Homilía del Domingo I de Adviento (Ciclo B)


Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él (Is 64, 3). Después del primer pecado, el de Adán y Eva, el mundo fue inundado de pecados. En el Génesis se narran el primer fratricidio (Caín mata a Abel), la bigamia de Lamec, el pecado de Onán, la conducta inmoral de los sodomitas (prácticas homosexuales), y otros más. El profeta Isaías se refiere a la condición pecadora del hombre, a la humanidad que parece perdida y dominada por el poder del mal, pero ruega a Dios que muestre su misericordia, recordándole tú eres nuestro padre. Cuando Satanás creyó que triunfaba sobre el hombre, brilló con todo su esplendor la luz de la esperanza.

En el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le anunció de modo misterioso que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Dios anuncia la victoria final del hombre en su lucha contra Satanás. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. El desarrollo histórico de la realización de esta promesa es lo que constituye el mensaje de salvación contenido en los libros de la Sagrada Escritura.

No carecéis de ningún don, vosotros que esperáis la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo (1 Co 1, 7). Comienza el Adviento, tiempo de espera. Su mensaje es de esperanza. El Señor está cerca, repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados. Pero, ¿por qué viene el Señor? Porque Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también después de su caída y no lo abandona a sí mismo. Lleva su amor hasta el extremo: se desprende de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo.

Grande fue la ingratitud de los hombres, creados por Dios con especial amor. No sólo no le reconocieron como su Creador y Señor, sino que desde el primer momento pretendieron ponerse en su lugar, rebelándose contra Él. Pero el amor de Dios no se apagó, un amor que se revela como capaz de una paciencia infinita. Y por eso viene el Señor. Viene a causa del pecado; para quitar el pecado. El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

En el Evangelio de san Marcos se recoge este consejo que da Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento (Mc 13, 35). A lo largo de toda la historia de la humanidad, Dios sigue derramando gracias sobre sus criaturas. Él os mantendrá firmes hasta el final (1 Co 1, 8). Le pedimos al Señor la gracia de la perseverancia final, que caminemos siempre en su amor y en su misericordia.

Para ganar una guerra es suficiente de ordinario vencer la última batalla. Pero, en la vida interior, ¡ay del que no procure ganarlas todas! Porque muy bien puede suceder que una de esas batallas perdidas sea la última, y entonces esa alma perdió la guerra. Luego, ¿qué interesa sobre todo?: perseverar hasta el fin, salvarse (San Josemaría Escrivá). En las antiguas Ordenanzas del ejército español estaba este breve artículo: El Oficial que recibiere la orden de mantener su posición, a toda costa lo hará. Tampoco caben vacilaciones en los hombres de Dios.

Sabemos que la naturaleza humana está herida, que existe el fomes peccati, la inclinación al mal. El “combate” contra las fuerzas del mal, es un combate espiritual, que se libra contra el pecado y, en último término, contra Satanás. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia (Benedicto XVI). Estemos, pues, vigilantes, evitando todo pecado y ocasión de pecar. Y, si en alguna vez se cae en la tentación, hay que acudir pronto al sacramento de la Penitencia para confesar el pecado cometido. La perseverancia no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre.

Si a pesar del esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez, por debilidad no se vive conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no hay que desanimarse! ¡Cristo sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda.

La perseverancia es un don. Por una sola razón Dios quiere que los hombres le sirvan: porque, siendo bueno y misericordioso, desea llenar de bienes a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nadie, pero el hombre tiene necesidad de comunión con Dios. Ésta es la gloria del hombre: perseverar y permanecer en el servicio divino (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, IV, 14). Y Jesucristo dijo: Ninguno que después de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de los cielos (Lc 9, 62). El que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 24, 13).

Cuando se ha decidido trabajar en la viña, hay que estar en la viña, quemándose, tostándose al sol, ocupándose en todo, desviviéndose para que la uva surja en racimos jugosos, apretados, llenos. Bien lo expresó santa Teresa de Jesús cuando escribió: Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera. San Josemaría Escrivá al hablar de perseverancia trae la imagen del borrico de noria: ¡Bendita perseverancia, llena de fecundidad, del pobre borrico de noria!: siempre lo mismo, monótna mente, escondido y despreciado, a su paso humilde…, sin querer saber que son sus sudores el aroma de la flor, la hermosura del fruto en sazón, fresca sombra de los árboles en el estío: la lozanía toda del huerto, y todo el encanto del jardín.

