Patrono de los jóvenes católicos de África (San Carlos Lwanga)


Los mártires de Uganda

 

 

Llegada de los Padres Blancos a Uganda

Una vez evangelizado el Nuevo Mundo -América-, la actividad misionera de la Iglesia Católica abre sus horizontes en el Continente Negro. Y durante el siglo XIX son muchas las expediciones de misioneros que van saliendo de Europa a diversas regiones de África. En el mes de febrero de 1879 llegaron a Uganda cinco misioneros franceses de la Congregación de los Padres Blancos. Semanas antes habían salido del puerto de Marsella. El año anterior la Santa Sede había decidido que los Padres Blancos se encargaran de llevar la luz del Evangelio a la región de la parte del Vicariato del Nilo superior.

La Congregación de los Padres Blancos -“misioneros de África”, como se llamaron al principio- había sido fundada por el cardenal Lavigerie, movido por el deseo de promover el apostolado misional de África. Cuando el papa León XIII instó a Lavigerie que enviase misioneros a aquella zona africana del Alto Nilo, el fundador organizó en 1878 una expedición de diez misioneros, cinco destinados a Tanganica y otros cinco a Nyanza. En el camino moría el superior de la expedición; los demás llegaban a Tabora el 12 de septiembre. Aquí se dividió la caravana: unos se quedaron en Tabora y los demás prosiguieron hacia Nyanza, cuyo lago alcanzaron el 3 de diciembre. El 2 de febrero siguiente, el padre Lourdel marchó con el hermano Amans a la capital de Uganda y se presentó al rey Mutesa I para explicarle el propósito de su viaje, la actividad misionera que quieren realizar. Días después, el 17 de febrero  de 1879, se incorporaron los otros tres misioneros del grupo de Nyanza.

Los Padres Blancos con mucha fe comenzaron su tarea en Uganda. Al principio, el mismo Mutesa I no sólo veía con agrado la labor de los misioneros sino que los favoreció entregándoles tierras donde asentarse y canoas para sus desplazamientos fluviales. Enseguida establecieron una misión, la de Santa María de Rubasa, al frente de la cual fue colocado como superior el padre Lourdel, que era un hombre joven, piadoso y con gran celo apostólico.

Los misioneros inmediatamente se preocuparon  por aprender el idioma de los nativos para poder traducir el Catecismo a la lengua de los ugandeses y enseñar el Evangelio. Los frutos no tardaron en llegar. Por centenares acudían los negros a la Misión, y hubo un momento en que no era nada utópico pensar que el sueño de una rápida cristianización de aquel reino africano podía convertirse en una realidad en breve espacio de tiempo.

En 1882 ya habían abrazado la fe católica y recibido las aguas bautismales los cinco primeros cristianos de Uganda. Éstos son: El Mayordomo del Campamento Real, Mukasa Bulikuddembe, que gozaba de la amistad del Rey y tomó el nombre cristiano de José al ser bautizado el 3 de abril de 1881; el Maestro de los Tambores Reales, Kaggwa, que al recibir el bautismo cambió su nombre por el de Andrés; el Jefe -Mulumba- y el Sub-Jefe -Banabakintu- de varias aldeas, que tomaron los nombres cristianos de Matías y Lucas, respectivamente. Este último también está relacionado con Mutesa I pues pertenece al clan que construye las canoas reales. Y el quinto es Noé Mawaggali, de profesión alfarero.

Cambio de actitud del Rey

Mutesa I mostró algún interés por el cristianismo, aunque también se interesó por la religión musulmana que los árabes habían llevado a su reino, pero sin embargo continuó con sus prácticas paganas y al final de su vida, enfermo e irritable, cambió de actitud respecto a los misioneros, mostrándose claramente hostil, quizá por ver en la nueva religión que éstos predicaban un obstáculo para el floreciente comercio de esclavos que él mantenía.

Ante esta situación -y bajo la presión real- los Padres Blancos juzgaron prudente abandonar Uganda. En el momento de la partida el padre Lourdel aconseja a los cinco cristianos: Rezad todos los días. Leed el Catecismo. Cada domingo, si es posible, reuníos y orad juntos. Enseñad religión a los que han estado frecuentando la Misión, y el que se haga cristiano debe leer las palabras de Cristo a diario. Debe parecerse a Cristo y como Él debe sacrificarse y dar su vida para salvar a sus hermanos.

