Memoria histórica de la persecución religiosa en España durante el Siglo XX: Los mártires de Cordoba


La Iglesia reconoce como martirio el asesinato en la diócesis de Córdoba de 127 católicos entre julio y octubre de 1936, a manos de personas armadas del Frente Popular. Es el grupo del sacerdote diocesano Juan Elías Medina y 126 compañeros mártires.

Entre los nuevos mártires hay casi 80 sacerdotes, 5 seminaristas, 3 religiosos franciscanos, una religiosa Hija del Patrocinio de María y casi 40 laicos, incluyendo dos matrimonios (uno de Villaralto y otro de Puente Genil) y a la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz, que fue una de las primeras mujeres farmacéuticas de España (se licenció en 1905) y presidenta de la Acción Católica local.

Entre los asesinados en Córdoba presentados a consideración de la Causa de los Santos había ocho parejas de hermanos, dos hermanos seminaristas de Puente Genil; varios tíos con sus sobrinos; una madre y dos hijas, varias primas… Entre ellos se incluye también Baltasar Torrero Béjar, padre mártir de un sacerdote salesiano mártir beatificado ya en 2007, Antonio Torrero Luque.

Entre los laicos asesinados había varios agricultores, un pequeño comerciante de libros y objetos religiosos, un notario, varios sacristanes… La mayoría pertenecían a la Adoración Nocturna o a la Acción Católica.

El mártir de más edad de este grupo fue la anciana Hija del Patrocinio de María, María del Consuelo González Rodríguez, martirizada en Baena con ochenta y seis años.

El mártir más joven del grupo es Antonio Gaitán Perabad, asesinado en El Carpio, al que le faltaban 6 días para cumplir 16 años. Su hermana, Araceli Gaitán, religiosa de la Institución Teresiana, ha guardado su memoria. “Cuando mis padres le propusieron que podía irse a Córdoba a estudiar el Bachillerato, él les dijo: ‘Yo no dejo solo a papá en el comercio’. (Teníamos una tienda). Él sabía muy bien que su padre necesitaba su ayuda.

Fue un hijo fiel, bueno y trabajador, hasta el final de su vida”. Prefirió morir, aunque le ofrecían la vida, antes que abandonar a su padre”, recuerda ella. Escribe así los hechos (según recoge Iglesia en Córdoba, en octubre de 2010):

Cuando sacaban a todos los presos para llevarlos en un camión al paredón del Cementerio, un miliciano -¡forastero!- le dio lástima y le preguntó:

-Niño, ¿tienes madre?

-Sí, señor.

-¡Vete corriendo con ella!

-¿Y qué van a hacer con mi padre?

-¡No te preocupes! ¡Vete!

-Yo no dejo solo a mi padre… donde él vaya, voy yo.

Y ante la posibilidad de librarse de la muerte, eligió ir con su padre y, abrazado a él, murieron todos fusilados”.

Isidra Fernández era la presidenta de Acción Católica en Villaralto. Ella y su marido, Isidoro Fernández, fueron retenidos algunas semanas y después los llevaron al pozo de la mina de cobre de Cantos Blancos, en Alcaracejos.

Los ataron con los brazos en forma de cruz en las rejas de una de sus entradas. Allí les azotaron y pincharon con cañas y varas. Parece que también abusaron de la mujer en presencia del marido. Ella se mostró firme y daba ánimos a su esposo. “Isidoro, di conmigo: ¡Viva Cristo Rey! Que nos matan, di: ¡Viva Cristo Rey!”, le exhortaba ella. Les dispararon con escopeta desde cerca y a ella la remataron degollándola.

Ya muertos, los arrojaron por el pozo, pero el cadáver de ella permaneció sobre una viga que atravesaba el pozo, como se descubrió 3 años después cuando al acabar la guerra se sacaron los cuerpos. Los cuerpos de ambos fueron depositados en unos nichos del cementerio de la localidad de Villaralto.

La historia de la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz: Era hija de farmacéutico y se licenció en farmacia en 1905, una de las mujeres pioneras en esta carrera. Su padre era agnóstico, con fama de reservado y arisco y de haber tratado mal a su mujer; la madre era devota y abierta, y así lo sería también Blanca. Quedó viuda en 1919, con 44 años y sin hijos.

