Santa Ana Wang, adolescente mártir


Una joven mártir china (Santa Ana Wang)

Canonización de mártires chinos

En el año del Gran Jubileo conmemorativo de los dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, san Juan Pablo II canonizó a 120 chinos, mártires de la fe. En su homilía, el papa citó a una adolescente, diciendo: La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara:  “La puerta del cielo está abierta a todos”, y susurra tres veces “Jesús”.

La causa de canonización de Ana Wang estaba incluida en la del grupo encabezado por el padre jesuita Leone Ignazio Mangin y compuesto en total por cincuenta y seis mártires. El reconocimiento de su martirio fue sancionado el 22 de febrero de 1955. El 17 de abril del mismo año, domingo “in albis”, tuvo lugar la beatificación. La canonización del grupo, incluido en la lista más amplia de 120 mártires chinos, tuvo lugar el 1 de octubre de 2000. El mayor de los mártires tenía 79 años, y el menor, 9 años.

Una niñez dura

Ana Wang nació en 1886, en el pueblo de Machiazhuang, cerca de Weixian, en el sur de la provincia de Hebei del Sur (China), en el seno de una familia pobre. Sus padres eran cristianos y bautizaron a su hija a una edad temprana. Su madre era extremadamente piadosa, pero su padre descuidó la instrucción religiosa y la asistencia a los sacramentos. Ana no tuvo mucho tiempo para recibir el amor de su madre, pues ésta falleció cuando su hija tenía solamente cinco años. Con la muerte de su madre, Ana perdió el apoyo en la fe. Y para colmo de males, su anciana abuela paterna maltrató a la niña obligándola a realizar trabajos duros, como ir a recoger leña, con detrimento de la asistencia a la escuela. Y por tanto, tuvo que renunciar al tiempo de juego para trabajar en el campo.

En los estudios tuvo que aplicarse mucho porque su capacidad académica en comparación con la de sus compañeras era insignificante, debido a estar obligada a trabajar. Pero, a pesar de esto, era una de las mejores alumnas de la clase, logrando buenas calificaciones y ganando premios. Además, en la escuela encontró en su maestra, la hermana Lucy Wang, el apoyo necesario para reafirmarse en su fe cristiana. A los ojos de la religiosa, Ana era una chica piadosa. En una ocasión, unas compañeras, pobres como ella, le dijeron a Ana que se fueran con ellas a robar unas espigas maduras de trigo en un campo cercano. Ella respondió que en el Padrenuestro se le pide a Dios que nos conceda el pan de cada día. En la comunidad cristiana fue muy apreciada, porque supo cantar con dulzura los cantos religiosos, en particular el Avemaría, que le había enseñado su madre. Por ello pudo hacer la primera comunión a una edad más temprana que las demás niñas.

Algún tiempo después, su padre se volvió a casar. En esta ocasión, con una mujer holgazana a la que simplemente le gustaba disfrazarse. Su segunda esposa era también una mujer bautizada, pero a diferencia de la primera ésta era, como su marido, irrespetuosa en los temas de religión. En esta nueva situación familiar -conviviendo con la anciana madre de su padre y con la madrastra-, Ana no fue particularmente querida. Ella, sin embargo, amaba por igual a sus familiares, llegando a regalar, especialmente a su abuela, los pequeños premios que le entregaban en la escuela.

Nuevas pruebas

A pesar de su arduo trabajo, Ana nunca abandonó su vida de oración. Entre su apretada agenda, a menudo se tomaba el tiempo para rezar, poniéndose de rodillas frente a la estatua de la Virgen María. En sus oraciones, pedía especialmente por el eterno descanso de su amada madre y por la paz mundial.

Cuando tenía once años, su padre quiso obligar a Ana a casarse con un joven aristócrata que era mucho mayor que él, desconocido para ella. Ana rechazó totalmente este matrimonio impuesto a la fuerza porque había decidido hacerse en monja algún día; quería ser como sor Lucy. Cuando Ana preguntó a su maestra sobre este tema, la monja le sugirió que rezara con fe: si el Señor quería, se convertiría en su esposa. La negativa a casarse provocó el ridículo de la familia del joven, y también dentro de su propia familia. El padre de Ana se puso furioso y a partir de entonces ignoró a su hija. Ésta se vio obligada a vivir solo confiando en la fe en Dios. Ya entonces, la convivencia con su madrastra era insoportable. 

