La avaricia rompe el saco


Había un labrador que tenía un borriquillo con el que se ganaba la vida. En invierno salía de su pueblo y se dirigía al bosque. Allí cortaba la leña, la amontonaba en pequeños haces y a continuación la cargaba sobre el lomo del animal. En verano salía también, muy de mañana, y se encaminaba a las frescas fuentes de la montaña para llenar los cántaros y llevar el agua a sus parientes y paisanos. Un día pensó que podía ganar más dinero si conseguía que el jumento comiese un poco menos. Era un pensamiento egoísta, pero la ambición le pudo. Decidió que el animal ayunaría un día a la semana. Dicho y hecho; el miércoles, al llegar a su establo, el pollino se encontró con que faltaba el alimento diario. Pasó la semana, y como no había ocurrido nada de particular, nuestro hombre decidió que a partir de entonces serían dos los días de ayuno. Así transcurrió la segunda semana, y el burrito continuaba trabajando sin desmayo. A la quinta semana eran cinco los días de ayuno, y cuando llegó la sexta, el pobre animal se murió. Entonces fue cuando el campesino, lleno de filosofía, exclamó contrariado: ¡Qué lástima, ahora que se estaba acostumbrando!

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