Blanca de Lucía Ortiz, la farmacéutica asesinada en Palma del Río en 1936 “por católica”

Como farmacéutica titular del pueblo, regalaba medicinas a los más pobres y las dejaba a fiar a otros muchos. También era generosa en donativos a las iglesias. Era presidenta de Acción Católica. No militaba en ningún partido, pero muchas personas católicas, de varios partidos de derechas, pasaban por su farmacia y se quedaban hablando, porque era un punto de socialización local.

Al terminar la jornada en la farmacia, rezaba el rosario con sus empleados y leían un capítulo de la vida de algún santo. Ya mayor, financiaba la educación de Pepitín, hijo del matrimonio que la atendía y ayudaba. También iba a misa diaria, por lo general al hospital de San Sebastián, a veces a la parroquia. El párroco, Juan Navas, otro de los mártires de este grupo, solía pasarse por la farmacia a comprar regalices que luego regalaba a los niños de la parroquia.


Cuando empezó la violencia, doña Blanca pensó que no irían a por ella. ¿Quién quiere atacar a una farmacéutica de 61 años? Pero la encerraron en la cárcel municipal y después la llevaron a pie hasta el puente de hierro sobre el Guadalquivir, la desnudaron, la torturaron, la vejaron y la arrojaron al río, probablemente ya muerta. No se encontró el cadáver. No hubo testigos de los hechos, pero los asesinos presumían de lo que habían hecho y muchos lo oyeron por el pueblo. Parece que el objetivo era aterrorizar al pueblo.

En el libro 38 de defunciones de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Palma del Río, se lee: “a 20 de agosto de 1936, doña Blanca de Lucía y Ortiz fue sacada de la prisión en la que la detenían por católica los rojos marxistas. Y después de martirizarla con ensañamiento le dieron muerte”. En otras partidas de defunción de víctimas de la izquierda radical esos días no se detalla ni el enseñamiento ni el motivo religioso, pero sí en el caso de la farmacéutica.

Su figura inspira la de doña Marta en la novela de Mariano Aguayo Furtivos del 36. El 16 de septiembre de 1936, el diario ABC, edición Andalucía, recoge el testimonio de un cajero de banco en Palma del Río que explicaba cómo mataron “al cura párroco, don Juan Navas, gran filántropo de los pobres, por el solo hecho, así se lo notificaron al asesinarlo, de ser cura; al Jefe de Correos, don Hermenegildo Pérez, por el simple motivo de serles antipático; a la

farmacéutica doña Blanca de Lucía, casi anciana, después de vejaciones inconfesables; una vez asesinada, desnuda, la arrojaron con una piedra al río”.

En el archivo de la parroquia se lee que el párroco, Juan Navas y Rodríguez Carretero, era “persona enamorada de la caridad, de tal manera, que con su dinero (el que ganaba, pues no poseía fortuna) sabía llegar a todos los necesitados siendo queridísimo de estos y al preguntar por qué se le mataba le respondieron textualmente que ellos no mataban a don Juan Navas sino al cura”.

Añade el texto: “don Rafael Rodríguez y Rodríguez, persona piadosa y gran amigo suyo, asegura y da su palabra de decir verdad, que en la tarde del 19 de julio, último día que lo vio, le dijo que él se entregaba en las manos de Dios pues a El le había ofrecido su vida por la salvación de España”. El párroco estuvo 20 días en la cárcel en la que sufrió humillaciones, hasta que fue asesinado el 16 de agosto de 1936.

Los milicianos mataron a unas 40 o 50 personas esos días, incluyendo a los 4 médicos del pueblo y el juez. No mataron más clérigos porque se habían ido previamente siguiendo órdenes de sus superiores. Se supo que la orden de matar a los médicos la dio otro médico que era socialista y masón.

Una respuesta a “Memoria histórica de la persecución religiosa en España durante el Siglo XX: Los mártires de Cordoba

  1. Hola Jesús,
    Que malo es el fanatismo, es inútil que para querer tener el poder o simplemente la razón, nos enfrentemos entre hermanos. Algún día aprenderemos a respetarnos, cuando abramos los ojos del alma y despertemos al verdadero sentido de la vida. Creo que hay demasiadas victimas por cuestión de creencias o pensamiento.
    Un abrazo.

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