La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (III)


Dominica, Real, Ilustre, Fervorosa y Primitiva Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de la Sagrada Cena, Santísimo Cristo del Amor, María Santísima del Rosario en sus misterios Dolorosos y Gloriosos y Santo Domingo de Guzmán

Jesucristo es Dios encarnado, y Dios es Amor. Y en la Última Cena vemos a ese Cristo del Amor, porque antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Y lo demostró con creces.

Desde El Polvorín viene el Santísimo Cristo del Amor a recorrer nuestras calles, convirtiendo la ciudad en un cenáculo, para hablarnos de esa locura de amor de Dios por el hombre que es la Eucaristía. Sí, desde la parroquia del Sagrado Corazón, porque el Corazón de Jesús es la ternura de Dios, de ese Dios que es Amor. Es la Cena del Señor el misterio del “paso”. Amor y Eucaristía. Sobre la mesa, pan y vino que se convierte en el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo verdadero. Es la Pascua nueva y cristiana deseada con corazón ardiente por el Divino Redentor. Y también nosotros, gente de esta Huelva lejana y rosa -como la vio el poeta desde su Moguer natal-, ardientemente esperamos encontrar esa mirada serena y llena de amor que entra en el corazón. Con su mirada, Jesús quiso mostrarnos su corazón como el corazón que tanto amó. Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar: Como yo os he amado, amaos también unos a otros. Dios se hace cercano por amor y camina con su pueblo, y permanece con nosotros en su Iglesia, se queda en Eucaristía.

Y desde la tercera década del siglo XX Jesús Sacramentado está en el sagrario de la parroquia de un barrio que en su día fue periférico de Huelva. Por aquel entonces, El Polvorín era un barrio formado por mera acumulación de familias inmigrantes, y donde no había ni iglesia ni escuelas, solamente miseria, abandono e ignorancia. Y allí, debido a la lejanía del barrio con respecto a las dos parroquias históricas -San Pedro y la Concepción- se levantó la que sería la tercera parroquia de Huelva, la del Sagrado Corazón de Jesús. Esta iglesia parroquial es -a partir del año 1948- la sede canónica de la Cofradía de la Sagrada Cena, cuyo Titular es el Santísimo Cristo del Amor.

En la Cena del Señor, donde se instituyó la Eucaristía, hay una auténtica efusión de caridad y derroche de amor hasta el fin. Jesús sabe bien que celebra su última Pascua, y su Amor se desborda ante el ya próximo desenlace de su existencia terrena. La Pasión es inminente; ahí está la razón de su venida al mundo, el momento culminante de la Historia de la Salvación. Para que quede perpetua y eficaz memoria de su Sacrificio, va a hacer un nuevo milagro mediante la institución de la Sagrada Eucaristía, dejando a sus discípulos la prenda más valiosa de su paso por la tierra.

Penitencia y Sacramento contemplamos en el “paso” del misterio de la Hermandad de la Cena; de ese misterio de luz que ilumina a los cofrades onubenses para ver -en la celebración que hizo Jesús con sus Apóstoles de la Pascua judía- la oblación anticipada del Calvario, la muerte en una cruz del Redentor. Sí, misterio de luz es la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo”, y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio (San Juan Pablo II). Durante la estación de penitencia de la Hermandad, el Santísimo Cristo del Amor nos descubre nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para nuestra vida cotidiana en el mundo y en las más diversas situaciones. Leamos en los Evangelios lo ocurrido en el día anterior al del drama del Gólgota.

Llegó el día de los Ázimos, en el que se había de sacrificar el cordero de Pascua; y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id y preparadnos la Pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la preparemos? Les dijo: Cuando entréis en la ciudad, os saldrá al paso un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle hasta la casa en que entre, y diréis al dueño de la casa: El Maestro te dice: “Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos. ¿Dónde está la sala donde pueda comer la Pascua?” Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta; haced allí los preparativos para nosotros. Fueron y lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Sabiendo Jesús que el Padre le había puesto todo en sus manos, se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llegó a Simón Pedro; éste le dijo: Señor, ¿tú lavarme a mí los pies? Jesús le respondió: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde. Le dijo Pedro: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo. Al oír estas palabras de su Maestro, el apóstol dijo: Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: No estáis limpios todos. Después de lavarles los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios. Y mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad, comed, éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Tomó luego el cáliz y, dadas las gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos del cáliz, porque ésta es mi sangre de la Nueva Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros de nuevo en el Reino de Dios.

