Homilía de la Natividad del Señor (Ciclo B)


Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del Cielo. San Lucas relata el nacimiento de Jesucristo de forma escueta, pero precisa. María y José han ido a Belén para empadronarse. Y sucedió que estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada (Lc 2, 6-7). Llegó el momento anunciado por el arcángel san Gabriel en Nazaret: Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (Lc 1, 31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos; el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad. El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer: un pesebre es su primer lecho. El pueblo cristiano ha representado en el arte -especialmente en la pintura- este acontecimiento con imaginación y fantasía, pero siempre con piedad y de acuerdo con la verdad histórica de lo que ocurrió en la noche de Belén. La contemplación del nacimiento del Señor nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquél que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él (Papa Francisco). El misterio de Navidad es luz y alegría, es al mismo un misterio de esperanza.

El nacimiento del Señor fue en la noche, según se deduce de este versículo evangélico: Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche (Lc 2, 8). El cielo estaba estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Isaías había profetizado: El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos (Is 9, 1-2). La humanidad, sumergida en la oscuridad del pecado, necesitaba la luz; una luz que significara amor. Y esa luz brilló. Es lo que ocurrió en la noche de Belén. En el establo de Belén apareció la gran luz que el mundo esperaba. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da así mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. Con su nacimiento, el Señor trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos la noche envuelve sus vidas y a los que atraviesan las tinieblas del sufrimiento. Y su Palabra rompe el silencio para dar respuesta y sentido a todos los interrogantes sobre nuestra existencia: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿por qué moriré?

Igual que los pastores, queremos estar rodeados de la luz de Belén, de esa luz que nunca se apaga, que ilumina a los hombres en su caminar por la historia. Dios viene a habitar con los hombres, elige la tierra como su morada para estar junto al hombre y dejarse encontrar allí donde el hombre vive sus días en la alegría y el dolor. Por tanto, la tierra no es solo “un valle de lágrimas”, sino el lugar donde Dios mismo ha puesto su tienda, es el lugar del encuentro de Dios con el hombre, de la solidaridad de Dios con los hombres. Dios ha querido compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una sola cosa con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios (Papa Francisco, Homilía 24.XII.2013).

Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres (Tt, 2, 11). Las palabras del apóstol san Pablo manifiesta el misterio de la noche santa de Navidad: ha aparecido la gracia de Dios; en el Niño que se nos ha dado se hace concreto el amor de Dios para con nosotros. Los pastores ven sencillamente a un niño en un pesebre y comprenden que en Él está toda la luz, toda la alegría que necesita la humanidad. Nosotros en Belén contemplamos la sencillez frágil de un Niño recién nacido, la dulzura de verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren, pero allí está Dios que se ha hecho Niño. La manifestación de la gloria del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo (Tt 2, 13). San Pablo, con estas palabras hace una clara confesión de la divinidad del Niño de Belén, de quien afirma que es Dios y Salvador.

¿Qué vieron los pastores? ¿Qué vemos nosotros? Con los ojos de la fe vemos algo extraordinario, único: El Verbo, la Palabra eterna de Dios, se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, Él mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen. En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente.

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Viene a traer la paz, con bondad y dulzura. El poder de este Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Es el poder que creó el cielo y la tierra, que da vida a cada criatura: es la fuerza que atrae al hombre y a la mujer, y hace de ellos una sola carne, una sola existencia; es el poder que regenera la vida, que perdona las culpas, reconcilia a los enemigos, transforma el mal en bien. Paz sobre la tierra a todos los hombres de buena voluntad, que cada día trabajan, con discreción y paciencia, en la familia y en la sociedad para construir un mundo más humano y más justo, sostenidos por la convicción de que solo con la paz es posible un futuro más próspero para todos.

Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarle. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarle (Benedicto XVI). Jesús es el Enmanuel, Dios con nosotros. En la noche de Navidad, Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él. El pesebre de Belén es una cátedra. Allí se pone de manifiesto la ternura de Dios. Desde esa cátedra, la Santísima Trinidad, con el concurso incondicionado de María y José, nos imparte lecciones de olvido de sí, de humildad, de pobreza, de abandono… Su lección mejor es la humildad. El que es Dios, Rey de reyes y Señor de señores, Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez queriendo nacer pobre, en la humildad de un establo, en un lugar destinado para animales. El Hijo de Dios eligió la pobreza para sí mismo en su nacimiento. Este hecho es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad y de la pobreza.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: “Consejero maravilloso”, “Dios Fuerte”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de Paz” (Is 9, 5). Isaías se refiere al Niño de Belén, a Enmanuel, un verdadero don de Dios para la humanidad, que significa la presencia de Dios. El profeta le atribuye cuatro propiedades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (“Consejero maravilloso”), el valor de David (“Dios fuerte”), los dotes de gobierno de Moisés (“Padre sempiterno”) y las virtudes de los antiguos patriarcas (“Príncipe de la paz”). La tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser da cada uno de esos nombres: Es “Admirable” en su nacimiento; “Consejero” en su predicación, “Dios”, en sus obras, “Padre perpetuo” en la resurrección, y “Príncipe de la paz” en la bienaventuranza eterna (Diversos sermones 53, 1).

Las puertas de las casas de Belén se cerraron para María y José, para Dios. También hoy día hay personas que han cerrado las puertas de su corazón a Dios, y el amor misericordioso de Cristo no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Ojalá Jesús encuentre en nuestras almas una acogida amorosa. Abramos de par en par las puertas de nuestro corazón a Cristo, pues viene a visitarnos, quiere vivir en medio de nosotros para liberarnos de todo lo que impida nuestra verdadera felicidad. Dios viene a salvarnos.

En Belén nació Jesucristo, el Hijo de Dios. Este nacimiento cambió el mundo, la historia de la humanidad. El Salvador del mundo vino a compartir la naturaleza humana. El hombre no está ya solo ni abandonado. La Virgen María ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar existencia humana, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Desde su cátedra de Belén, el Niño Jesús muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño “ha nacido para nosotros”, “se nos ha dado”, como anuncia Isaías. Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al “Príncipe de la paz” y ser entre las naciones su instrumento eficaz (Papa Francisco, Homilía 25.XII.2015).

En el portal encontramos a la Virgen María y a san José, contemplando a Jesús Niño y mostrándolo a todos los que se han acercado a verle. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Gracias al “sí” de María fue posible la encarnación del Verbo; y Ella se convirtió en Madre de Dios sin perder la virginidad. Y ahora en Belén vemos que no tiene a su divino Hijo sólo para sí misma, sino que nos pide a todos nosotros que abramos las puertas de nuestro a Jesús.

Y también en el portal nos fijamos en José, y observamos una actitud de protección del Niño y de María. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto. Y una vez pasado el peligro, trajo a la de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica (Papa Francisco, Homilía 24.XII.2020).

Le pedimos a María y a José que nos ayuden a percibir el asombro por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s