Aquellos primeros cristianos ugandeses, cuando los misioneros dejaron su país, hicieron lo que el padre Lourdel les había dicho: fueron constantes en la oración cotidiana, de tal manera que los paganos al referirse a ellos los denominaban como los que rezan. Además, se esforzaron por vivir cada vez mejor la fe recibida, asemejándose a Cristo. Especialmente son ejemplares en vivir la caridad: perdonan las ofensas sin dejarse llevar por deseos de venganza; ayudan  a los demás; cuidan a los enfermos, también cuando se ha declarado una epidemia de peste en el país. A diferencia de los paganos y musulmanes, no son polígamos.

También son verdaderos apóstoles. Enseñan el Catecismo -la doctrina cristiana- a sus familiares, vecinos y amigos y a los que se muestran interesados en ser instruidos en la religión católica. Y bautizan a los que desean ser cristianos y comprometerse a vivir según las exigencias del Evangelio. Así se van formando comunidades cristianas, con un continuo crecimiento porque cada nuevo cristiano era un apóstol entre los suyos.

Los miembros de estas comunidades se reunían los domingos para rezar juntos y todos, cada día, leían el Evangelio y hacían oración y penitencia. Eran alegres, pacíficos, trabajadores, leales, honestos, sinceros… No podían recibir los Sacramentos, ni asistir a la Santa Misa, por eso pedían a Dios que volvieran pronto los misioneros.

Los pajes de la corte

La muerte de Mutesa I hizo posible el regreso de los misioneros. Su hijo  Mwanga, de 18 años de edad, es su sucesor. El nuevo rey es amigo de los cristianos y pide a los Padres Blancos que vuelvan a su reino. Renace la esperanza. Y en julio de 1885 están de nuevo el padre Lourdel y demás misioneros en Uganda. A éstos les son presentados por los cinco primeros los nuevos cristianos, que son centenares: Padre, aquí están las gentes de mi aldea, los he instruido y bautizado. Pregúnteles, saben rezar -dice Kaggawa-. Éramos muchos más antes de la epidemia; la peste se llevó muchos bautizados al Cielo, pero aquí están los cristianos de mi ciudad de Kigowa. Mukasa a su vez dice: Padre Lourdel, aquí están los pajes del Rey, conocen la fe, conocen la doctrina.

Durante los tres años de ausencia de los misioneros, Mukasa había conseguido reunir a su alrededor a 200 jóvenes (muchos de ellos eran cristianos y los demás,  catecúmenos), pajes del Campamento Real, a los que iba educando como soldados, como cortesanos y, a la vez, como cristianos. Y allí estaban, con Mukasa, en la Misión, para conocer a los europeos que había llevado la fe a su tierra.

Los misioneros han encontrado a su regreso abundantes frutos de la siembra realizada anteriormente. Su trabajo se ha multiplicado: celebran Misa en diversos pueblos y aldeas, distribuyen la Sagrada Comunión, dedican muchas horas en oír Confesiones, administran la Unción de enfermos… No hay tiempo para el reposo. Todo es una bendición de Dios.

En el Campamento Real  viven unas 3.000 personas, todas ellas al servicio del Rey: ministros, mensajeros, mujeres del Rey, guardianes, herreros, pastores de los rebaños reales, porteros, siervos y pajes de la Corte… Éstos últimos eran elegidos entre las familias nobles del país, y entraban en la Corte a los 12 años; cuando cumplían los 20 pasaban a pertenecer a la guardia real.

Uno de los jefes de los pajes reales es Carlos Lwanga, famoso luchador, que servía al Rey en la Sala de Audiencias. Catecúmeno, es buen cumplidor de sus deberes. Instruye a los pajes para que sirvan al Rey ejemplarmente, pero les enseña que Cristo está primero; casi toda su sección de chicos jóvenes se prepara para el bautismo. Entre otros, están: Kibuka y Kiwanuca, amigos inseparables; Ssebuggwawo, que, al estar durante el día al servicio privado del rey, es instruido en la doctrina católica en las primeras horas de la noche; Kizito y Kamyuka, ambos de 13 años, el primero es de carácter audaz y alegre, y el segundo, un gran corredor; Mbanga-Tuzinde, que es hijo del verdugo mayor.

