Homilía del Domingo IV de Adviento (Ciclo B)


En el cuarto domingo de Adviento, con la proximidad de la Navidad, el pasaje evangélico que se lee en la Misa es el de la Encarnación del Hijo de Dios, también conocido como el de la Anunciación del ángel a María. Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-28). Este acontecimiento único y trascendental en la historia de la Humanidad tuvo lugar en Nazaret, una aldea de Galilea que ni siquiera es mencionada en el Antiguo Testamento. Y su realización dependió de una doncella que había decidido conservar su virginidad. En la Biblia vemos mujeres que siendo estériles desean y piden a Dios tener un hijo: Sara, la mujer de Abrahán; la madre de Sansón; Ana, la madre de Samuel; Isabel, la mujer de Zacarías. A éstas les concede Dios la gracia de ser madre. Pero María no pide ningún hijo. Sin embargo, será madre y su maternidad estará íntimamente relacionada con la redención del género humano.

La descripción de esta virgen nazarena que brota del relato evangélico es muy elocuente. Para los hombres, María es una joven desposada con varón llamado José; en cambio, para Dios, es la llena de gracia, la criatura más santa salida de las manos del Creador y la más singular que ha venido al mundo. Y esto es así, porque Dios desde toda la eternidad, la eligió y la señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciera de Ella; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus).

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 29-31). El arcángel san Gabriel le comunica a la Virgen María que va a ser madre, y que su hijo, descendiente del rey David, será Hijo de Dios.

El misterio de la Encarnación comporta diversas realidades: que María es virgen, que concibe sin intervención de varón, y que el Niño, verdadero hombre por ser hijo de María, es al mismo tiempo Hijo de Dios en el sentido más fuerte de esta expresión. La narración que hace san Lucas de la Anunciación es de una densidad extraordinaria. Prácticamente cada palabra lleva aneja una profundidad de significado sorprendente. Los Padres y la Tradición de la Iglesia no han dejado de notarlo, y los cristianos revivimos cada día este misterio a la hora del Ángelus.

Además, las palabras de san Gabriel afirman que el Niño será el cumplimiento de las promesas hechas por Dios, y que en Él se cumplirá la profecía que hizo Natán a David: Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme para siempre (2 S 7, 16), cuando le dice a María: Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1, 32-33). Las frases: el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob; y su reino no tendrá fin, representan expresiones inmersas en el mundo de las ideas y de vocabulario del Antiguo Testamento, conectadas con la promesa divina a Israel-Jacob, con los oráculos acerca del Mesías descendiente de David y con los anuncios proféticos del Reinado de Dios. Para una persona instruida en la religión y la piedad israelita, como era la Virgen María, el significado era inequívoco.

Una vez que María ha recibido el mensaje del Cielo, pregunta a san Gabriel cómo podrá llevarse a cabo lo que él le ha dicho, manifestando su propósito de permanecer virgen. María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35). La respuesta del arcángel expresan una acción singular, soberana y omnipotente de Dios que evoca la de la creación, cuando el Espíritu descendió sobre las aguas para dar vida; y la del desierto, cuando creó al pueblo de Israel y hacía notar su presencia con una nube que cubría el Arca de la Alianza. Y la descripción que hace el ángel del Niño, como Santo e Hijo de Dios, traspasa todo lo imaginable.

Aunque la Virgen no pide ninguna prueba de que se hará como dice san Gabriel, éste le dice: Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios (Lc 1, 36-37). Con la plena certeza de que va a conservar su virginidad, Santa María da su consentimiento al querer de Dios. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue (Lc 1, 38).

Aquel día, el del anuncio del ángel, cambió la historia. Mientras que sobre la faz de la tierra, aparentemente, nada extraordinario sucedía, Dios asume la débil naturaleza humana, se hace hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, para salvarnos de la triple esclavitud (demonio, pecado y muerte) a la que estaba sometida el género humano desde el pecado de nuestros primeros padres. Las consecuencias del asentimiento de María han de verse en el conjunto de la historia de la Humanidad. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente que “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad fue desatado por la Virgen María mediante su fe”; y comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes”, afirmando aún con mayor frecuencia que “la muerte vino por Eva, la vida por María” (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56).