*****

El primer Jueves Santo de la historia, Jesús estaba a la mesa con los discípulos, celebrando la fiesta de Pascua. Y el Evangelio contiene una frase que es precisamente el centro de lo que hizo Jesús por todos nosotros: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Jesús nos amó. Jesús nos ama. El amor de Jesús por nosotros no tiene límites: cada vez más, cada vez más. No se cansa de amar. A ninguno. Nos ama a todos nosotros, hasta el punto de dar la vida por nosotros. Sí, dar la vida por todos nosotros; sí, dar la vida por cada uno de nosotros. Y cada uno puede decir: “Dio la vida por mí”. Por cada uno. Ha dado la vida por ti, por mí, por él… por cada uno, con nombre y apellido. Su amor es así: personal. El amor de Jesús nunca defrauda, porque Él no se cansa de amar, como no se cansa de perdonar, no se cansa de abrazarnos. Jesús nos amó, a cada uno de nosotros, hasta el extremo (Papa Francisco). Él es Cristo del Amor.

La Eucaristía es un misterio de amor, que retrata fielmente y expresa lo que es el Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús –Mis delicias son estar entre los hijos de los hombres– es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía. Misterio inefable con una gran riqueza de contenido: la maravilla del Amor de Dios, que se entrega a sus criaturas de modo especialmente asequible, bajo las apariencias del alimento más común, el pan, para que todos los hombres puedan recibir a Cristo e identificarse con Él. Porque el amor, cuando es auténtico -y nada hay más auténtico que el Amor de Dios-, busca la comunicación más íntima, el sacrificio gustoso, la entrega absoluta, la identificación con la persona amada.

No dejemos de dar gracias a Cristo Jesús que, como expresión de un amor infinito, se entrega en la Eucaristía, misterio de fe y fuente de la vida cristiana. Amor con amor se paga, dice el refrán. Amemos a Jesucristo presente en la Eucaristía, a ese Jesús que viene al altar en la Santa Misa y que se queda en el tabernáculo de nuestras iglesias. Y el amor a Jesucristo, realmente presente en los sagrarios, se demuestra con las prácticas de piedad eucarísticas, entre las que destacan la comunión frecuente y la visita al Santísimo Sacramento.

Cristo Sacramentado queda reservado en el sagrario de las iglesias para que se pueda acudir a Él. Y a veces, ¡qué soledad debe sentir el Señor en tantos sagrarios abandonados! Pacientemente nos espera… y tan insuficientemente correspondemos a su amor. ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadle abandonado! Estas palabras quiso el santo arcipreste de Huelva -san Manuel González- que se pusiera sobre la losa de su tumba, situada delante de un sagrario. Aquel párroco de San Pedro -un hombre que dejó huella imperecedera en nuestra ciudad- enseñó a leer el Evangelio a la luz de la lámpara de un sagrario, con un amor apasionado a la Eucaristía. Con su palabra y con su ejemplo no cesaba de repetir que en el sagrario de cada iglesia poseemos un faro de luz en contacto con el cual nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.

Ardientemente he deseado comer esta pascua con vosotros, dijo Jesús a sus discípulos al comenzar la Sagrada Cena. Sabía que aquella celebración pascual sería el comienzo de su Pasión. En el cenáculo, Jesús va a celebrar anticipadamente el Sacrificio del Nuevo Testamento, y este mismo Sacrificio se perpetúa en el tiempo cada vez que se celebra la Santa Misa. ¿Ardientemente deseo encontrarme cada domingo con el Señor en el Sacrificio del altar? Desgraciadamente, en nuestros días la práctica dominical es cada vez más baja. Por eso le pedimos al Santísimo Cristo del Amor que su recorrido por nuestras calles sea un recordatorio para todos de que Él nos espera el dies Domini en las iglesias de Huelva para que asistamos a la Eucaristía, y que cada día quiere que le visitemos en los sagrarios.

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