Temores y pasiones del rey Mwanga

Al principio de su reinado el joven rey tiene un cierto interés por conocer la religión cristiana. Uno de sus pajes, Buzabaliawo, que ha sido su amigo y compañero de juegos en la infancia, es cristiano y le enseña el Padrenuestro y el Avemaría. Con motivo de una conjura contra su persona, que fue descubierta gracias a Kaggwa, Mwanga decidió rodearse de cristianos, pues estaba seguro de su fidelidad, y así gran parte de su corte estuvo compuesta por jóvenes bautizados, con algunos de los cuales llegó a tener una auténtica amistad. Pronto, sin embargo, aquel panorama iba a verse totalmente turbado.

Por un lado, su Primer Ministro, que había tenido cierta participación en el complot descubierto y perdonado luego por Mwanga, no podía perdonar a los cristianos la lealtad hacia el Rey que llevó al fracaso la conspiración, empezó a tramar contra los que rezan. Acabó de exasperarle el rumor de que el Rey pensaba destituirle y nombrar para su cargo a un cristiano, José Mñasa.

Por otra parte, los Notables de Uganda -Jefes de los Consejos de Ancianos de las Aldeas- no veían con buenos ojos la religión que había venido de Europa, pues la nueva doctrina prohibía el culto a los espíritus de los antepasados, lo que traería la venganza de los mismos. Además, el cristianismo era exigente y costoso: sólo permitía tener una sola mujer; combatía la corrupción en los cargos públicos. Igualmente desaprobaba el libertinaje, el exceso de la bebida, la venganza, el robo… De forma distinta y con más agrado veían el islamismo, que les parece más fácil de seguir, pues permite cosas que el cristianismo no aprueba.

Sometido a una fuerte presión, Mwanga empieza a desconfiar de los cristianos, que cada vez son más numerosos en Uganda, pero siempre fieles súbditos de su rey. Piensa: Todos aman a los misioneros, porque son cristianos y llenos de fervor. Un día me depondrán y harán rey a mi hermano o a mi hermana, la princesa Clara Nalumansi, que ya es cristiana. Además de estos temores, los hechiceros constantemente están soliviantando el ánimo real contra los bautizados. Los cristianos están llenando Uganda -dicen-; si no acabas con ellos, no habrá aquí sitio para nosotros; tendremos que huir.

Quizás estas intrigas no habrían sido suficientes para el cambio que experimentó Mwanga respecto a los cristianos si no hubiese intervenido otra causa: la lujuria. Por influjo de las costumbres traídas del exterior por los árabes se introdujeron en el país prácticas homosexuales, que el joven rey -hasta entonces había llevado una vida pura- comenzó a practicar sin recato. Y se encontró con que los jóvenes que formaban parte de su Corte y eran cristianos oponían una negativa rotunda a sus infames solicitaciones. Por esto -testificó en el proceso de beatificación de los mártires de Uganda un cristiano que vivió en la Corte del Rey-, Mwanga se llenó de cólera: nosotros, los cristianos, ya que no queríamos consentir a sus deseos infames. Además de caer en la lujuria en su forma más abyecta y opuesta a la naturaleza, se aficionó a fumar opio. Como consecuencia de sus costumbres disolutas, sus cambios de humor pasan a ser violentos e imprevisibles, y bajo las intrigas del Primer Ministro comenzó a perseguir de forma inexorable y despiadada a los cristianos.

El inicio de la persecución

La conducta de los pajes cristianos hizo honor a la religión, pero fue utilizada como pretexto para la persecución. En ésta no faltaba nada del esquema clásico de las persecuciones. Como motor, las pasiones. La codicia excitada por el temor a perder el comercio de los esclavos. La ambición de los políticos, temerosos de verse al margen del poder. La lujuria, en su forma más baja y repugnante. Nada iba a faltar tampoco para ese mismo esquema clásico en el desarrollo.

