La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (IV)


La Muy Antigua, Real, Ilustre y Seráfica Hermandad Sacramental de la Purísima Concepción y Archicofradía de Nazarenos de la Santa Vera+Cruz, Sagrada Oración de Nuestro Señor en el Huerto y Nuestra Madre y Señora de los Dolores Coronada

Huelva, siglos antes de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción hecha por el beato Pío IX el 8 de diciembre de 1854, es una de las primeras ciudades españolas que secunda la creencia concepcionista. El 16 de mayo de 1515 se erige la actual Iglesia parroquial de la Concepción, que pasa a ser uno de los primeros templos dedicados en España a la Purísima. Y siglos después, desde esta iglesia en la tarde del Jueves Santo sale la procesión de la Oración del Huerto para recorrer las calles céntricas de Huelva. En el “paso” del Señor está representada la oración de Jesús en Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, sin el consuelo ni el apoyo de los suyos, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la Humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: No se haga mi voluntad, sino la tuya.

En la noche primaveral de Huelva contemplamos en el “paso” del misterio la escena de la noche de sueño y traición en el Huerto de los Olivos. Allí, pasado el torrente Cedrón, Jesús, al ser Dios, ve los tormentos y la muerte amarga que pronto padecerá en su Santa Humanidad. Para Él, es noche de oración y de obediencia a los designios salvíficos de Dios. Y en su alma tristeza y angustia. Atribulado por el peso de nuestros pecados y aceptando la voluntad del Padre, tomó sobre sí las iniquidades del mundo y se convirtió en víctima expiatoria. En su agonía -la agonía más grande que jamás haya visto el mundo- un ángel le conforta. Consuelo para quien fue tratado como un pecador aunque en Él nunca hubo pecado.

Y en ese “paso” del Señor parado ante nosotros, en una esquina cualquiera de la ciudad, vemos a Jesús con las rodillas hincadas en la tierra del huerto jerosolimitano hablando con su Padre, mientras Pedro, Santiago y Juan duermen. ¡Los discípulos dormidos! Mal sueño ese que deja a su Maestro en una abrumadora soledad. Despiertos y vigilantes… orando, es el ruego que el Señor nos hace a ti y a mí.

Aparta de nosotros, Señor, el sueño. Haz que estemos siempre bien despiertos, vigilantes; que seamos almas de oración y que cumplamos, como Tú, la voluntad de Dios, aunque a veces sea costosa.

En la Sagrada Imagen el imaginero supo plasmar en el rostro del Señor la capacidad de sufrimiento de la Humanidad asumida por el Verbo encarnado. Sintió toda la agonía y tortura de aquellos que niegan la culpa o pecan impunemente y no hacen penitencia. Era el preludio de la terrible deserción que Él había de soportar y pagar a la justicia de su Padre la deuda debida por nosotros. Si es posible, aleja de mí este cáliz. Con estas palabras se ve lo costoso que le resultaba a Cristo la aceptación de su muerte afrentosísima. El Hijo de Dios, en la débil carne humana necesitó la fuerza y el consuelo que le brindó el ángel, al que la tradición de la Iglesia le ha dado el nombre de “Ángel consolador” o “Ángel confortador”. Hemos de mirar al Señor en Getsemaní, pero también hay que mirar a los que le acompañaron y se quedaron dormidos. Hoy, como ayer, desgraciadamente podemos dejarle solo mientras otros se apresuran a combatirlo. El Evangelio de san Lucas, el único que narra la aparición del Ángel consolador, no trae ninguna palabra pronunciada por este ángel. Entonces, ¿cómo el ángel confortó a Nuestro Señor? El ángel conforta a Nuestro Señor con su sola proximidad. De la misma forma nosotros podemos consolar a Cristo Jesús acompañándole en su Pasión.

He aquí el relato evangélico del misterio que contemplamos en el “paso” del Señor.

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces les dice Jesús: Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Mas después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro intervino y le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Jesús le dijo: Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres veces. Dícele Pedro: Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré. Y lo mismo dijeron también todos los discípulos. Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras voy allá a orar. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú. Entonces, se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Viene entonces donde los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil. Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Viene entonces donde los discípulos y les dice: Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos!, ¡vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca.