El comienzo de la persecución

A finales del siglo XIX surgió en China una organización secreta denominada Unidad por el Bien y la Armonía o Sociedad Secreta de Puños y Armonía, más conocida como El Boxer. Esta organización odiaba a los occidentales que llegaban a China continental. Los boxers se rebelaron y rechazaron el dominio extranjero en el comercio, la política, la tecnología y la religión. Quisieron acabar con todas las tradiciones occidentales, incluso los cristianos acusados de ser los responsables de las nominaciones extranjeras en China. Muchos cristianos de Shadong y Shanxi fueron perseguidos y asesinados. Este odio era debido principalmente a los cambios políticos y sociales posteriores a la Guerra del opio. Este conflicto bélico terminó siendo muy perjudicial para la población indígena. El odio de los boxers no sólo se dirigió a los occidentales étnicos, sino también a las religiones occidentales traídas por sus misioneros.

La rebelión de los boxers se generalizó a principios del siglo XX. Ya en el año 1900, el primer día del mes de julio, declararon que las buenas relaciones con los misioneros europeos y con los cristianos habían terminado. Por lo que el cristianismo y todos los que se convirtieron a él, incluso los nativos chinos, fueron vistos como miembros de una comunidad peligrosa y desestabilizadora del país. La revuelta china contra los occidentales había estallado con gran violencia. Los extranjeros tenían que ser repatriados a sus países de origen y los cristianos de nacionalidad china tenían que ser obligados a renunciar a su fe, o serían asesinados por ser antipatrióticos. El resultado fue la masacre de sacerdotes y fieles cristianos en China durante el mes de julio de 1900.

Firmeza en la fe

Dada esta situación, los problemas que Anna tuvo que afrontar fueron muy diferentes a los familiares ya conocidos. El sufrimiento de Anna se intensificó cuando su territorio fue ocupado por los rebeldes boxers. El 21 de julio de 1990 llegaron los boxers armados a la región donde está Machiazhuang. Enseguida los rebeldes mostraron sus colmillos tomando cada aldea que visitaban. Muchas iglesias y escuelas fueron quemadas; y sacerdotes y cristianos fueron brutalmente masacrados.

Cuando los boxers llegaron a Machiazhuang, lo primero que hicieron fue prender fuego a la iglesia del pueblo. El líder de los rebeldes enfrentó a los aldeanos con una alternativa: apostatar o enfrentar la muerte. En ese momento, Ana estaba en el colegio, donde escuchó, junto a sor Lucy, las palabras del jefe de los boxers. Mientras la maestra animaba a las niñas a que se confiaran a la Virgen, Ana estaba serena, con la conciencia tranquila.

El padre de Ana pensó que la mejor manera para salvarla era refugiarse con ella, en un pueblo cercano, en la casa del joven con el quería casar a su hija. Ésta, temiendo verse comprometida de alguna manera, regresó a su casa para tratar de convencer a su madrastra de perseverar en la fe, y a su abuela de no tener miedo a morir. Sin embargo, el ambiente de su casa tampoco le parecía ideal para ella. Entonces, por la noche, Ana recogió sus pocas cosas y se escapó a la escuela pensando que era un lugar era seguro. Antes de ir a la escuela, se acercó a la tumba de su madre para rezar. Al llegar a la escuela no encontró a la hermana Lucy, pues huido a otro lugar con las alumnas Sí estaba el anciano Giuseppe Wang Yumei, que era el guardián de la casa misional y, en ese momento, custodiaba la escuela, para defender a unas mujeres que allí se habían refugiado. Ana fue acogida calurosamente al ser reconocida como la niña que cantaba en la iglesia. La joven pasó su tiempo allí exhortando a los presentes y rezando con fervor, sobre todo cuando, al amanecer, llegó un sacerdote para la celebración de la Eucaristía.

