Una niña santa (Venerable Anne de Guigné)


Aprendiz del sufrimiento (Venerable Anne de Guigné)

Huérfana de padre

Anne de Guigné nació en 1911, en Annecy-le Vieux. Era la mayor de cuatro hermanos. Su padre era el conde Jacques de Guigné, de profesión militar; y su madre, Antoinette de Charette, era sobrina nieta del conocido general François de Charette. Hasta los cuatro años se la veía como una niña celosa y orgullosa. Cuando tenía tres años ocurrió un acontecimiento que cambiaría la historia de Europa y que a ella le afectaría.

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero del Imperio austro-húngaro, era asesinado en Sarajevo por un estudiante bosnio, llamado Princip, al servicio de la organización paneslavista la Mano Negra, dirigida desde Belgrado. La noticia del magnicidio conmovió el viejo continente, pues para muchos fue la chispa que agitó los ánimos e hizo estallar una tremenda tempestad llena de odio. El pistoletazo de Sarajevo fue la mecha que incendió el polvorín europeo, dando lugar a la gran tragedia que se cernió sobre Europa: la I Guerra Mundial.

El impulso hacia la guerra, lento al principio, y luego, a medida que transcurrían los días de julio, a un paso terriblemente acelerado. Ahora, los hombres que habían jugado con fuego, los estadistas de Austria, Rusia, Alemania y Francia, intentaban contener la hoguera creciente. La decisión de movilizar los ejércitos y desenfrenar las palabras era demasiado grave. Reyes y emperadores -los regios parientes de Europa- se enviaban unos a otros patéticos, afectuosos y desesperados telegramas suplicando la paz. Pero los lazos de familia fueron demasiado frágiles para impedir lo inevitable. El canciller austríaco, Berchtold, estimó que era preciso humillar a Serbia. El 28 de julio, Austria, contando con el apoyo de Alemania, declaró la guerra al país balcánico. Era la primera declaración de guerra. Después se sucedieron otras declaraciones, y a lo largo de todas las fronteras de las grandes naciones europeas comenzaron a dispararse los fusiles, que irían intensificando el fuego a medida que llegaban las divisiones y el estampido de los cañones acompañaba el tableteo de las ametralladoras en el tremendo holocausto.

Jacques de Guigné, siendo segundo teniente del 13º Batallón, Chambéry de Chasseurs Alpins, marchó al frente. El 29 de julio de 1915, el padre de Anne murió liderando un ataque contra los alemanes. Durante el tiempo bélico, todas las familias de Francia sabían que la visita de un funcionario del estado civil o de un miembro del clero era para comunicar una muerte en el campo de batalla. Por eso, cuando Antoinette de Charette vio a don Métral, párroco de Annecy-le-Vieux, acercarse a su casa para llamar a la puerta, entendió que su marido, ya herido en tres ocasiones, nunca más volvería.

Un cambio notorio

Cuando Antoinette comunicó a Anne, que tan sólo tenía cuatro años, la muerte de su padre, le dijo: Anne, si quieres consolarme, tienes que ser buena. Y la niña con comprensión madura, supo consolar a su madre diciéndole que su padre se había levantado con los ángeles. Desde aquel momento, Anne fue diferente, pues dejó de ser desobediente, soberbia y celosa. En cambio, trabajó duro para complacer a su madre y se volvió muy piadosa. Y comenzó a llevar una lucha continua y acérrima para ser buena. Saldrá victoriosa del combate para lograr su transformación interior gracias a su voluntad pero sobre todo -según sus propias palabras- por la oración y los sacrificios que se impuso. A veces se la verá ponerse colorada y apretar sus pequeños puños para dominar su genio ante las contrariedades encontradas: luego poco a poco se espaciaron las crisis y en su entorno todos llegaron a pensar que todo le resulta agradable. Su camino hacia Dios es su amor por su madre que quiere consolar.