El Rey, irritado por aquella resistencia que encontraba, decretó la persecución contra todos los que hicieran oración, que ésta fue la preciosa definición de los cristianos dada en el decreto persecutorio. E inmediatamente se desataron las furias contra aquella cristiandad naciente.

El protomártir ugandés fue José Mukasa Bulikuddembe. Aunque Mwanga siempre le había tenido en gran consideración, la actitud real respecto a él cambió totalmente por el celo que mostraba Mukasa en disuadir a los jóvenes de consentir a las invitaciones pecaminosas del Rey, lo que trajo consigo que fuera objeto de particular odio por parte del monarca y, finalmente, fuera decapitado y quemado el 15 de noviembre de 1885. El día anterior, Carlos Lwanga había recibido el bautismo. Antes de morir, Mukasa está tranquilo: Voy a morir por mi religión, dice con serenidad. Y ya en el lugar donde va a ser martirizado, se dirige al verdugo: Dile al Rey que perdono el que, sin culpa, me haya condenado. Pero dile que se arrepienta; si no lo hace, yo le acusaré ante el tribunal de Dios.

La muerte del primero de los bautizados y el maestro en la fe de muchos de los que rezan tenía por objeto atemorizar a los jóvenes pajes de la Corte real con el fin de alejarles de la fe cristiana y de sus exigencias morales, pero no produjo ese resultado. Cuando el Rey mande matarnos -se decían unos a otros, según contó un testigo-, también nosotros sabremos morir siguiendo el ejemplo de nuestro Jefe José.

Los pajes que frecuentaban la Misión sabían que sus vidas corrían peligro. El mismo Mwanga les había amenazado: Si no dejáis la religión cristiana, os mandaré matar. Voy a condenar a muerte a todos “los que rezan”. Pero nada les hace vacilar. Incluso los más jóvenes, de 13 a 15 años, continúan firmes alrededor de su jefe Carlos Lwanga. Los que aún son catecúmenos piden ser bautizados y están igualmente dispuestos a morir por Cristo.

Los misioneros también se preparan para el martirio y, a su vez, preparan a los bautizados y catecúmenos: No tengamos miedo a los que matan el cuerpo solamente… Amemos a nuestros enemigos, recemos por ellos. Devolvamos bien por mal. Así seremos hijos de nuestro Padre Dios. Carlos Lwanga medita: Han pasado ya la Navidad y la Resurrección; nos llamará Dios en la fiesta de la Ascensión.

Pasados apenas seis meses del martirio de Mukasa, el 25 de mayo de 1886, Dionisio Ssebuggwawo, que es un muchacho de 16 años, dulce, delgado y tímido, es horriblemente mutilado con largos machetes antes de ser decapitado, por haber enseñado los primeros elementos de la fe cristiana a dos de sus amigos, uno de ellos es Muwafu, hijo del Primer Ministro.

Los pajes son convocados por el Rey

 

Ante la cruenta persecución desatada contra los que rezan los pajes paganos dicen a sus camaradas cristianos: ¡Escondeos!, puede que las cosas cambien y entonces podréis volver. La sugerencia no fue  aceptada por los cristianos. No -dijeron-, estamos al servicio del Rey, y si huimos nos acusará de traición y nos mandará matar. No, nos quedamos y moriremos por Dios.

En la noche del 25 de mayo son convocados para el día siguiente todos los pajes en la Sala de Audiencias. Los pajes cristianos pasan aquella noche preparándose para comparecer ante el Rey: rezan y piden a Dios valentía y fuerza para la batalla que se avecina.

Carlos Lwanga, el que había gozado del favor real y al que Mwanga había contado con él para sus encargos más delicados, piensa que ésta es su última noche de hombre libre; él está en plena juventud y siempre ha obedecido al Rey hasta el día en que éste se atrevió a pedirle lo que él no podía en manera alguna darle. La conciencia la tiene tranquila. Emplea aquellas últimas horas de libertad preparando a sus compañeros para el martirio, rezando con ellos por un largo tiempo. El Rey -les dice- nos ha ordenado con frecuencia abandonar nuestra religión. Mañana lo hará otra vez. Entonces seguidme todos y confesad vuestra fe sin miedo alguno. Y ocurra lo que ocurra, no dejéis de rezar. Al ver que Kizito ha quedado impresionado por la muerte de Ssbuggwawo y tiembla sin poderse controlar, se acerca a él y le anima: No te preocupes del futuro, cuando llegue el momento difícil te cogeré de la mano y si tenemos que morir por Jesús, moriremos los dos juntos, con las manos enlazadas. A continuación decide bautizar a los que aún son catecúmenos. Éstos son: Mugagga, Mbaga, Gyavira, Weraba y Kizito. La alegría en todos los pajes es grande.

