Domingo III del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


En el libro de Jonás se narra la misión que Dios encomendó a este profeta. No era un encargo agradable el de anunciar a los habitantes de una ciudad la destrucción de la misma. Es decir, profetizarles un tremendo castigo por su perversidad. Por eso, Jonás tomó la decisión equivocada de desobedecer el mandato de Dios, huyendo a Tarsis. Sin embargo, Dios se encargó de que Jonás no consiguiera su propósito. Y por segunda vez, el Señor le dijo a Jonás lo que tenía que hacer. Si antes el profeta desobedeció, ahora obedece. “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga”. Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yavé. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jon 3, 2-4).

¡Qué importante es obedecer a la primera! Es lo que tiene más mérito. El que obedece con fidelidad no conoce demoras, evita dejarlo para mañana, no sabe qué es el retraso, antepone a todo al que manda. Tiene puestos los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. Todo se pone en acto para cumplir la voluntad del que manda (San Bernardo, Sermones diversos 41, 7).

¡Qué diferencia tan grande entre la actitud de Jonás y la de los apóstoles! En el Evangelio según Marcos vemos cómo los apóstoles, ante la invitación de Cristo: Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Al instante dejaron las redes y le siguieron (Mc 1, 17-18).

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios amenaza con castigos a ciudades por los pecados y maldades de sus habitantes. Amenazas que son cumplidas. Así, Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por una lluvia de azufre y fuego. Sin embargo, en el caso de Nínive la amenaza divina no se cumplió. ¿El motivo? Porque los habitantes de Nínive se convirtieron de su mala conducta. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor (Jon 3, 5). Reconocieron su mala conducta, no justificaron sus pecados. Hubo una verdadera conversión. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo (Jon 3, 10).

En muchos lugares de la Biblia se habla de la misericordia de Dios. Y éste, el de conversión de los ninivitas es uno de ellos. Cuando el hombre pecador se arrepiente, Dios borra su pecado. Y es que nuestro Dios, el único Dios que existe, es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia (Sal 144, 8). Por medio del profeta Joel, el Señor nos exhorta: Convertíos a mí de todo corazón (Jl 2, 12). Es una llamada fuerte y clara. Dios no quiere la muerte del impío, sino que se convierta y viva.

La inminente llegada del Reino de Dios exigía una auténtica conversión del hombre hacia Dios. Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel lejos de Dios. Volved, hijos descastados, Yo curaré vuestras infidelidades (Jr 3, 22). Jeremías dice al pueblo elegido que vuelva a Dios, que Él puede perdonar los pecados. E Israel responde reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos. Con esperanza vuelve a Dios. ¡Aquí estamos. A Ti venimos, porque Tú eres el Señor, nuestro Dios! (Jr 3, 22). Isaías habla de conversión y de salvación: Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos (Is 30, 15). También el profeta Oseas hace una llamada a la conversión: ¡Conviértete, Israel, al Señor, tu Dios, pues caíste por tu culpa! Preparaos las palabras y convertíos al Señor (Os 14, 2-3).

Por eso, la insistencia tanto de san Juan Bautista como del Señor en invitar a la conversión. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).

Jesucristo inicia la proclamación del Evangelio con las mismas palabras de san Juan. El Precursor había preparado el camino al Señor. Preparar nuestra vida es propio del amor de Dios. Él no nos hace cristianos por generación espontánea. Es una obra de preparación que Jesús lleva adelante en muchas generaciones. También ahora, en el siglo XXI, se nos pide que nos convirtamos. Es el papa Francisco quien dice: Hay una llamada a los que viven de las apariencias, los cristianos de las apariencias. Estos se creen vivos pero están muertos, y el Señor les pide estar vigilantes. Las apariencias son el sudario de estos cristianos: están muertos y el Señor los llama a la conversión. ¿Yo soy de estos cristianos de las apariencias? ¿Tengo vida dentro, tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo, escucho al Espíritu Santo, voy adelante, o…? Pero, si todo parece bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy en gracia de Dios, estoy tranquilo. Los cristianos de apariencia ¡están muertos! Buscar algo vivo dentro y con la memoria y el estado de alerta, vigorizar esto para que se pueda ir hacia adelante. Conversión: desde las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Lc 5, 32). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados (Lc 24, 47). Una vez que el Señor ascendió al Cielo, los Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios.

¿Qué se entiende por conversión? Un aspecto de la conversión es la renuncia al pecado, lo que supone detestar el pecado cometido. No basta proponerse cambiar de vida, sino que requiere dolerse de la falta cometida, tener la actitud del salmista: Reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre ante mí (Sal 50, 5). Convertirse es en primer lugar alejarse positivamente del pecado, de su servidumbre; romper con las ataduras del pecado que son iniquidad, injusticia, oposición a la Ley de Dios.

Pero el aspecto principal de la conversión es el movimiento de vuelta a Dios, el reconocimiento de que el pecado es ante todo ofensa a Dios, alejamiento de Él. Contra Ti, sólo contra Ti he pecado (Sal 50, 6), canta el salmista (en este caso, el rey David), y debe ser el principal pensamiento de quien se convierte. La conversión exige volver ordenar la vida hacia Dios, de forma que nada en la existencia del hombre quede desvinculado de su Creador.

La Iglesia, siguiendo a su divino Fundador, con sus invitaciones a la conversión, viene providencialmente a sacarnos de la indolencia, de la falta de sensibilidad para las cosas de Dios, del seguir adelante por inercia, de la tibieza… o del pecado. ¿Por qué debemos volver a Dios? Preguntaba el papa Francisco en una homilía, y él mismo respondía: Porque algo no está bien en nosotros, no está bien en la sociedad, en la Iglesia, y necesitamos cambiar, dar un viraje. Y esto se llama tener necesidad de convertirnos. Y nos recordaba que Dios es fiel, es siempre fiel, porque no puede negarse a sí mismo, sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y recomenzar de nuevo. El primer deber de la Iglesia es proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor. Y siempre es tiempo de conversión.

Sí, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (2 Co 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 13).

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos presenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, mas como siervo distante que como buen hijo y hermano. No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos (Javier Echevarría).

Se dice de Alfonso X el Sabio -era aficionado a lo astronomía- que mientras estudiaba el cielo, y conquistaba los astros, iba perdiendo la tierra. Peor es la actitud de los que, por querer ganar la tierra, por hacer oídos sordos a la llamada de Dios a la conversión, pierden el Cielo.

Es un error dejar la conversión para más adelante. Hay que tener en cuenta estas palabras de san Agustín: No digas, pues: “Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a las personas (Comentario sobre el Salmo 144).

Hermanos, os digo esto: el tiempo es corto (1 Co 7, 29). Tanto san Pablo como los demás Apóstoles recuerdan en sus escritos la brevedad de la vida terrena, como un estímulo para aprovechar con intensidad todos los momentos en servicio de Dios y, por Él, a todos los hombres. Y mientras hay tiempo se puede rectificar, volver al buen camino si se ha tenido la desgracia de salirse de él. Después y mañana son dos palabras molestas, síntoma de pesimismo y de derrota, que, con esta otra: imposible, hemos borrado definitivamente de nuestro diccionario. ¡Hoy y ahora! (San Josemaría Escrivá).

La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso acudimos a Ella para que nos obtenga de su divino Hijo la gracia de permanecer fieles. Y le decimos: Madre, no permitas que me aleje del buen camino. Si por debilidad esto ocurriera, haz que me convierta enseguida, Y si alguna vez me enfrío, o si se entibia algún rinconcillo de mi corazón, corrígeme enseguida, fomenta mi compunción y mi dolor, y haz que yo ame con más fidelidad.

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