Primera comunión

Anne de Guigné hizo su primera comunión unos pocos años después del decreto Quam Singulari de san Pío X (8 de agosto de 1910) promoviendo la comunión temprana en los niños. Él mismo tuvo que esperar hasta la edad de 12 años para hacer su primera comunión. Las virtudes heroicas de la pequeña Anne fue uno de los frutos de este decreto.

El 26 de marzo de 1917, Anne de Guigné recibió por vez primera a Jesús Sacramentado, etapa decisiva en su ascenso a la perfección. Incluso antes de la dolorosa muerte de su padre en la guerra, ella le pidió a su madre que le hablara sobre su primera comunión. La señora Guigné escribió el 28 de junio de 1915: Me sorprende su inteligencia: me habla mucho de su primera comunión, y sobre todo me pide que se le hable al respecto. Sus respuestas a menudo me sorprenden, y yo voy a comprar un catecismo pequeño que le enseñaré poco a poco. Y es que Anne deseaba con todo su ser y toda su alma recibir a Jesús en la Hostia Santa. Este deseo hizo que se preparara para su primera comunión con alegría.

Sólo hay una cosa que le importaba antes de ese gran día: Tener un corazón puro y llenar sus días de pequeños sacrificios. Su padre no estaría allí, pero le asistiría desde el cielo. El gran día tan esperado por fin llega. La noche del 25 al 26 de marzo de 1917, Nénette no durmió mucho y, a menudo llamaba al Buen Jesús. Desde el amanecer hasta la Misa, ella casi no hablaba. Entró con los ojos bajos a la capilla de las Auxiliadoras y allí, uniendo todo su corazón a las oraciones que se hicieron con los otros niños, ella se mantuvo en total meditación.

En octubre de 1916, Nénette (apelativo familiar de Anne) tuvo la alegría de iniciar su catequesis con las Religiosas Auxiliadoras de Cannes. Y aunque no era niña dotada para los estudios seculares, ella mostró una notable clarividencia para el catecismo. Ella evolucionaba con perfecta facilidad en medio de veinte niñas, todas mayores que ella. Ella las sobrepasaba con su joven ciencia. Para su primera confesión, se le recomendó no dejarse intimidar, ella exclamó: ¡Tener miedo del sacerdote! Pero, ¿cómo voy a tener miedo, si él toma el lugar de Nuestro Señor?

La Superiora de las Auxiliadoras del Purgatorio consideró que Anne estaba lista para su primera comunión. Debido a su corta edad necesitaba una dispensa para poder comulgar pues ni siquiera ha cumplido seis años. El obispo, reacio a concederla, quiso someterla a un severo examen. Un sacerdote jesuita la examinó. Nada confundió a la pequeña Anne, quien oró al Espíritu Santo con todas las fuerzas de su corazón. Estas son algunas de sus brillantes respuestas: ¿Qué sacramentos ha recibido? El bautismo y la penitencia. ¿Y cuáles va a recibir?La Eucaristía y la confirmación. ¿Y más tarde?Tal vez el matrimonio. ¿Y el Orden?Oh! Padre, el sacramento del Orden, eso es para usted. ¿Cuáles son sus defectos dominantes?El orgullo y la desobediencia. Y superó el examen con facilidad. Cuando el obispo le preguntó al sacerdote que la había examinado por el resultado del examen, el jesuita dijo: Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión como esta niña. Así, Nénette aún no tenía seis años, pero sí uso de razón y pudo hacer su primera comunión.

El fervor con el que ella recibió la Santa Hostia no se puede describir -dijo su madre-, pero su dulce rostro delataba una felicidad ideal y perfecta. Nénette, al hacer su primera comunión, le dijo a Jesús: Niño Jesús, te quiero. Y para darte gusto, voy a obedecer siempre. Anne también se consagró el día de su primera comunión a la Virgen María.

La Madre Saint-Raymond dio este hermoso testimonio en ese día maravilloso: La alegría de su primera comunión era increíble… Habiendo reunido a todos los pequeños, yo les dije: “Nosotros no podíamos darles algo mejor porque nosotros ya les hemos dado a Jesús”. En ese momento, brilló en los ojos de Nénette un destello de alegría que nunca olvidaré.

