Homilía del Domingo II de Adviento (Ciclo B)


No perdáis de vista una cosa: para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 P 3, 8-9).

Estas palabras son de la segunda carta del apóstol san Pedro. Para Dios no hay tiempo, ni pasado ni futuro. Lo tiene todo presente. Y cumple sus promesas. Por eso hay que confiar siempre en Él. No defrauda. En su momento dará a cada uno su recompensa. El Antiguo Testamento nos habla de la espera de la humanidad en la venida del Mesías. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, el momento señalado por Dios para la redención del género humano, tuvo lugar en Nazaret la encarnación de la Segunda de la Santísima Trinidad.

En el mismo Paraíso Dios anunció la salvación del hombre. En las palabras dirigidas a la serpiente Dios le dice: Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y éste te aplastarás la cabeza (Gn 3, 15). De un modo misterioso Dios anuncia al hombre la victoria sobre el mal y levantamiento de su caída. Este versículo ha sido llamado “Protoevangelio”, por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta. Había prometido a nuestros primeros padres un Redentor, y cumple la promesa.

En la Sagrada Escritura se ve claramente la paciencia de Dios, especialmente con el Pueblo elegido. ¿En cuántas ocasiones los israelitas rompieron la alianza que Dios había hecho con ellos? Y Dios es fiel a su palabra. No rompe la alianza. El mismo Dios, el único Dios, tiene mucha paciencia con nosotros, como dice el Príncipe de los Apóstoles. Y ¿por qué? Porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

Esta idea aparece frecuentemente en la Biblia. Esto dice el Señor Dios: Si el impío hiciere penitencia de todos sus pecados que cometió, y guardare todos mis mandamientos, e hiciere juicio y justicia, verdaderamente vivirá, y no morirá. De todas sus maldades que él obró, no me acordaré Yo; en su justicia que obró, vivirá. ¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos, y viva (Ez 18, 21-23).

En Dios no hay tiempo, pero el hombre vive sumergido en el tiempo. Un tiempo para merecer, un tiempo que pasa, un tiempo que se acaba. El día del Señor llegará como un ladrón (2 P 3, 10). Hay que vivir prevenidos. Y llenos de esperanza. Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, carísimos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables (2 P 3, 13-14).

En paz con Él significa estar en gracia de Dios, sin pecados graves. Y como no sabemos cuándo nos llamará Dios, lo que hay que hacer es vivir siempre en amistad con Él, con el alma limpia.

Cristo es el Buen Pastor que busca la oveja perdida; es el Hijo enviado por el Padre para anunciar el Reino de Dios, invitando a la conversión. Es el padre del hijo pródigo que espera pacientemente la vuelta a casa de su hijo. Jesús de Nazaret, el hombre de la cruz, es el Hijo de Dios que llama a la conversión, esto es, al cambio radical de la existencia por medio de un comportamiento nuevo que nace de querer compartir todo con Él.

Y la Iglesia, siendo discípula del único Maestro Jesucristo, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres reconciliarse con Dios. En realidad ésta es su misión profética en el mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la esperanza que viene de la cruz (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Poenitentia).

En el año litúrgico hay unos tiempos que se denominan tiempos fuertes. En concreto son dos: el Adviento y la Cuaresma. Especialmente en este último se habla mucho de conversión y penitencia. Pero también en el Adviento se hace una llamada a la conversión. El Adviento: tiempo de espera gozosa de la Navidad, cuando Jesús vendrá con una gracia nueva a nuestras almas; tiempo de purificación interior, para arrancar de nuestros corazones todo lo que -de un modo u otro- pueda dificultar esa llegada del Señor; tiempo, en fin, que nos incita a estar siempre dispuestos, bien dispuestos, para recibir -cuando Dios quiera, como Dios quiera- la llamada definitiva que el Señor nos hará un día (Javier Echevarría, Carta XII.1994).

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados.

La conversión no se realiza nunca de una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida. Ciertamente, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida. Siempre es tiempo de conversión.

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo se nos cuenta la trayectoria de “dos hijos”, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado mal de su libertad buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Confundió la felicidad con el placer desordenado. Y el mayor, sí permaneció en el hogar paterno, pero sin amor verdadero, mas como siervo distante que como un buen hijo.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión. ¿Qué enseñanza podemos sacar de este hecho, de que Cristo no hable del tercer hijo? Quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos cada día (Javier Echevarría, Artículo 26.VI.1997).

Una vez, durante el ejercicio del Vía Crucis, el que dirigía el rezo, al acabar la primera estación, rezó el padrenuestro y el avemaría, y en vez de rezar el gloria, dijo como está previsto: Señor, pequé. Y uno de los asistentes, que era la primera vez que hacía el Vía Crucis, exclamó: Y yo también.

Si hacemos un buen examen de conciencia veremos cuánta verdad es: y yo también. La Escritura dice que el justo peca siete veces al día. No peca gravemente, porque si no, no sería justo. Pero los pecados veniales también son ofensas a Dios.

Viendo en mí tantas negligencias en el servicio de Dios, lleno de confusión ante Él, sólo sé decir estas dos palabras: ¡Jesús mío, misericordia! (Ángel José Roncalli – san Juan XXIII-, Diario 23.VIII.1898)

Reconocer el propio pecado, es más, -yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad- reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien “tras haber cometido el mal a los ojos del Señor”, al ser reprendido por el profeta Natán exclama: “Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti pequé, cometí la maldad que aborreces”. El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Poentientia).

En los ritos iniciales de la Santa Misa está el acto penitencial, por el cual reconocemos nuestros pecados y que estamos necesitados de la misericordia de Dios. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Rezamos esta oración con el pleno convencimiento de que somos pecadores, y con la esperanza de alcanzar misericordia de Dios. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor. Esta segunda parte es una bonita forma de vivir la Comunión de los Santos.

Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, ya ha satisfecho por su culpa, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados (Is 40, 1-3). La conversión, el arrepentimiento, lleva al sacramento de la Penitencia, a confesar los pecados cometidos.

Os he dicho muchas veces que la mejor de las devociones son los actos de contrición, y que siempre estoy volviendo como el hijo pródigo. No tenemos por qué llevar detrás, arrastrando, una cola de miserias: hay que ponerlas en manos de Dios y decirle como san Pedro después de las negaciones, con humildad verdadera: “Domine, tu omnia nosti: tu scis quia amo te!” (Jn 21, 17); Señor, Tú sabes que te amo a pesar de mis flaquezas (San Josemaría Escrivá).

Pidamos a la Virgen María la gracia de la conversión diaria.

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