El chico paduano


La carta de mi padre ha causado en mí gran impresión. No seré un soldado cobarde, pero iría más a gusto a la escuela si el maestro nos contase cada día una historia como la que hoy nos ha explicado. Dice que nos va a contar una todos los meses. La de hoy se llamaba: “El pequeño patriota paduano”. La voy a escribir:

Un barco francés salió un día de Barcelona con destino a Génova. En él viajaban gentes de todos los países: franceses, suizos, alemanes; y entre ellos se encontraba un niño de unos once años que siempre estaba aislado, no hablaba con nadie.

El pobre estaba muy mal vestido. Y tenía razón para estar triste: sus padres le habían entregado dos años antes a unos titiriteros que pasaban por Padua, quienes, a fuerza de golpes y patadas le habían enseñado a hacer unas piruetas, haciéndole pasar hambre, hasta que al fin se escapó y, pidiendo ayuda al cónsul de Italia en Barcelona, éste la había ayudado a embarcándole con una carta para el alcalde de Génova,a quien rogaba que mandase al muchacho a sus padres.

Había gente en el barco que le preguntaban, pero él no respondía nunca. Hasta que un día, tres hombres que no eran italianos le hicieron hablar a base de insistencia, y el chico les contó su historia. Los viajeros, aunque no sabían italiano, entendieron lo que les decía y, compadecidos, le dieron algunas monedas.

El chico dio las gracias y se fue a cubierta. Allí se puso a pensar en lo que podría comprar al llegar a Génova: podría comer algo que no fuera el duro pan del que se había alimentado casi exclusivamente durante dos años. También comprar una chaqueta para presentarse decentemente ante sus padres.

Estaba en estos pensamientos, cuando oyó a los tres viajeros que le escucharon, que hablaban entre sí de numerosos viajes alrededor del mundo.

Y vinieron a hablar de Italia. Uno empezó quejándose de los ferrocarriles, otro de las calles, otro de la gente.

Italia es un pueblo de estafadores, dijo uno. De bandidos, dijo otro y el tercero abrió la boca para decir algo ofensivo, pero no llegó a hacerlo, porque sobre sus cabezas cayeron multitud de monedas.

Al alzar las cabezas indignados, vieron al pequeño muchacho paduano, que les dijo: yo no acepto dinero de los que insultan a mi patria.

(Edmondo De Amicis, Corazón)

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