En la primera lectura de la Misa del domingo inmediatamente anterior al 25 de diciembre se recoge el deseo de David de construir un templo para Dios. Cuando el rey se estableció en su casa y el Señor le concedió paz con los enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: “Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita en una tienda de lona” (2 S 7, 1-2). Vemos la piedad de David. Durante la travesía por el desierto los israelitas portaban el tabernáculo, que era el lugar escogido por Dios para manifestar de una manera especial a su pueblo que estaba presente protegiéndolo. David quiere para Dios algo mejor: un templo.

A Natán le pareció bien el deseo del rey, y le dice: Vete y haz todo lo que te dicta el corazón, porque el Señor está contigo (2 S 7, 3). Sin embargo, en los planes de Dios no sería David quien construyera el templo, sino su hijo Salomón. Y efectivamente, fue Salomón el que edificó el Templo de Jerusalén.

El templo era para los pueblos paganos (egipcios, asirios y babilonios) el centro de su vida y de su religiosidad, porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer. Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos, el tabernáculo del desierto y más tarde el Templo de Jerusalén, es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. Pero esa realidad antigua era sólo una figura o anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne.

Jesús, en el cual habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9), es esa plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por lo tanto, el verdadero Templo de Dios. Jesús identifica el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, y de este modo se refiere a una de las verdades más profundas sobre sí mismo: la Encarnación. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos esa presencia real y especialísima de Dios en medio de los hombres se continúa en el sacramento de la Sagrada Eucaristía.

La primera decisión de Salomón después de ser ungido como rey fue la de construir el Templo de Jerusalén, buscando con eficacia lo necesario, sin escatimar recursos, para tal empresa y llevándola a cabo con generosidad. Años después, este Templo fue saqueado y reconstruido de nuevo, pero más pobre. A Salomón todo le pareció poco para Dios. También en la historia del cristianismo se han construido iglesias y catedrales con mucha esplendidez. Se cuenta que al emperador Justiniano, de Bizancio, cuando inauguró la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, al ver aquella maravilla, se le escapó: Salomón, te he vencido. Y las catedrales de la Edad Media son plegarias de piedra, cuyas flechas apuntando al cielo parecen decir: Señor, he amado el esplendor de tu casa y el lugar donde habita tu gloria.

Seamos generosos con Dios, evitando ser mezquinos o tacaños en lo que se refiere al culto debido a Dios. San Josemaría Escrivá solía aducir el ejemplo del amor humano noble y limpio, para demostrar que al culto divino hay que dedicar lo mejor que se posea: las personas que se quieren no se regalan trozos de hierro; se regalan objetos de algún valor, algo que se estime. Cuando le dé un enamorado a la mujer que quiere, como regalo, un saco de cemento, yo haré lo mismo con Nuestro Señor. Mientras tanto, en la medida de lo posible, le doy… un vaso de plata, para celebrar el Santo Sacrificio. Y es que tenía muy dentro de su alma las palabras que había escrito en Camino y que siempre puso en práctica: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. -Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra lo que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me -una buena obra ha hecho conmigo.

San Pablo termina la Carta a los Romanos dirigiendo una grandiosa alabanza a Dios omnipotente y sabio por medio de Jesucristo. A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! (Rm 16, 27). La Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, afirma que el hombre redimido por Jesucristo tiene como fin último de su vida ser alabanza de la gloria de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor. Y es la Virgen María quien más gloria ha dado a Dios con su vida. En el cántico del Magnificat expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est). Imitemos, pues, a la Virgen dando a Dios toda la gloria, a la vez que agradecemos a Santa María su fiat haciendo posible la Encarnación del Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

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