La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXV)


Real e Ilustre Hermandad de Penitencia y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora en su Soledad

Cae la tarde del Viernes Santo, ya ha anochecido en Jerusalén… también se ha hecho de noche en la Huelva marinera. Por las calles céntricas de la vieja Onuba va la procesión del Silencio. ¡Qué lejos queda el bullicio y la algarabía de los niños con sus palmas acompañando a Jesús! Ahora contemplamos a Santa María en su Soledad. Durante los días anteriores, la hemos visto en los “pasos” de las distintas hermandades. Imágenes de la Madre de Jesús con distintas advocaciones, algunas pasionistas: María Santísima del Dulce Nombre en su Mayor Aflicción, Nuestra Señora de los Dolores, María Santísima del Mayor Dolor, Nuestra Madre y Señora de los Dolores, Nuestra Madre de la Consolación y Correa en sus Dolores, María Santísima de la Amargura, Nuestra Señora del Calvario, María Santísima en la Resignación de sus Dolores, Nuestra Señora de las Angustias. Otras son de virtudes: María Santísima de la Misericordia, Nuestra Señora de la Esperanza, María Santísima de la Caridad. También están las que hacen referencia a su protección maternal con los fieles cristianos: María Santísima del Amor, María Santísima del Patrocinio, María Santísima del Refugio, María Santísima Madre de Gracia. Y otras diversas advocaciones que no sabemos agruparlas: Nuestra Señora de los Ángeles, María Santísima del Rosario, Nuestra Señora de la Paz, María Santísima del Rocío y Esperanza, Nuestra Señora de la Salud, Nuestra Señora del Valle, María Santísima de la Estrella, María Santísima de la Victoria, María Santísima de la Concepción. Después de sepultado Cristo, Soledad de María y Santa María en su Soledad.

Con su Pasión y Muerte, Jesús ha abierto el camino de la fe… su Madre es la primera en recorrerlo. Ha visto agonizar y morir a su Hijo sobre una cruz, ha compartido con Él la humillación y el sufrimiento redentor. Con su corazón de Madre destruido, supo callar. Silencio de María. Ella sabe que el Sacrificio de Cristo es camino abierto por Dios para poder salir de la esclavitud del mal y del yugo de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Ese Camino es Jesús, Crucificado y Resucitado, y sus llagas llenas de misericordia. Nuestra Señora en su Soledad, ayuda a vivir el Sábado Santo -día de fe- en santa reflexión entre la realidad del Sacrificio de la Cruz y la esperanza de la Resurrección.

La Virgen María fue especialmente asociada con Jesucristo a la Redención del género humano. Al decir que sí -con todo su corazón- al ofrecimiento de Dios se asoció como nadie a los méritos redentores de su Divino Hijo, y todos los actos de su vida tuvieron ya valor corredentor. Pero fue junto a la Cruz de Jesús donde María principalmente ejerció su misión corredentora. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante soportó el dolor y casi la muerte; abdicó de los derechos de madre sobre su Hijo, para conseguir la salvación de los hombres, y para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar con razón que redimió con Cristo al linaje humano (Benedicto XV). Una mujer, oyendo en una iglesia que el predicador hablaba del sacrificio de Abrahán, comentó: Dios no habría pedido ese sacrificio a una madre. Y, sin embargo, lo pidió a la Madre de su Hijo, y Ella, llena de la fe de Abrahán, ofreció generosamente a Dios a su Hijo crucificado, porque creía que la Cruz sería signo de la Historia de la Salvación y que aparecería en el Cielo para concluir victoriosamente esa historia. Ésta es la misteriosa economía divina: Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso (San Josemaría Escrivá).