En la Sala de Audiencias

Al día siguiente, cuando el Rey llega a la Sala de Audiencias del Palacio manda llamar a los pajes. Los primeros en acudir son Carlos Lwanga y su sección. Gracias al testimonio de Dionisio Kamyuka, uno de los tres pajes cristianos a los que Mwanga  indultó, se sabe lo que ocurrió en aquella Sala.

Nosotros fuimos conducidos ante el Rey con nuestro Jefe, Carlos Lwanga. Saludamos al Rey y nos sentamos en la tierra. Mientras tanto Mwanga se mofaba de nosotros y nos insultaba. Después dijo: “Todos aquellos que abrazado la religión son condenados a la hoguera”. Ninguno de nosotros se entristeció. Eran alrededor de la 11 de la mañana.

 

El rey Mwanga añadió: Todos “los que rezan”  que se pongan a mi derecha. Inmediatamente se levantó Carlos Lwanga, que cogiendo de la mano a Kizito, se colocó en el lugar que el Rey había indicado que debían situarse los que rezan. Todos los demás, con caras radiantes de alegría, le siguieron. También Bruno Sserunkuma, perteneciente a la guardia personal del Rey, se unió a los pajes voluntariamente, sin ser implicado, para tomar parte en el martirio. Todos los presentes -cortesanos, verdugos, asistentes, guardias…- quedaron asombrados de que veían.

Pero la sorpresa fue mayor cuando Mugagga, que durante el día estaba al servicio privado del Rey, se puso con los cristianos, porque nadie sabía que iba a la Misión de noche para ser instruido en la religión católica. El Primer Ministro le llamó: ¡Ven aquí! No pretendas ser uno de ellos. El joven paje le respondió: Sí que lo soy, y no quiero quedarme atrás cuando ellos van a morir por Cristo. Otro caso aparte fue el de Mbanga-Tuzinde, hijo de Mkadjanga, el principal y más cruel de los verdugos. Era catecúmeno al empezar la persecución y cuando ésta arreció fue bautizado por Carlos Lwanga. Su padre intentó que renegara de la religión y esconderle en un lugar seguro, pero el hijo se negó rotundamente Un ayudante de su padre le dijo: Corre, obedece a tu padre, escóndete en mi casa. Pero el joven paje, con firmeza, contestó: El Padre a quien debo obedecer primero está en los cielos; déjame con los demás.

Condenados a morir

Una vez que los cristianos se han puesto a la derecha del Rey, éste ordenó a los verdugos: Atadlos, y llevadlos a Namugongo. Los verdugos enseguida obedecieron, y los pajes fueron atados. Fuera del Campamento Real el padre Lourdel estuvo haciendo gestiones para ser recibido por Mwanga. Fue inútil, pero allí, junto a las puertas del Campamento, permaneció todo el día. En la mañana del 27 los condenados a la hoguera son conducidos a la colina Namugongo, situada a unos 17 kilómetros, donde los condenados serán quemados vivos. Lourdel los ve pasar uno a uno, atados y serenos. Observa a Kizito que va riendo y contento. Este adolescente, de figura angelical y encantadora, que había sufrido con mayor presión las proposiciones libidinosas del Rey rechazándolas siempre valientemente con energía, fue -en los momentos más difíciles- quien dio la nota de máxima valentía, el que levantó el ánimo de los que desfallecían. El misionero, emocionado, bendice por última vez a aquellos jóvenes encabezados por Carlos Lwanga que van al martirio.