Ésta es la historia del borrico de noria. Empieza una jornada de trabajo. La misma noria de todos los días, la misma presión de los arreos, el mismo trayecto circular. El borrico conoce ya hasta los menores declives del terreno que pisa, porque día tras día, desde el alba hasta la noche, sus vueltas a la noria son iguales. La tierra cambia de aspecto, crecen las flores, se renueva el follaje de los árboles. Y el trabajo del borrico es siempre el mismo: ayer, hoy, mañana… Hay para él un tiempo único: el de consumir su esfuerzo junto a la noria. Quizá la hora de la muerte le encuentre así, en medio de una vuelta que será idéntica a todas las demás. Pero el borrico sabe que lo importante no es la novedad o el brillo de su trabajo; lo importante es la canción del agua que riega las plantas, y el huerto que reverdece mientras el borrico, día tras día, año tras año, va dejando su vida en las vueltas de la noria.

San Damián de Veuster fue a Molokai, la isla maldita del archipiélago Hawii, para evangelizar a los leprosos. Al poco tiempo de estar en aquel infierno de la tierra escribe: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun reconociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Normalmente, empezar no es algo difícil, aunque a veces se requiera el hodie et nunc (hoy y ahora) sin dejarlo para más adelante. Ahora bien, llegar hasta el fin, ya es algo que cuesta. Y esto lo referimos también a la vida de piedad. Comenzar a vivir un plan de vida, con una serie de prácticas piadosas, lo han hecho multitud de personas, pero perseverar día a día, sin descuidar esas prácticas de piedad, quizás no sean muchos lo que lo hagan. Comenzar es de muchos, acabar es de pocos. De esos pocos tenéis que ser vosotros, dijo en más de una ocasión san Josemaría Escrivá. Y san Pablo escribió: Porque el que ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6).

Enemigo de la perseverancia: el desaliento, al ver que llegan momentos de lucha: echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). Y diremos con el Salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1).

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las contrariedades que se presenten en el camino. Tenemos que seguir caminando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos pararse. Si hay que llorar, se llora, pero caminando. No te detengas. Si el aluvión ha anegado tu alma, la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

Al ser elegido papa, Benedicto XVI comentó: Los caminos del Señor no son cómodos, pero no estamos hechos para la comodidad, y por tanto sólo pude decir “sí” a la elección. Pensaba que mis trabajos en esta vida habían finalizado y que me esperarían años de más tranquilidad. Y en nuestra vida cristiana, de seguimiento a Jesucristo, puede haber también borrascas. Por eso, cuando surgen las dificultades es el momento de ejercitar más la fe, la esperanza y la caridad. En esos de momentos de aridez, de sequedad, pidamos como la Samaritana: Señor, dame de esa agua (Jn 4, 15).

La perseverancia es afirmación alegre y deportiva. El que quiere llegar a una meta pone los medios adecuados. Constancia, sinceridad, pedir consejo, mejorar en el espíritu de penitencia, conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado.

Los autores espirituales hablan con frecuencia de la necesidad del esfuerzo para llevar el agua a la cisterna cuando se presenta la sequedad en la vida interior. Recurramos más entonces a los actos de amor, de desagravio, a las comuniones espirituales, a la invocación a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la Santísima Virgen y a San José, etc. Este esfuerzo y fidelidad no es sólo algo humano, sino actuación del Espíritu Santo en nuestra alma.

Éste es el consejo que daba san Josemaría Escrivá para perseverar: Perseveraréis si sois piadosos, si rezáis jaculatorias, si estáis pendientes del Señor. La vida interior, la piedad es necesaria para la perseverancia: seréis piadosos si tratáis al Corazón de Cristo y al Corazón de nuestra Madre con una oración continua.

En el Bendita sea tu pureza le pedimos a la Virgen: Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Con la ayuda de Santa María la perseverancia es posible.

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