El principio del terror

Los refugiados en la escuela, vieron con horror que los incendios provocados por los boxers se acercaban cada vez más. Cuando los soldados rebeldes estaban a punto de llegar a la escuela, Giuseppe Wang dijo a los allí reunidos, entre los que se encontraban algunas madres con sus hijos, que se refugiaran en el sótano de la escuela; que él intentaría engañar a los atacantes dándoles la bienvenida en la entrada principal. Como Guiseppe se negó a hablar para no delatar a los que estaban escondidos, el jefe de los boxers ordenó disparar contra las ventanas del edificio: el choque de los cristales asustó a los niños, quienes, gritando, les hicieron descubrir el escondite.

Descubiertos, todos los refugiados fueron luego obligados a subirse a un carro y llevados al pueblo donde se encontraba la sede de los Boxers. Ana presenció los interrogatorios a los que fueron sometidos el anciano guardián y Lucía Wang, madre de Andrea, de nueve años, y de una niña más pequeña. El primero en morir fue Giuseppe Wang, herido en la garganta por una lanza y decapitado. Como los presos estaban horrorizados, pero no se movían, los perseguidores adoptaron un sistema para hacerlos ceder: separaron a los niños de las madres y luego los condujeron a una pequeña habitación adyacente a dos habitaciones. Una, ubicada al oeste, estaba indicado por un cartel que decía “Liberación”, donde los soldados habían amasado juguetes, abanicos y otras mercancías; si entraban, se salvarían. La otra, al este, estaba marcada con las palabras “Muerte”. Ante la perplejidad de los niños, los boxers decidieron traer a algunas de las mujeres y ponerlas frente a la misma elección. La madrastra de Anna, que estaba entre ellos, apostató y señaló la presencia de su hijastra; los rebeldes luego le ordenaron que la llevara a la habitación oeste con ella. La niña la siguió hablándole para hacerla desistir de su apostasía, pero al ver que sus palabras no surtían efecto, se dio la vuelta, mezclándose con los que permanecían fieles a su fe. Así lo dice el salesiano P. Eugenio Pilla, en la biografía titulada “Lirio púrpura de Tai-Ning”, publicada por Edizioni Paoline en 1960. Otras fuentes, sin embargo, afirman que, cuando la madrastra se dirigía a la habitación oeste, la de la “Liberación”, de pronto se dio la vuelta y, tirando de Ana del brazo, quiso arrastrarla. Ella, agarrada a los postes de la puerta, gritó: “Creo en Dios, soy cristiana. No quiero renunciar a Dios, ¡Jesús, sálvame! ¡Quiero creer en Dios. Quiero ser católica. ¡No quiero dejar la Iglesia! ¡Jesús, ayúdame!”

Las madres que no habían apostatado se enfrentaban a una nueva amenaza: volver a la religión de sus antepasados ​​o ser enterradas vivas con sus hijos; lo mismo sucedió con los niños. Luego se les dio una noche de reflexión. La oferta fue rechazada, lo que hizo enfurecer al líder de los boxers. De hecho, los cristianos insistieron: “¡Nacimos católicos, seguiremos siendo católicos de por vida!” Al observar las velas que iluminaban la habitación donde estaba encerrada con los demás, Ana comentó: “Estas velas son de la iglesia. ¡Mira qué hermosas son estas llamas! Sin embargo, ¡la gloria del cielo es millones de veces más gloriosa que estas hermosas llamas!” Dicho esto, los guió en la oración de la tarde.

