Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Homilía


Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos (Mt 25, 31-32). Con estas palabras, san Mateo se refiere a la segunda venida de Cristo a la tierra, la Parusía. En su primera venida el Señor vino para redimir al género humano. Al final de los tiempos vendrá para juzgar a vivos y a muertos. En la Parusía vendrá con toda su gloria, con la realeza que le pertenece. Toda la humanidad contemplará la escena grandiosa del Juicio Final. Este Juicio, también llamado Universal, es distinto del Juicio Particular a que todos hombres y mujeres son sometidos inmediatamente después de la muerte. Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1022). La sentencia dictada al fin del mundo no será sino la confirmación pública y solemne de la suerte cabida ya a elegidos y réprobos.

La verdad del Juicio Universal, que consta ya en los primeros símbolos de la Iglesia, es un dogma de fe definido solemnemente por Benedicto XII en la constitución Benedictus Deus, del 29 de enero de 1336. El profeta Ezequiel se refiere a este Juicio cuando escribe: Esto dice el Señor Dios: He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío (Ez 34, 17). San Agustín se pregunta: ¿A qué vienen aquí los machos cabríos en el rebaño de Dios? Y él mismo responde teniendo en cuenta lo que dice san Mateo que hará Jesucristo: Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda (Mt 25, 33). En los mismos pastos, en las mismas fuentes, andan mezclados los machos cabríos, destinados a la izquierda, con las ovejas, destinadas a la derecha, y son tolerados los que luego serán separados. Con ello se ejercita la paciencia de las ovejas, a imitación de la paciencia de Dios. Él separará después, unos a la izquierda, otros a la derecha.

En los escritos de los Profetas del Antiguo Testamento y en el Apocalipsis se representa al Mesías sentado en un trono. Es lo que le corresponde a Cristo por ser Rey del universo. El Juez será el mismo que antes había sido el Buen Pastor. Porque esto dice el Señor Dios: Yo mismo buscaré mi rebaño y lo apacentaré. Como recuenta un pastor su rebaño cuando está en medio de sus ovejas dispersas, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas. Yo mismo pastorearé mis ovejas y yo las llevaré a reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, curaré a la que esté herida, y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud (Ez 34, 11-12.15-16).

Ezequiel enseña que es Dios mismo quien se constituye en pastor para su pueblo, pastor solícito de sus ovejas: les pasa revista una por una, las atiende y las cuida. Es lo que hizo Cristo en su paso por este mundo. El Señor, Rey eterno que reina desde la Cruz, es presentado como Pastor de la humanidad. El bello oráculo del profeta Ezequiel resuena en labios de Jesucristo al exponer la alegoría del Buen Pastor que cuida de sus ovejas. Dios vela sobre nosotros, en todo instante está pendiente de cada uno. Por esto, si un rebaño humano está seguro bajo la vigilancia de un pastor humano, cuán grande no ha de ser nuestra seguridad, teniendo a Dios por pastor, no sólo porque nos apacienta, sino también porque es nuestro creador (San Agustín).

El amor divino y su misericordia es totalmente compatible con la justicia de Dios. No habría verdadero amor sin justicia. La condena de los impíos no contradice la bondad de Dios, como bien lo expresó san Juan Pablo II: La “condenación” no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad es la criatura la que se cierra a su amor. La “condenación” consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

Cada uno debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar preparado para presentarse ante el Señor y Juez, y al mismo tiempo Redentor y Padre. Se dice, con frecuencia, “Dios es demasiado buen para que haya un infierno; demasiado bueno para tolerar el infierno, ¡un infierno eterno!” Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios. La fe cristiana enseña que en el riesgo del “sí” y del “no” que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha dicho ya “no”. Se trata de las criaturas espirituales que se rebelaron contra el amor de Dios y a las que se llama demonios. Para nosotros, los seres humanos, esa historia resuena como una advertencia: nos exhorta continuamente a evitar la tragedia en la que desemboca el pecado y a vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo “sí” a Dios (San Juan Pablo II).

Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25, 34). Cristo Rey recompensa a los justos haciéndoles partícipes del Reino de los cielos. El Cielo no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la Santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

Dios recompensará a los justos por sus buenas obras. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Todas las facetas enumeradas -dar de comer, dar de beber, vestir, visitar- resultan ser obras de amor cristiano cuando al hacerlas a estos “pequeños” se ve en ellos al mismo Cristo.