La subida a la colina se hace penosa. Los jóvenes cristianos van atados de dos en dos para que no puedan huir. Mientras subían a Namugongo rezaban y se animaban unos a otros Muramos con valentía por Dios, se decían. Anastasio Bazzekuketta protesta: No voy a andar hasta Namugongo, el Rey os mandado matarnos. Matadme aquí. Y allí mismo los verdugos los acribillaron de flechas y descuartizaron. También en ese mismo día hubo otras víctimas. Una de ellas es el soldado Ponciano Ngondwe, que es martirizado porque al ser preguntado por la razón de su condena respondió: Por practicar la religión de Dios. Otra es el joven Gonzaga Gonza. Éste, cuando aún quedan 10 kilómetros de caminata, está sin fuerzas para seguir, con los pies muy llagados y los tobillos destrozados por las cadenas. Cae desplomado en el suelo en mitad del camino. Allí recibió la corona del martirio.

Al llegar a la cima del monte son encerrados en jaulas que hacen las veces de calabozo, a excepción de Nbaga-Tuzinde. Mkadjanga lleva a su hijo a casa de unos familiares donde el joven es atendido con solicitud y mimo y curado de sus heridas. Ése no volverá, le perdonará ya que es hijo del que manda a los verdugos, comentan algunos guardias. En Namugongo estarán una semana, el tiempo necesario para los preparativos de la ejecución masiva. Durante aquellos siete días de espera los cristianos continúan con sus oraciones y dándose ánimos para afrontar la dura prueba: Seamos valientes, muramos por Cristo. Jesús murió primero por todos nosotros. Después de un corto tiempo de sufrimiento tendremos el Cielo para siempre.

Mientras tanto, el padre Lourdel ha conseguido ser recibido por el Rey. El misionero intercede por los prisioneros. Por lo menos -dice-, mándame donde los has enviado. Mwanga no se lo concede, pero promete perdonar a algunos.

El martirio

El  2 de junio ya está cortada y apilada la leña, tejidas las alfombrillas de juncos en la que cada condenado a la hoguera será envuelto y atado. Todo está listo para el cumplimiento de la sentencia del Rey. Por la noche del aquel día los pajes están durmiendo hasta que el sonido de los tambores anunciadores del holocausto los despierta. Alguno se vuelve hacia el compañero más próximo preguntándole en voz baja: ¿Estás tú despierto, también? Mañana es nuestra última batalla. Todos son conscientes de que ha llegado el gran día de su victoria definitiva. Seamos valientes mañana -comentan entre ellos-, estemos firmes y muramos por Jesucristo.

Amaneció el 3 de junio de 1886. En ese día la Iglesia Católica celebra la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo. También en ese día un grupo de jóvenes cristianos, mártires de Cristo, van a entrar en la Gloria que Dios tiene reservada para los que le son fieles en la tierra.

Los prisioneros son sacados de los calabozos. Con las manos atadas a la espalda y en pequeños grupos son conducidos hacia el lugar donde se encuentra el verdugo mayor. Delante marcha Carlos Lwanga, que estos días, como prometió, ha estado pegado a Kizito; éste, también ahora, le sigue, y camino del patíbulo invita a todos a ir juntos de tal manera que pudieran ayudarse unos a otros si alguno decayera en su ánimo. Nadie titubeó.

Carlos Lwanga es una torre de fortaleza, de valentía y personalidad; el primero entre los luchadores del Palacio, héroe entre sus pajes, y sin miedo ahora ante su propia muerte. Su ejemplo es seguido por todos.

Cada grupo que llega al sitio señalado por los verdugos, es recibido con gritos de alegría y felicitaciones por los que habían llegado antes. El entusiasmo llega al máximo cuando ven una figura que se aproxima sola y sin las manos atadas a la espalda. ¡Es Nbanga-Tuzinde!, dice uno; ¡Bien hecho, valiente!, exclama otro. Los verdugos no salen de su asombro y comentan: Estos jóvenes, ¿no saben aún lo que les espera? El verdugo mayor, ¿no ha sido capaz de convencer a su propio hijo?

Cuando todos están reunidos, el asistente del jefe de los verdugos, usando de un privilegio -el de ajusticiar personalmente a uno de los condenados- elige a Carlos Lwanga, que ahora sí debe separarse de Kizito. Amigos -les dice-, volveremos a encontrarnos pronto en el Cielo. Voy delante de vosotros. Seguid siendo valientes. Perseverad hasta el fin.

