Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX


Un joven católico militante (Beato Bartolomé Blanco Márquez)

Un joven mártir

Bartolomé Blanco murió mártir. Y pocas horas antes de morir ofreció su testimonio de amor y de perdón en dos cartas. Tenía 21 años cuando fue fusilado por los enemigos de la Religión. Era un joven con deseos de trabajar y de vivir. Ante sí veía el futuro abierto. Además, estaba enamorado. Su novia, Maruja, era una de sus mayores alegrías.

A Bartolomé, como a tantos miles de cristianos en España y en el mundo entero, le llegó la hora de la prueba. En su Patria se había encendido un odio feroz contra Cristo y contra la Iglesia. Muchos hombres y mujeres eran asesinados simplemente por el “delito” de ser católicos.

Todos sabían que Bartolomé era un católico convencido. Había estudiado con los salesianos, y era secretario de los jóvenes de la acción católica de su pueblo natal, Pozoblanco (Córdoba).

El 18 de agosto de 1936 fue arrestado. Tuvo varias semanas para prepararse al martirio. El 24 de septiembre fue trasladado a la ciudad de Jaén donde fue sometido a un juicio “legal” y rapidísimo. La sentencia llegó el 29 de setiembre: condena a muerte. Le quedaban tres días antes de ser fusilado.

El 1 de octubre escribió una carta de despedida a su novia. En ella descubre la fe de un corazón que mira a la muerte de frente y que sabe que lo único importante es Dios.

Su infancia

Bartolomé nació en Pozoblanco, un pueblo de la provincia de Córdoba, el día de Navidad -25 de diciembre- del año 1914, hijo del matrimonio formado por Ismael Blanco Yun y Felisa Márquez Galán. Vivió sus tres primeros años de vida en una casa de la calle Andrés Peralbe. Cuando aún no había cumplido cuatro años, quedó huérfano de madre, pues Felisa murió el día 30 de octubre de 1918. Desde entonces, su padre y él se fueron a vivir a casa de sus tías Ana y Emigdia, hermanos de su padre, que se hacen cargo de él. Y Bartolomé pasa a ser un “hijo más” en la casa.

Desde la escuela de párvulos pasa a la escuela pública dirigida por don Fausto Tovar Angulo. Y allí se distinguió por su capacidad y por su sabiduría. Su maestro le dio el título de capitán, título que ostentó hasta que se puso a trabajar.

En el oficio de sillero

Una luctuosa desgracia ensombrece su vida. Cuando Bartolomé está pasando de la pubertad a la adolescencia, murió su padre en un accidente. Era el 6 de septiembre de 1926, en las proximidades de Hinojosa del Duque, un carro ocasionó la muerte de Ismael Blanco. Desde ese fatídico día era huérfano de padre y de madre.

Poco tiempo después, con sólo doce años, dejó la escuela pública y se puso a trabajar en el oficio de sillero, junto a sus primos Antonio y Nemesio. Y comenzó a frecuentar el Oratorio del colegio salesiano de Pozoblanco -del que fue catequista- adquiriendo alma salesiana. Dotado de una gran inteligencia y de un gran deseo de formarse, contó con la ayuda de don Antonio do Muiño, director del colegio salesiano. Éste le facilitó máquina de escribir y libros, invitándole a participar en los círculos de estudios, auténtica palestra de formación.

En la Acción Católica

En el año 1932 se fundó en Pozoblanco la Juventud Masculina de acción Católica, de la que Bartolomé fue secretario, cuando sólo tenía dieciocho años. En esta época se interesa por la Doctrina Social de la Iglesia e inicia su apostolado entre los obreros valiéndose de sus dotes como orador.

En enero de 1934 viaja a Madrid y es presentado al presidente de la Junta Central de Acción Católica, Ángel Herrera Oria, que también era fundador del Instituto Social Obrero. Don Ángel le facilitó a Bartolomé la participación en un curso de formación en el citado Instituto. Esto le permitió viajar junto con once compañeros por Francia, Bélgica y Holanda para conocer de cerca las organizaciones obreras católicas de esos países. A su vuelta, en poco menos de un año fundó ocho sindicatos católicos en diversas poblaciones de la provincia de Córdoba.