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Recordemos los inmensos dolores que por nuestra Salvación sufrió la Virgen María. En las imágenes de la Virgen Dolorosa se suele poner el corazón atravesado por siete espadas, que representan siete dolores de Santa María. El primer dolor fue la profecía del anciano Simeón. Éste le dijo a María: Mira, éste ha sido puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones. El segundo dolor fue la huida a Egipto. Un ángel le dijo a José: Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo. El tercer dolor fue la pérdida del Niño en Jerusalén. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino y lo buscaban entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en busca suya. El cuarto dolor tuvo lugar en la Calle de la Amargura al ver a su Hijo llevando la Cruz. Dice una antigua tradición que María estaba a la vera del camino por donde pasaba Jesús y todo su cortejo; viéndose entonces presa de un inmenso dolor, una espada traspasó el alma de María, que gemía en la más profunda aflicción. El quinto dolor fue la Crucifixión de Cristo. María estuvo al pie de la Cruz de su Hijo. El sexto dolor fue el descendimiento de Cristo y el tener a su Hijo muerto en sus brazos. Y el séptimo dolor fue la sepultura del Señor.

La Virgen tuvo que sufrir para caminar en la fe y en la voluntad de Dios. Ante dolorosos acontecimientos de la Pasión y Muerte de Jesús respondió con fe. Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el ángel le anunció a su Hijo: “Será grande; el Señor Dios Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal (Papa Francisco). Sin embargo la Virgen es la Madre de la fe. El Sábado Santo es el día del Sepulcro y también de la fe. Después vendrá el alba de la Resurrección.

La Virgen en su soledad recordaba con dolor la presencia de su Hijo cuando el procurador romano lo presentó al pueblo coronado de espinas y sangrando; la mirada que le dirigió Jesús en aquel encuentro camino del Calvario; las largas horas viéndole morir al pie de la Cruz. No podía hacer otra cosa si su Hijo era su Amor y su Dios: oía su respiración entrecortada en la Cruz; le venían a la memoria las palabras que pronunció antes de morir. Sus lágrimas de Madre dolorosa se mezclaron con la Sangre de Cristo al tenerle muerto en su regazo. Todos estos recuerdos le quemaban el corazón. Pero su fe estaba intacta. Vio las llagas de las manos, de los pies y del costado de su Hijo muerto cuando le bajaron de la cruz. Sin embargo, ¡cómo deseaba abrazarle de nuevo! ¡Pronto! Pero qué lentamente pasaban las horas del aquel sábado. Veía cómo se llevaron sus amigos aquel cuerpo muerto, y pedía con lágrimas al Eterno Padre que lo resucitara. Sabía de su Hijo la seguridad que tenía en su Padre Dios, una vez había dicho: “Padre, yo sé que tú siempre me escuchas”, creía sin el menor resquicio de duda que Jesús iba a resucitar, y su alma perdía el dolor y se alegraba en la esperanza de ver pronto a su Hijo vivo, y de abrazarle. Se llenaba de alegría imaginándose ya al Hijo resucitado (Luis de Palma).

El “paso” de Nuestra Señora en su Soledad entra en medio de un elocuente silencio en su templo, la Iglesia Parroquial de la Purísima Concepción. En las horas que nos espera hasta el amanecer del primer día de la semana, acompañemos a María, la mujer de amor y de esperanza. Hay otras buenas mujeres que compran aromas para honrar el Cuerpo de Señor, y en cuanto lo permita la ley mosaica irán al Sepulcro. Pero la Virgen permanece en casa con el apóstol Juan -y con él, todos nosotros-. Allí espera confiada en que se cumplirá la palabra de Jesús, que seguramente le ofrecerá las primicias de su victoria con su primera aparición Resucitado.

Y ahora nos dirigimos a Ti, Madre, con una oración salida de labios de san Juan Pablo II: Con certeza filial sabemos que en tu oído está el anuncio del ángel, en tus labios, el cántico de alabanza, en tus brazos, Dios hecho Niño, en tu corazón, la cruz del Gólgota, en tu frente, la luz y fuego del Espíritu Santo, y bajo tus pies la serpiente derrotada.

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