Homilía de la Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo B)


Al final del tiempo litúrgico de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del Bautismo del Señor. Es como un recordatorio del Bautismo que un día recibimos, y nos trae a la memoria nuestro nacimiento como hijos de Dios.

El pasaje evangélico de la Misa de esta fiesta nos presenta a Cristo que acude al río Jordán donde Juan está bautizando. Jesús está en medio del pueblo. El gentío no es solo un fondo de la escena, sino un componente esencial del evento. Antes de sumergirse en el agua, Jesús “se sumerge” en la multitud, se une a ella asumiendo plenamente la condición humana, compartiendo todo, excepto el pecado. En su santidad divina, llena de gracia y de misericordia, el Hijo de Dios se hizo carne para quitar de nosotros y cargar sobre sí el pecado del mundo: tomar nuestras miserias, nuestra condición humana (Papa Francisco).

En el Jordán hubo una verdadera epifanía, una manifestación en la que Jesús se da a conocer. Es una de las tres epifanías que la Iglesia celebra. La más conocida es la de la adoración de los Magos de Oriente. En esta Dios se manifiesta a aquellos hombres procedentes del mundo pagano mostrando la divinidad de Jesús por medio de una estrella. Otra es la de las Bodas de Caná, en la que Cristo se manifiesta a sus discípulos con un milagro. Manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2, 11). Y la del Bautismo del Señor es una manifestación pública a los judíos como Hijo de Dios y como Mesías, ratificada con la presencia de la Santísima Trinidad. La voz de Dios Padre, venida del Cielo, revela a Juan el Bautista y al pueblo judío -y en ellos a todos los hombres- el profundo misterio de la divinidad de Cristo. Estas dos últimas están recogidas en los misterios luminosos del Santo Rosario.

En la epifanía del Jordán, Jesucristo, yendo a bautizarse por Juan, en medio de la gente penitente de su pueblo, manifiesta la lógica y el significado de su misión. Uniéndose al pueblo que pide a Juan el bautismo de conversión, Jesús también comparte el profundo deseo de renovación interior. Y el Espíritu Santo que desciende sobre Él “como una paloma” es la señal de que con Jesús comienza un nuevo mundo, una “nueva creación” que incluye a todos los que acogen a Cristo en su vida (Papa Francisco).

En los tres evangelios sinópticos está narrado el Bautismo del Señor. El relato de san Marcos va precedido por la distinción que hace Juan de su bautismo del que instituyó Cristo. Además da testimonio del Señor: Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1, 7-8). En el bautismo de Juan sólo se significaba la gracia, como en los otros ritos del Antiguo Testamento. En el Bautismo cristiano, instituido por Jesucristo, el rito bautismal no sólo significa la gracia, sino que la causa eficazmente, esto es, la confiere. Decía santo Tomás de Aquino: Por el Bautismo de la Nueva Ley los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. En cambio, por el bautismo de Juan sólo era lavado con agua el cuerpo.

¿Por qué Juan dice que Jesús os bautizará con Espíritu Santo? Porque los efectos del Bautismo cristiano, como todas las realidades pertenecientes a la santificación de las almas, se atribuyen al Espíritu Santo, el “Santificador”. Es de advertir que, como todas las obras ad extra de Dios (es decir, que son exteriores a la vida íntima de la Trinidad Beatísima), la santificación de las almas es obra común de las tres Personas Divinas.

¿Cuáles son los efectos del Bautismo instituido por Cristo? El sacramento del Bautismo confiere la primera gracia santificante, por la que se perdona el pecado original, y también los actuales, si los hay; remite toda pena por ellos debida; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los demás sacramentos (Catecismo Mayor, n. 553).

El Bautismo no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe, de la cual forma parte el cuerpo de la Iglesia y sus sacramentos, le dé la vida, la vida eterna (Benedicto XVI). Ésta es la finalidad del Bautismo, pues inserta en la comunión con Cristo, y sólo Cristo es el camino para alcanzar la verdadera vida, la felicidad sin fin del cielo.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él (Mc, 1, 9-10).

El Bautismo de Jesús es el comienzo de la vida pública del Señor, de su misión en el mundo como enviado del Padre para manifestar su bondad y su amor a los hombres. Esta misión se realiza en una unión constante y perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11). La voz del Padre da testimonio de Jesús. Cristo es el Hijo de Dios, en quien el Padre tiene puesta su complacencia. También a cada uno de nosotros, que somos hijos de Dios desde el día en que fuimos bautizados, están dirigidas las palabras del Padre. Salvando la infinita diferencia entre Cristo y nosotros, procuremos que Dios pueda decirnos: En ti tengo puesta mi complacencia. Este amor de Dios, que hemos recibido en el Bautismo, es una llama que ha sido encendida en nuestros corazones y es preciso que la mantengamos siempre encendida con la oración y la caridad.

La misión de Cristo estuvo profetizada por Isaías. He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas. Yo, el Señor te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas (Is 42, 1-4.6-7).

También la misión de la Iglesia y la de todo cristiano, para ser fiel y fructífera, está llamada a “injertarse” en la del Señor. Se trata de regenerar continuamente en la oración la evangelización y el apostolado, para dar un claro testimonio cristiano, no según los proyectos humanos, sino el plan y estilo de Dios.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia.

Esta misión evangelizadora de la Iglesia ya aparece en las páginas de los Hechos de los Apóstoles. Pero no solamente la predicación apostólica está dirigida a los judíos, sino también a los gentiles. En el primer discurso que san Pedro dirige a los no judíos , dice: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos (Hch 10, 34-36). Para Dios no hay acepción de personas y desea salvar a todos los hombres mediante el anuncio del Evangelio. Ya en el Antiguo Testamento estaba profetizado que los judíos y gentiles formarían una única nación bajo el Mesías, y en las palabras de Jesús, que llama a todos a formar parte de su Reino.

En este discurso, san Pedro hace una síntesis de la vida del Señor. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 37-38). Y culmina con la afirmación de que Dios le resucitó al tercer día (Hch 10, 40).

Refiriéndose a esta misión de llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino, y este camino lo señalaba san Juan Pablo II con estas palabras: Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual.

La misión confiada a la Iglesia por Nuestro Señor, está aún lejos de cumplirse. A principios del tercer milenio después de su venida, mirando a las naciones y continentes, a la humanidad entera, vemos que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios. Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16).

Hay que hablar de Dios a todos los hombres, porque por todos ha muerto Cristo en la cruz: a los niños; a los mayores; a los creyentes; a los que no creen; a los jóvenes; a los intelectuales; a los obreros; a todas las clases sociales; a los políticos; a los genios; a los que gobiernan; a los pobres; a los ricos; a los enfermos; a los sanos; a los que sufren; a los que mueren.

Santa María, Estrella de la Evangelización, ayúdanos a cumplir nuestra misión apostólica que tenemos, como bautizados, de llevar la luz de Cristo a todos los pueblos, teniendo en cuenta que para Dios no hay acepción de personas.

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