Anne escribió el siguiente cántico para su primera comunión: Préstamelo, ¡Oh María mi buena Madre! // Préstame tu Hijo, sólo un segundo // deposítalo en mis humildes brazos. // Concédeme, María que bese los pies de tu querido Hijo // que tantas gracias me dió. // ¡Cuánto deseo, Oh María, // recibir a tu Hijo en mis brazos! //¡Dámelo, dámelo! // ¡Cuán feliz estoy ahora // que lo tengo conmigo!

Dos semanas después de su primera comunión, el 10 de abril de 1917, un martes de Pascua, Anne recibió el sacramento de la confirmación de las manos de monseñor Henri-Louis Capon, entonces obispo de Niza. Ella recibió el sacramento muy joven, y no por una excepción, sino porque la costumbre en la época era dar la confirmación poco tiempo antes o después de la primera comunión.

Para Anne de Guigné el faro que alumbra su camino de conversión es su primer encuentro con Jesús en la comunión. Después de la muerte de su hija, su madre escribió: La primera comunión en sí marca una segunda etapa: a partir de ahí, no veo más que una ascensión regular y sin interrupción. Su madre estaba convencida de que ella se sobrepuso a sus defectos dominantes (el orgullo y la desobediencia) a través del Jesús obediente que ella recibió en la Santa Eucaristía. Nénette prometió en una nota: Siempre seré muy sabia para complacer al pequeño y adorado Jesús y para complacer a mamá. El Niño Jesús, me parece que me respondió en mi corazón. Yo dije que quería ser muy obediente y me pareció oír: “Sí, sé obediente”.

Una vida en la presencia de Dios

Anne de Guigné llevó una vida ordinaria, sin ningún prodigio, pero la intensidad de su amor a Dios y a los demás, supo dar a su vida, conducida por el Espíritu Santo. En los pocos años de su vida se descubre la luminosa limpidez de la relación de esta niña con Dios, la maravillosa aventura de una niña cuyo universo llegó a ser ofrenda pura, transparente a lo Divino, inmenso como el Amor. Desde su primera comunión hasta su muerte fue un período de cambio continuo de lo menos perfecto a lo más perfecto; una fase en la que el Amor divino fue revelado a su corazón de niña; una fase devotamente activa para la conversión de los pecadores, los pobres y los afligidos, para su pequeño hermano y hermanas. Su madre fue capaz de afirmar: Esta niña vivía siempre en la presencia de Dios, pues su comportamiento habitual era una prueba clara y manifiesta de la atracción divina, y de la docilidad con la que Anne respondía.

La vida de Anne, de ahora en adelante, seguirá de forma sencilla y constante bajo el impulso del Espíritu. Nunca he visto nada comparable a la acción que el Espíritu Santo estaba operando en ella, declaró la Madre Saint-Raymond, la religiosa que fue su catequista. Ésta le preguntó una vez: Y el niño Jesús ¿no te dice nada? Anne duda un momento, por humildad, en contestar, y confesó: Si, Madre, cuando estoy muy recogida, no siempre. Y a la pregunta: ¿Y que te dice el niño Jesús?, la niña responde: Me dice que me quiere mucho. Esto también se lo dijo a uno de sus primos: El buen Jesús me quiere mucho, y yo lo quiero mucho también. Su madre declaró que un día le preguntó por qué no quería utilizar su misal, y ella le contestó: Porque me sé de memoria las oraciones de mi misal y me distraigo a menudo leyéndolas, mientras que cuando le hablo al niño Jesús no me distraigo en absoluto. Es como cuando se habla con alguien, Mamá, se sabe muy bien lo que se dice.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás. Padeció de reuma, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: Jesús, se lo ofrezco; o bien: Oh no, no sufro, aprendo a sufrir. En diciembre 1921 sufrió una enfermedad cerebral, probablemente una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: Dios mío, quiero todo lo que Tu quieras, añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su cura: “… y cure también a los demás enfermos”.

