Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (CicloB)


Al iniciar un nuevo año, la Iglesia nos invita a entrar en la escuela de María, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso (Benedicto XVI). En el día primero del año, la liturgia de la Iglesia celebra la maternidad divina de la Virgen. María es Madre de Dios. Ésta es una verdad profesada siempre por los cristianos. Cuando Nestorio negó a María el título de theotocos -Madre de Dios- todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica, y el Concilio de Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, celebra un misterio y un acontecimiento histórico: Jesucristo, persona divina, nació de María Virgen, la cual es, en el sentido más pleno, su madre.

Llamada en el Evangelio según san Juan la Madre de Jesús (Jn 2, 1), María es aclamada por santa Isabel bajo el impulso del Espíritu Santo como la madre de mi Señor (Lc 1, 43) desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el hijo eterno del Padre, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que Santa María es verdaderamente Madre de Dios.

En Navidad se manifestó la bondad de Dios que Jesús vino a traer al mundo. Dios se reveló en el rostro de un hombre, Jesús, nacido de mujer (Ga 4, 4). Él es la bendición para cada persona y para toda la familia humana. Él, Jesús, es fuente de gracia, misericordia y paz. El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz (Nm 6, 24-26). Estas palabras que Dios quiso que Moisés se las dijera a Aarón y a los hijos de éste, también están dirigidas a los cristianos. En Jesús vemos el rostro misericordioso de Dios; Él nos bendice; es el buen pastor que nos indica el camino. Por eso, cada cristiano puede decir con el Salmista aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 122, 4). El Señor nos concede la paz.

El mensaje de Jesús es un mensaje de paz. Y el cristiano, discípulo de Cristo, debe estar comprometido a ser artífice de paz. Cuando se ve en el mundo situaciones de injusticia y violencia, debe responder al odio inhumano con el poder fascinante del amor; debe vencer la enemistad con el perdón. Sólo así podrá ser constructor de la paz. Para ello necesita la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo, Príncipe de la paz.

Dios envió a su Hijo para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva (Ga 4, 5). Jesucristo nos invita a tratar a Dios con la misma confianza y ternura que un niño pequeño trata a su padre. Él mediante su obra redentora no solamente nos ha liberado del yugo de la Ley, sino que nos ha dado la posibilidad de tener una condición nueva ante Dios, la condición de hijos. La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un Padre que ama infinitamente a sus criaturas. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos. Con qué fuerza san Juan Pablo II hacía referencia a esta filiación divina que Cristo nos ganado: Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre (Discurso 21.VII.1999).

Antes de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II, el día 1 de enero celebraba la Iglesia la circuncisión del Señor. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno (Lc 2, 21). En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús. También, cuando un ángel de Dios reveló a san José el misterio de la concepción de Jesucristo, el mensajero del Cielo le dice al santo Patriarca que recibiera en su casa a María porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo (Mt 1, 20), que su esposa daría a luz un hijo, y que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).

El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: Jesús. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la economía de la creación y de la salvación. Decir Jesús es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

Jesús significa Dios salva. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de Jesús? El Santo Nombre de Jesús nos habla de santidad, poder y dulzura. El sólo hecho de oírlo despierta ternura en el alma cristiana y confianza en su poder salvífico. San Lucas escribió: No hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que tengamos que ser salvados (Hch 4, 12). El Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del Nombre que está sobre todo nombre (Flp 2, 9). Por eso está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula “Por nuestro Señor Jesucristo…” El “Avemaría” culmina en “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, numerosos cristianos han muerto, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: “Jesús”.

El evangelista san Lucas relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y los envolvió en su luz (Lc 2, 9). La luz del Redentor se manifiesta a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna (1 Jn 1, 5). La luz es fuente de vida. En el pasaje evangélico de la Misa se recoge la adoración de los pastores al Niño Dios. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho (Lc 2, 16-20). Los pastores marchan a Belén acuciados por la señal que se les había dado. A comprobarla, cuentan el anuncio del ángel y la aparición de la milicia celestial. Y con ello, se constituyen en los primeros testigos del Nacimiento del Mesías.

¿Qué tipo de hombres eran los pastores? En su ambiente, los pastores eran despreciados; se les consideraba poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad? Ciertamente no eran grandes santos, si con este término se alude a personas de virtudes heroicas. Eran almas sencillas. El evangelio destaca una característica que luego, en las palabras de Jesús, tendrá un papel importante: eran personas vigilantes. Esto vale ante todo en su sentido exterior: por la noche velaban cercanos a sus ovejas. Pero también tiene un sentido más profundo: estaban dispuestos a oír la palabra de Dios, el anuncio del ángel. Su vida no estaba cerrada en sí misma; tenían un corazón abierto. De algún modo, en lo más íntimo de su ser, estaban esperando algo. Su vigilancia era disponibilidad; disponibilidad para escuchar, disponibilidad para ponerse en camino; era espera de la luz que les indicara el camino (Benedicto XVI, Homilía 24.XII.2020).

Todas aquellas vivencias del portal de Belén eran guardadas por la Madre del Niño en su corazón y las meditaban. Esto dice mucho de Santa María. San Lucas nos la presenta serena y contemplativa ante las maravillas que se estaban cumpliendo en el nacimiento de su divino Hijo. La Virgen las penetra con mirada honda, las pondera y las guarda en el silencio de su alma. ¡Santa María, maestra de oración! Si la imitamos, si guardamos y ponderamos en nuestros corazones lo que de Jesús oímos y lo que Él hace por nosotros, estamos en camino hacia la santidad cristiana y no faltará en nuestra vida ni la doctrina del Señor ni su gracia. Por otra parte, meditando de este modo la enseñanza que hemos recibido de Jesús, vamos profundizando en el misterio de Cristo.

Dios envió a su Hijo (Ga 4, 4), pero para formarle un cuerpo quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una joven judía de Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre la virgen era María (Lc 1, 26-27). Una vez que Santa María dio el consentimiento, tuvo lugar la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y así como una mujer -Eva- contribuyó a la muerte, así también otra mujer -la Virgen María- contribuyera a la vida.

A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras mujeres. María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, la excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 489).

Veneremos el Santísimo Nombre de Jesús pues así damos gloria a Dios, que es el fin de nuestra vida. Nos podemos imaginar cómo pronunciaría la Virgen María el nombre de Jesús. En infinidades de veces lo utilizaría, pero siempre que salió de sus labios este bendito nombre, de su corazón saldría un acto de amor hacia su Hijo, que no era otro que el Verbo de Dios encarnado. Que en esto también nos parezcamos a la Madre de Dios que, por el querer de Jesucristo, es también Madre nuestra.

2 Respuestas a “Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (CicloB)

  1. Feliz año nuevo, Jesús!
    Que DIos te colme de bendiciones a ti y a tu familia.
    Un abrazo.

  2. Gracias. Igualmente te deseo lo mejor para el próximo año. Le pido a Dios que termine la pesadilla del coronavirus. Y que continúes haciendo tu blog, que ayuda mucho a meditar y a pensar, además sirve para fijarse cómo hay que escribir con elegancia. Un saludo de Jesús.

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