Se sirve a Jesús en los pobres, en los marginados, en los enfermos, en los niños sin hogar, en los ancianos que padecen soledad. Es a Él a quien se cuida, se visita, se viste, se alimenta, se cobija y se conforta cuando nos preocupamos de los desheredados, de los huérfanos, de los moribundos, de los que sufren… Y el Padre celestial recompensará todo el bien hecho de modo humilde y desinteresado.

La sentencia que cada hombre reciba en el Juicio Final será conforme a cómo haya vivido las obras de misericordia. El amor a Dios y el amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios. De aquí la importancia del pecado de omisión. El no hacer una cosa que se debe hacer supone dejar a Cristo desprovisto de tales servicios. Seremos juzgados sobre el amor. El Señor nos pedirá cuenta no solamente del mal que hayamos hecho sino además del bien que hayamos dejado de hacer. De esta forma, los pecados de omisión aparecen en toda su gravedad, y el amor al prójimo en su fundamento último: Cristo está presente en el más pequeños de nuestros hermanos.

Continuemos con el relato evangélico de la Misa de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo: Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”. Entonces dirán también éstos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo”. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna (Mt 25, 41-46).

Claramente Cristo afirma que el Cielo ha sido creado para el hombre. Y lo alcanzan todos los que cumplen la voluntad de Dios. Y que el infierno fue creado para los ángeles que se rebelaron contra Dios, los demonios. Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final.

En esta narración que hace san Mateo de lo que acontecerá en la segunda venida de Cristo se pone de manifiesto la enseñanzas de algunas verdades de nuestra fe: la existencia de un juicio al final de los tiempos; la identificación que Cristo hace de sí mismo con la persona de cualquier necesitado: hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado; y finalmente, la realidad de un suplicio eterno para los malos y de una dicha eterna para los justos.

En su primera carta a los cristianos de Corinto, san Pablo habla de la recompensa de los buenos, de la resurrección de los justos. Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada uno en su propio orden: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su parusía (1 Co 15, 20-23). Pero también resucitarán el cuerpo de los condenados. Lo afirma el Magisterio de la Iglesia. Todos los hombres resucitarán con sus propios cuerpos que ahora llevan, para recibir según obras. Los que hicieron el bien serán recompensados con la vida eterna, estando con Cristo en gloria del Cielo. Y todos aquellos que hicieron el mal, muriendo sin arrepentimiento, serán arrojados al infierno, con el diablo, para recibir un castigo eterno.

Después, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, cuando haya aniquilado todo principado, toda potestad y poder. Porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies (1 Co 15, 24-25). La Iglesia celebra todos los años, en el último domingo del tiempo ordinario la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, para recordar su imperio supremo y absoluto sobre todas las criaturas. La soberanía de Cristo sobre toda la creación se cumple ya en el tiempo, pero alcanzará su plenitud definitiva tras el Juicio Final. San Pablo presenta este acontecimiento último, misterioso para nosotros, como un acto solemne de homenaje al Padre: Cristo ofrecerá como un trofeo toda la creación, le brindará el Reino que hasta entonces le había sido encomendado. A partir de ese momento, la soberanía de Dios y de Cristo será plena, no habrá enemigos ni contrincantes, se habrá pasado de una etapa de combate a una etapa de contemplación.

El último enemigo en ser destruido será la muerte. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a quien él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas (1 Co 15, 26.28). El sometimiento del Hijo -que en nada se opone a su divinidad- se refiere al término de su misión como Redentor y Mesías. La Parusía, o venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos, cuando establezca el cielo nuevo y la tierra nueva, llevará consigo el triunfo definitivo sobre el demonio, el pecado, el dolor y la muerte. Esta victoria final de Jesucristo restaurará el orden primitivo de toda la creación, que había sido rota por el pecado. La esperanza en este triunfo no es para el cristiano motivo de pasiva espera, sino todo lo contrario: un acicate para conseguir que, ya en esta vida, la doctrina y el espíritu de Cristo impregnen todas las actividades humanas.

En el Cielo está Santa María. Acudamos a Ella para que en todo momento interceda por nosotros ante su Hijo para que seamos contados entre los elegidos y podamos escuchar de labios de Cristo: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

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