Muerte

Anne comenzó a tener dolores de cabeza debido al dolor de columna, pero aún así hizo su trabajo en la escuela. Se puso tan mal que entró en coma y el médico vio que tenía meningitis. A una monja que acudió a pedirle a Anne enferma si podía ofrecer algunas horas de sufrimiento para un alma en peligro, ella le respondió: Estoy dispuesta, pero no hoy. Todo el día ya está concertado con Dios, cada hora. Cuarenta y ocho horas antes de su muerte, llamó a su madre para decirle que ve a su ángel custodio, y luego a su hermano y hermanas para decirles: ¡Venid a ver… oh, pero venid a ver lo bonito que es!

Anne de Guigné falleció en Cannes al alba del sábado 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? -Si, mi niña bonita. -¡Gracias, hermana, oh gracias! Y en la paz del Señor descansó. Eran las cinco y media de la mañana.

Testimonios

Las marcas del camino de piedad de Anne son sus pensamientos, que reflejan la intensidad de su vida espiritual, y los numerosos testimonios de su entorno relatando los continuos esfuerzos que hacía para progresar en su conversión. Es imposible hacer una selección significativa de estos testimonios, ya que cada uno de ellos manifiestan una cualidad de corazón o la voluntad de deshacerse de un defecto, o una riqueza espiritual extraordinaria. He aquí algunos testimonios:

Lo que yo decía en el catecismo, testifica la Madre Saint-Raymond, respondía en ella a la voz interior, a los deseos, a las necesidades, a las aspiraciones de su alma. Ella ya había entendido lo que le enseñaba, por haberlo experimentado: mi palabra era sólo una proyección verbal de su vida interior.

Encontramos varias veces a la niña arrodillada en un escalón de la escalera durante el día. Cuando se le preguntaba qué estaba haciendo allí, decía:Le doy gracias a Jesús de que quiera entrar en mi corazón”. O la oíamos murmurar en medio de una ocupación, un juego, que ella abandonaba un momento: “Gracias, Jesús”.

La acción divina realizará en ella en poco tiempo, lo que años de esfuerzo humano no podrían haber hecho. Esto es lo que pone de relieve la Madre Saint-Raymond: Tantas virtudes no podrían explicarse humanamente. Era necesario que el Espíritu Santo realizara todas estas maravillas, ya que un niño nunca habría tenido la fortaleza de ser tan constante en el amor de la perfección. Es la gracia que hacía todo, y ella siguió el movimiento de la gracia; y cuanto más daba ella, más el Buen Dios la dirigía y Anne mejoraba aún más. Era un movimiento de retornos perpetuos, de perpetuo rendimiento, de movimiento perpetuo, de aumentos perpetuos de amor. Y, repitiendo las palabras del confesor de Anne: El Espíritu Santo hacía todo lo que quería en esta pequeña alma, la religiosa concluyó: ¡Estas palabras lo explican todo.

Las citas que siguen son algunos resúmenes de anécdotas que ilustran la vida de esta niña y son hechos ejemplares:

Su madre dijo de ella: Muy pequeña, antes de sus cuatro años, su obediencia era muy difícil; se resistía, incluso con violencia, y a partir de ese momento, comenzó a dominarse, para llegar a una obediencia ciega… y eso le costó mucho. Desde la edad de cuatro años hasta su muerte, su esfuerzo para alcanzar la perfección siempre fue constante. Nada espectacular… no hay hechos deslumbrantes, pero sus actos más pequeños fueron inspirados por el Espíritu Divino, y en ellos puso todo su amor.

