflexión al Señor que está realmente en el sagrario, usar el agua bendita al entrar en el templo para santiguarse…

La Virgen María, verdadero Sagrario del Dios vivo, nos sostenga en nuestro caminar terreno para ser en todos los momentos de nuestra vida templos de Dios donde estén las tres Personas Divinas.

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