El martirio

Al día siguiente, 22 de julio de 1900, las mujeres y niños fueron conducidos a un claro, donde se habían preparado tumbas. Antes habían pasado por un nuevo interrogatorio al que no respondieron, pues se animaron con la mirada de Ana. Los soldados les dijeron que si seguían siendo tercos en su propósito, debían ir a las tumbas con sus hijos. Las mujeres avanzaron, y Ana sugirió, en voz baja, que se arrodillaran al pasar frente a la iglesia del pueblo. El jefe de los boxers ordenó entonces que todos fueran golpeados con la espada, empezando por el mayor, y empujados a las tumbas. Las amenazas de los boxers no consiguieron disminuir la fe de católicos, que estuvieron siempre dispuestos a entregar su antes de renegar de su fe. Al final, todos fueron decapitados. Una de las últimas en caer fue Lucía Wang, quien, tras declarar nuevamente que era cristiana y que su hijo Andrea también lo era, les dijo a sus verdugos que primero debían matar al chico. Así lo hicieron: primero decapitaron al niño, luego a su madre y a su hermana menor.

Cuando llegaron los más jóvenes, Ana se preparó intensificando su oración, como cuando estaba en su iglesia. El jefe de los boxers, llamado Song, se detuvo al verla hermosa y joven, reflexionó por un momento y luego le ordenó a Ana que dejara su religión. Inmersa en la oración, ni siquiera lo escuchó. El hombre luego  le tocó la frente y reafirmó su petición. Ana se levantó, dio un paso atrás y gritó: “¡No me toques!” Poco después, se calmó y dijo: “Soy católica. Jamás negaré a Dios, prefiero morir”. Entonces el soldado le propuso que si ella apostataba, la casaría con un hombre muy rico. La niña respondió: “Nunca dejaré mi religión”, y señalando el pueblo y su iglesia, añadió: “Además, ya estoy comprometida ”, refiriéndose tanto al Señor como a su parroquia, es decir, a la Iglesia.

Furioso, Song cortó un trozo de carne de su hombro izquierdo y reiteró su pedido, pero al recibir una nueva negativa, cortó su brazo izquierdo limpiamente. Ana, que se quedó de rodillas, dijo con una sonrisa: “La puerta del cielo está abierta para todos”. Luego, susurrando el nombre de Jesús tres veces, ofreció su cuello al verdugo.
Un testigo dijo que, después de la decapitación, el resto del cuerpo permaneció de rodillas durante mucho tiempo y no cayó hasta que un soldado lo pateó. Otro testigo, una anciana que conocía muy bien a la niña, afirmó haber visto su alma ir al cielo, vestida con un vestido de seda azul y verde, con una corona de flores en la cabeza.

Los cuerpos de los mártires fueron arrojados a una fosa seca y abandonados para que se pudrieran allí. La gente del pueblo no se atrevió a ir en contra de las órdenes de los boxers, que prohibían enterrarlos. Una semana después, después de que las fuerzas del gobierno chino tomaran el control de la situación, los del pueblo llegaron a la fosa donde se dejaron los cadáveres de las víctimas para enterrarlos adecuadamente. Hay quienes afirman que ningún cuerpo se pudrió en absoluto.

Epílogo

El 6 de noviembre de 1901 se exhumaron los cadáveres, para otorgarles un entierro adecuado. El padre Albert Wetterwald, que presidió la ceremonia, escribió en su informe: “Cuando los oficiales, trabajando con cautela, entre un silencio solemne quitaron la capa de tierra que cubría los cadáveres; cuando todas las miradas codiciosas vieron las extremidades y cabezas de las víctimas confundidas, pero intactas, fue un grito de admiración y dolor al mismo tiempo. Los paganos clamaron por un milagro. Los cristianos lloraron, pero más con alegría que con tristeza”. Después del solemne funeral, los aldeanos de Ana comenzaron a invocar su intercesión, que fue probada por numerosas gracias singulares. En el plano de las curaciones espirituales, sin embargo, los primeros beneficiados fueron los miembros de la familia a los que tanto había amado a pesar de todo: la abuela murió santa, mientras que la madrastra volvió a ser católica. El padre, que también volvió a la fe, quedó ciego: le rezó a su hija para que le devolviera la vista, pero no sucedió. Mas aceptó esa condición para expiar sus pecados.

En 1901, la rebelión finalmente fue frustrada y el gobierno chino decidió modernizarse. El pueblo chino finalmente abrió los ojos a las acciones sociales realizadas por las naciones occidentales a través de la construcción de hospitales y escuelas católicas.

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