El testimonio de su profesora, la señorita Basset es: No hay nada extraordinario en su vida, si no es su perseverancia para hacerse buena. El secreto de su ascensión espiritual: la oración y la voluntad. Ella fue la que me enseñó lo que es amar a Dios…

Un sacerdote, el padre Jacquemont, dio este testimonio: “Mi niña, ¿amas al Buen Dios?” Ella me respondió con tal intensidad de la mirada y de toda la fisonomía: “Padre, lo amo con toda mi alma” que nunca jamás podré olvidar aquél ardor de amor que reflejaba.

Dijeron de ella. Una amiga cercana: Anne tenía un amor de Dios que no puede ser expresado. Una tía de Anne afirmó: Me pareció que de tener una falta en la conciencia, no habría sido capaz de sostener esa mirada. Una religiosa: Se ve Dios en sus ojos. Una pequeña compañera: No se la puede mirar sin convertirse en algo mejor y sin pensar en Dios. Una incrédula que asistió a un réquiem por un miembro de su familia, al ver la faz radiante de Anne después de la comunión, escribió: Verdaderamente, es algo divino. Ya no puedo creer que no hay Dios.

En una carta de Jeanne Voillaume a su prima Hélène de Comulier, escrita en febrero de 1922, poco después de la muerte de Anne, se lee: Me dices lacónicamente que Anne murió. Es cierto que pasé no más de tres horas con ella. ¡Pues bien! Te aseguro que nunca olvidaré la sensación de pureza extraordinaria que me dejó esa niña.

Sus pensamientos

Cuando tenía cinco años le pusieron cataplasmas sinapesados. Ella dijo: Esto quema demasiado, pero mi pequeño Jesús te lo ofrezco.

A su madre le dijo en noviembre de 1918 para consolarla: ¡Oh, Mamá, no tengas pena! Papá querido es infinitamente feliz. Él nos ve, y nos ama; y un día iremos con él. No llores más por favor.

Para llegar a ser más buena quiero hacer un sacrificio.

Tenemos alegrías en la tierra, pero duran poco; la que dura, es haberse sacrificado.

En otoño de 1921 dijo: Comprendo que se sufra y se sienta pena, pero porque ¿atormentarse ya que Dios está presente?

¡Qué bien estoy, mamá, y que feliz!, ¡El niño Jesús me dice que me quiere mucho más que yo a Él!

A su hermano Jacques le aconseja: ¿Por qué no te diriges a tu Ángel Custodio? Él te ayudará.

Cuando hizo la primera comunión colocó la siguiente nota sobre el altar: Mi niño Jesús, yo le amo, y para complacerte tomo la resolución de obedecer siempre.

Nota para su madre en el año 1917: El niño Jesús, creo que me contestó en mi corazón: yo le decía que quería ser muy obediente y me pareció oír “sí, sélo”.

Quiero que mi corazón sea puro como un lirio para Jesús.

Nota tomada en un ejercicio espiritual en 1920: Quiero que Jesús viva y crezca en mí. ¿Cómo lograrlo?

Bien podemos sufrir por Jesús, puesto que Jesús sufrió por nosotros.

En una imagen del Calvario dibujada por ella, Anne había escrito: De pie delante de la cruz donde colgaba su Hijo, la Madre dolorosa lloraba resignada. Concédame la gracia de llorar con Ella. Y añadía: Porque a Jesús no se le ama bastante.

Proceso de beatificación

La muerte de Anne de Guigné fue en olor de santidad. Tras sólo once años de vida, dejó una extraordinaria fama de santidad, que se extendió rápidamente después de su muerte, tanto en Francia como en otros países. Para la opinión general, esta niña es una santa, según los testimonios y los artículos que se publican sobre ella. Por lo que el obispo de Annecy abrió en 1932 el proceso de beatificación. Pero en aquella época hay una dificultad para la marcha de la causa: la Iglesia nunca había tenido que juzgar de la santidad de una niña que no fuera mártir. Años después este obstáculo desapareció, y las investigaciones realizadas en Roma sobre la heroicidad de las virtudes de la infancia se concluyeron positivamente en 1981. El 3 de marzo 1990 el papa san Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anne de Guigné y proclamándola “Venerable”.

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