San Pelayo: Mártir de la pureza


San Pelayo

Según la tradición Pelayo nació en Albeos, diócesis de Tuy (Galicia) hacia el año 912, justamente cuando empezaba a reinar en Córdoba el califa Abderramán III, que será el causante de su muerte. Pelayo crece al lado de su tío Hermogio, obispo de Tuy, que se preocupa por instruirlo en las ciencias humanas, pero sobre todo por formarlo en la fe y en la piedad.

En el año 920 Abderramán ataca los reinos cristianos del norte de España, que le hacen frente en Valdejunquera. En esta batalla Hermogio es hecho prisionero y llevado como cautivo a Córdoba. Le permiten que vuelva a Tuy para tramitar el rescate, pero entretanto debe dejar a su sobrino como rehén.

Pelayo permanece unos cuatro años en la cárcel de Córdoba, durante los cuales la fe en Cristo va creciendo con fuerza en su corazón. Y cuando intentan apartarlo de ella y comprometer lo más íntimo de su ser, la dignidad de su cuerpo y de su alma, no logran su propósito. Fue entonces cuando despertó la atención del poderoso Abderramán III por su educación y por las discusiones que mantenía con los musulmanes defendiendo sus creencias cristianas. Llamado a presencia del emir, éste se ilusionó con la idea de poseer al joven Pelayo… Todo el poder de un califa frente a la debilidad de un adolescente. La pretensión del soberano era doble: comprar el alma y el cuerpo de Pelayo, pero éste, libre pese a la cautividad, no quiso venderse, ni en un sentido ni en otro.

Según las antiguas narraciones Abderramán III le hizo su ofrecimiento: Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos; tendrás un magnifico palacio junto al real alcázar, y en él tendrás esclavos, esclavas y cuanto puedas apetecer. Pero es preciso que te hagas musulmán como yo, porque he oído que eres cristiano y que empiezas a discutir en defensa de tu religión”.

A todo esto, Pelayo le respondió: Sí, ¡oh rey!, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo, aunque no lo quieras”.

Llevado de su desatado instinto sexual, se adelantó hacia él y le tocó su túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió, diciendo: ¡Atrás, perro! ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?”.

Abderramán no se anduvo con contemplaciones y Pelayo pagó su fidelidad a Cristo con la muerte, el 26 de junio de 925. Dicen algunos que una catapulta de guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra orilla del Guadalquivir; casi muerto, fue degollado por un guardia. Pero, en algún retablo, como en el mismo “Martirologio, se alude a otro modo de martirio: siendo desgarrada su carne con tenazas.

Sus reliquias, recogidas por los cristianos de la ciudad, se trasladan hacia el norte de España. La peregrinación desde el lugar de su martirio hasta Oviedo difunde la noticia del testimonio impresionante del joven Pelayo. Numerosas parroquias lo adoptan como santo patrono. Sobre todo, en León donde, en un primer momento, depositan sus reliquias en un monasterio construido a tal efecto. Una vez en Oviedo, en el año 994, la comunidad de monjas benedictinas que lo acoge coloca la urna de las reliquias debajo del altar mayor de la Iglesia del cenobio, que a partir de entonces pasar a llamarse “Monasterio de San Pelayo.

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