Homilía del Domingo III de Adviento (Ciclo B)


Me ha enviado para dar la buena noticia (Is 61, 1). Antes de la venida del Mesías, surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan (Jn 1, 6). Éste da testimonio de la luz. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia (Benedicto XVI). El Precursor no era la luz, pero refleja la luz verdadera, que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9). Podemos decir que Juan era la luz de la esperanza. Con su palabra orienta a todos los que le escuchan al Mesías, e invita a todos los hombres a abrazar la fe en Jesús, la Luz verdadera.

La vida del hombre es como un viaje por el mar de este mundo, lleno de dificultades. A veces, el camino que se debe recorrer está oscuro, con densas nieblas, y es necesario buscar la luz, encontrar a Cristo. Para llegar hasta Él, Dios ha querido que haya luces cercanas, personas que dan luz reflejando la Luz verdadera, el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79). Estas personas, verdaderas estrellas de nuestra vida, son los santos, que han sabido vivir en conformidad con la buena noticia del Evangelio.

Cada santo participa de la riqueza de Cristo tomada del Padre y comunicada en el tiempo oportuno. Es siempre la misma santidad de Jesús, es siempre Él, el “Santo”, a quien el Espíritu Santo plasma en las “almas santas”, tomando amigos de Jesús y testigos de su santidad. Precisamente este día abrimos nuestro corazón para que también en nuestra vida crezca la amistad con Jesús, de forma que podamos testimoniar su santidad, su bondad y su verdad (Benedicto XVI, Homilía 3.VI.2007).

Los santos supieron acoger la invitación de Jesucristo: “Seréis mis testigos” proclamándolo con su vida y con su muerte. Ellos son luz en nuestro camino para vivir con valentía la fe, para alentar el amor al prójimo y para proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano.

Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (Camino, n. 1). En nuestros días hay gente que nos dice a los cristianos: ¡Queremos ver a Jesús! (Jn 12, 21). Pero la gente quiere ver a Jesús no sólo en las imágenes de nuestras iglesias, en los escritos y en las lecciones de nuestras escuelas, en el arte y en la doctrina católica. Quiere verlo sobre todo dentro de nosotros, en nuestra vida de cristianos, en nuestros hogares, en nuestro lugar de trabajo. Y lo verán en nosotros cuando, acercándonos a Cristo, sepamos reflejar su luz. Convéncete: tu apostolado consiste en difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta… -Nadie da lo que no tiene (Surco, n. 927).

Fortalecidos por la fe en Dios, debemos esforzarnos con empeño por consolidar su reino en la tierra: el reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia. Tenemos que testimoniar con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a quienes tiene sed de libertad, de verdad y de paz. Haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común, testimoniemos que Dios es amor.

Seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. No temamos a los tiempos ni a las circunstancias. Temamos más bien a no ser testigos de Cristo cuando los tiempos y circunstancias lo requieran. En noviembre de 1870, santa Bernadette Soubirous decía que no tenía miedo de las tropas prusianas, sino de los malos católicos, es decir, de los que no son testigos de Cristo.

Un hombre sacó del río una piedra y la rompió. Su interior estaba completamente seco. Esa piedra estaba en el agua, pero el agua no había penetrado en ella. Lo mismo ocurre con muchos hombres y mujeres de Europa. Hace muchos siglos que fluye entorno suyo el cristianismo, pero éste no ha penetrado, no vive dentro de ellos. El fallo no está en el cristianismo, sino en los corazones de esos cristianos.

Cristo nos llama no solamente a caminar con Él en esta peregrinación de vida. Él nos envía en su lugar, para servirle de mensajeros de la verdad, para ser su testimonio en el mundo, concretamente, delante de nuestros semejantes, porque muchos de ellos hoy, en el mundo entero, están en busca del camino, de la verdad y de la vida, pero no saben a dónde ir. “Llegó la hora de emprender una nueva evangelización”, y nosotros no podemos faltar a esa llamada urgente.

Cada cristiano debe ser faro de luz, que ilumine la senda que todo hombre debe recorrer, pues ser cristiano significa dar testimonio de Cristo. Esto es lo que Dios quiere y lo que necesita el mundo de hoy. Es misión nuestra llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. Para iluminar, no basta ser honrados, sino que hay que estar encendidos en el amor a Cristo, un amor que es fuego, que penetra en el corazón de los hombres.

Ser cristiano significa dar testimonio de la verdad cristiana; y hoy, particularmente, es poner en práctica el sentido auténtico que Cristo y la Iglesia dan a la vida. Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

El mundo está sediento de caridad, de conocer el verdadero Amor. Ante tanta violencia -que entraña ofensa a Dios y desprecio de la dignidad de la persona humana, hecha a imagen del Creador-, los cristianos, discípulos del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, hemos de sentir la responsabilidad de sembrar a manos llenas la paz y la alegría cristianas en todos los senderos de la tierra.

Un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de la natalidad, los medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Seguir fielmente a Cristo quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico, que implica también la castidad, la defensa de la vida, así como la indisolubilidad del vínculo matrimonial, que no es un mero contrato que se pueda romper arbitrariamente.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia (San Juan Pablo II, Alocución 21.IV.1993).

En Cristo descubrimos la grandeza de nuestra propia humanidad; Él nos hace entender nuestra propia dignidad como seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 6). Jesús tiene respuestas a nuestras preguntas y la clave de la historia; tiene el poder de elevar los corazones. Él sigue llamándonos, Él sigue invitándonos, Él, que es el Camino y la Verdad y la Vida (Jn 14, 16). Sí, Cristo nos llama, pero Él nos llama de verdad. Su llamada es exigente, porque nos invita a dejarnos “capturar” completamente por Él, de modo que vivamos toda nuestra vida bajo una nueva luz.

San Pablo en su primera carta a los cristianos de Tesalónica les escribe: No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías (1 Ts 5, 19-20). ¿No hemos sentido frecuentemente la tentación de creer que ha llegado el momento de convertir el cristianismo en algo fácil, de hacerlo confortable, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista con las formas cómodas, elegantes y comunes de los demás y con el modo de vida mundano? ¡Pero no es así!… El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber… Si tratásemos de quitar esto a nuestra vida, nos haríamos ilusiones y ablandaríamos el cristianismo; habríamos transformado el cristianismo en una interpretación muelle y cómoda de la vida.

No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a “los cruces de los caminos” e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado para su pueblo. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia. No fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial (San Juan Pablo II, Homilía 15.VIII.1993).

Es posible que las dificultades nos hagan flaquear a veces; puede ser que un determinado obstáculo se interponga en nuestro camino, en nuestra tarea, pero sabemos que su ayuda no nos puede faltar; si ponemos nuestra confianza en Dios, Él nos llenará de fuerza y nos dará un vigor nuevo.

Estad siempre alegres (1 Ts 5, 16). ¿Y cómo conseguiremos esto que nos pide el apóstol san Pablo? San Lucas hace referencia en su evangelio que Jesús envió a los setenta y dos discípulos de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de ir. Y al cabo de un tiempo volvieron los setenta y dos discípulos llenos de alegría, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Los discípulos vuelven llenos de entusiasmo por los frutos de su misión apostólica. Han comprobado la eficacia de Dios en sus propias vidas. Es la alegría que todo hombre experimenta al sentirse instrumento de Dios.

Pidamos a la Virgen María que sepamos dar testimonio de la Luz verdadera.

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