Liado en una alfombrilla de hierba tejida, es colocado en una pira hecha para él solo. Va a ser martirizado delante de sus compañeros. Un verdugo prende fuego a la leña. Las llamas llegan empiezan a abrasarle. Carlos Lwanga soporta con entereza el suplicio. Veamos si tu Dios te libra de este fuego, dicen los verdugos. Me estáis quemando -es la contestación de Carlos Lwanga-, pero no me hacéis sufrir.

 

Y murió invocando el nombre de Dios hasta el final. En la fiesta de la Ascensión, como había dicho al comienzo de la persecución, recibió la corona del martirio.

Muerto su jefe, los pajes cristianos van a afrontar la muerte sin su líder, pero el ejemplo dado por Carlos Lwanga es fortaleza para todos. Los verdugos empiezan a atarlos con lianas una vez que has sido envueltos en las alfombrillas. La siguiente tarea de los verdugos es llevarlos a la madera apilada. Pero no todos son llevados a la pira. Simeón Sebuta, Dionisio Kamyuka y Weraba son indultados por el Rey, cumpliendo así con la promesa que le hizo al padre Lourdel de perdonar a algunos. Cuando los otros se dan cuenta, se despiden de ellos y les encargan: Decid al padre Lourdel que hemos sido fieles.

Un momento especialmente doloroso para todos, verdugos y cristianos, fue cuando el pequeño Kizito, con tan solo 14 años de edad, se despide al ser llevado a la pira: Amigos, adiós. ¡Vamos camino del Cielo! Momentos después Mkadjanga se acerca a su propio hijo: ¡Hijo mío, deja esa religión!, el Rey te perdonará. Yo te esconderé hasta entonces. Pero la respuesta de Nbaga-Tuzinde es clara: ¡Quiero morir por Dios! ¡No quiero abjurar de mi religión! El padre no puede resistir el ver arder a su hijo en la hoguera y pide a uno de sus asistentes que lo mate de un golpe en la nuca, antes de arrojarlo al fuego.

Los verdugos prenden fuego a la gran pira. Los mártires recitan oraciones hasta el final. El crepitar de las llamas altas como casas -dice un testigo- va unido al murmullo de esas plegarias. De la inmensa hoguera sale una voz fuerte y clara, la de Bruno Sserunkuma: Pediremos por vosotros, los que nos martirizáis. Minutos después el holocausto se había consumado.

Epílogo

Dionisio Kamyuka, en su testimonio para el proceso de beatificación, afirmó oír comentar a los verdugos cuando volvían de Namugongo: Hemos ajusticiado a muchos hombres en nuestra vida, ¡ninguno fue como éstos! Todos los anteriores lloraban y maldecían su suerte, pero éstos ¡rezaron hasta el final!

Cuántos fueron los que perecieron en la persecución, no se sabe, ni será fácil que se sepa nunca, habiendo ocurrido aquellos martirios en sitios donde la escritura era desconocida prácticamente y donde, por tanto, no podían perpetuase los hechos acaecidos. Pero ciertamente fueron muchos los mártires, aunque no se haya podido establecer para la mayoría de ellos un regular proceso de beatificación sobre los mismos. Dios quiso, sin embargo, que se conocieran siquiera el martirio de algunos africanos  que, por ocupar puestos más relevantes, dieron su vida en condiciones que permitieron luego averiguar lo sucedido.

La furia persecutoria del Rey impuso un nuevo retiro voluntario de los Padres Blancos en 1888. Dos años después -1890-  regresaron lo misioneros.

Ya en el siglo XX, Benedicto XV, en el año 1920, beatificó a 22 de los mártires católicos de Uganda. Estos 22 son todos aquellos a quienes se les pudo abrir un proceso de beatificación por estar bien documentado y testificado su martirio. Algunos años más tarde, en 1934, Pío XI designó a Carlos Lwanga patrono de la juventud católica africana. El 18 de octubre de 1964 Pablo VI canonizó a los mártires ugandeses, a aquellos hombres, muchos de ellos adolescentes, y todos nuevos cristianos, que dieron su vida con alegría, sin dudarlo, por su fe en Cristo, a la que amaron sobre todas las cosas.

 

 

 

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