Su apostolado y su vida cristiana se basaba en la oración, la Eucaristía, la participación frecuente de los Sacramentos, la dirección espiritual, la devoción a la Virgen María, y sólida formación espiritual.

Prisión y martirio

Al iniciarse el 18 de julio de 1936 la guerra civil española, Bartolomé hacía el servicio militar en Cádiz y durante una semana de permiso es detenido en Pozoblanco el día 18 de agosto de 1936 por su condición de dirigente católico. A partir de su detención se preparó para el martirio con gran piedad. En la cárcel de Pozoblanco su comportamiento fue ejemplar, donde jamás pierde la serenidad ni el buen humor. El 24 de septiembre es trasladado a la cárcel de Jaén, en cuyo pabellón de “Villa Cisneros” tuvo la suerte de coincidir con quince sacerdotes y otros seglares fervorosos. El día 29 es juzgado por su condición de propagandista católico. Se defendió solo ante el tribunal. Tanto el juez como el secretario del tribunal no dudaron en mostrarle su admiración por las dotes que le adornaban. Debido a su elocuencia y la firmeza con la que defendió sus profundas creencias, trataron de ganarlo para su causa al comprobar sus cualidades como líder social, pero lo consiguieron. Fue condenado a muerte.

Durante el juicio sumarísimo, Bartolomé dejó constancia inequívoca de su fe cristiana y profesó con entereza inquebrantable sus convicciones religiosas. Bartolomé oyó al fiscal solicitar en su contra la pena de muerte y dijo sin inmutarse que nada tenía que alegar. No pidió que le cambiaran la pena capital y ante el tribunal comentó sin inmutarse que si seguía vivo seguiría siendo un católico militante. Siempre se había caracterizado por confesar su fe con optimismo, elegancia y valentía.

El día 1 de octubre, vísperas de su muerte, escribió una carta a sus familiares y otra a su novia Maruja. Ambas cartas constituyen una prueba fehaciente de su fe.

Antes de entrar “en capilla” -celda reservada a los condenados a muerte- repartió sus ropas entre los presos más necesitados, mientras confortaba a los que, como él, morirían al rayar el alba. “Era tanta su alegría que parecía dar la impresión de ir a uno banquete o a una boda”, declaró, años después, un preso que logró salvar la vida en la cárcel de Jaén.

Sus compañeros de prisión han conservado los emotivos detalles de su salida para la muerte. Era la mañana del día 2 de octubre, el de su su martirio. Estando en su celda y momentos antes de ser conducido al camión que le iba a llevar al lugar de la ejecución se descalzó para ir con los pies descalzos para parecerse más a Jesucristo. Él mismo explicó este gesto: Jesucristo fue descalzo al calvario, así quiero ir yo también. Además al ponerle las esposas, las besó con reverencia sorprendiendo al guardia que se las puso, y comentó: Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del Cielo. No aceptó ser fusilado de espaldas, según le proponían sus verdugos, ni que se le vendaran los ojos: Quien muere por Cristo, debe hacerlo de frente y con el pecho descubierto. ¡Viva Cristo Rey!”, fueron sus últimas palabras. Y después de la exclamación de “Viva Cristo Rey” cayó acribillado junto a una encina.

Carta de despedida a sus familiares

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Queridas tías y primos: Cuando faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia.

He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho.

Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos.

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero que vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal.

Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudiera servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que ls use en provecho de la Religión.

No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas.

Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.

Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación, Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo. Os abrazo a todos.

Bartolomé.

Carta en la que se despide de su novia

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Maruja de mi alma: tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte.

Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual bálsamo benéfico , van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro a la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo.

Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme , me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.

Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.

¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenos, si no acertamos a salvar el alma.

Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, para ti mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.

Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.

Bartolomé.

Glorificación.

Sus restos mortales reposan en la iglesia salesiana de Pozoblanco. El 28 de noviembre de 2007 fue beatificado por Benedicto XVI en la plaza de San Pedro de Roma, juntamente con otros 497 mártires de la persecución religiosa habida en España en los años de la década de los treinta. El beato Bartolomé Blanco Márquez es patrono de la pastoral juvenil de la diócesis de Córdoba.

Su fiesta se celebra el 6 de noviembre.

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