*****

Ya de noche, Jesús y los apóstoles van del cenáculo a Getsemaní. La Última Cena ha sido la despedida, rebosante de cariño hacia los suyos. En el huerto, Jesús ora al Padre. Es el momento de aceptar con obediencia de hijo la voluntad divina. En los momentos importantes de su vida, Jesús reza: vuelve los ojos al Padre y entabla con Él ese diálogo lleno de confianza, ese diálogo de amor. Y ahora, en el momento decisivo, recurre a la oración. También nosotros debemos acudir a Dios mediante la oración.

La oración de Jesucristo en el huerto, su plegaria, es una lección perfecta de abandono y de unión con la voluntad de su Padre Dios. Jesús reza y pide a sus discípulos que recen: orar es un medio imprescindible para superad las tentaciones y mantenernos fieles a Dios. Como en otras ocasiones, el Señor enseña con la palabra y con el ejemplo. Recomienda a sus discípulos que oren, pero Él es el primero en hacer oración. San Lucas comienza y termina la narración de la agonía de Jesús en Getsemaní con la recomendación que hace el Señor a los Apóstoles de orar para no caer en la tentación. También a ti y a mí Cristo nos dice: Orad, para no caer en tentación. Sobre la tentación hay que decir que todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada han sido tentados: Nuestros primeros padres, Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Cristo nos ha enseñado, en el Padrenuestro, a pedir a Dios que nos ayude con su gracia para no caer a la hora de la tentación. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

El Señor sabe que necesitamos de la oración porque nos da fuerza para seguirle por el camino de la Cruz y para no caer en la tentación, ni en la rutina, ni en la tibieza. Con la oración siempre saldremos victorioso de los ataques del enemigo, superaremos las dificultades, recomenzaremos nuestra vida cuantas veces sean necesarias. Sí, la necesitamos porque en la oración el alma se duele de los pecados, crece en la caridad, la fe se certifica, se fortalece la esperanza, se pacifica el corazón, se descubre la verdad, se vence la tentación, huye la tristeza, se renuevan los sentidos, se separa la flaqueza, se despide la tibieza, y en ella saltan deseos del amor divino. A ella están siempre atentos los oídos de Dios, en ella se descubren sus secretos (San Pedro Alcántara).

La carne es débil. Hay personas que se justifican de sus caídas diciendo que la carne es débil. No es excusa. Precisamente por eso, porque la carne es débil, hay que rezar y luchar más, poner los medios para mantener el alma limpia, para no caer en la tentación. San Pedro estuvo dormido cuando el Señor le dijo que velase y orase con Él. Después vinieron los respetos humanos y las negaciones. No estuvo preparado para vencer en la tentación, porque descuidó la oración y se encontró sin fuerzas. Luego, arrepentido, lloró amargamente.

Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer, nos dijo Jesucristo. Hoy día en la sociedad hay muchos problemas que resolver, problemas a los que hay que dedicarles tiempo. A primera vista, esta recomendación del Cristo, contemplando la realidad social en la que estamos inmersos, podría parecer que está desfasada, que es anacrónica, que es un mensaje poco pertinente y poco realista, con las muchas cosas que hay que hacer. Y sin embargo, las palabras de Cristo, por ser divinas, son eternas y siempre actuales. Reflexionando bien, se comprende que estas palabras del Señor contienen un mensaje que ciertamente va contra corriente, pero que está destinado a iluminar en profundidad la conciencia de nuestra sociedad. Se puede resumir así: la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el Reino de Dios, y la oración es la expresión de la fe. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo (Benedicto XVI). Ejemplo bien elocuente es la caída del comunismo, de todo el imperio soviético, de la noche a la mañana. Se vino abajo como las murallas de Jericó. ¿Y cómo fue posible? Gracias a la oración de infinidad de confesores de la fe, de muchos mártires.

Ante las realidades sociales difíciles y complejas que vemos en nuestro mundo, ante el ambiente neopagano que se respira en estos tiempos que vivimos es preciso evitar el caer en un pesimismo, es necesario reforzar la esperanza. Una esperanza que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable. La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. La oración es la columna que nos trae fuerza y solidez del Cielo. Sin oración no hay nada que hacer, todo se vendría abajo. Nuestro mundo necesita cristianos que pongan plenamente su confianza en Dios y que, con su ayuda, se comprometan a difundir en la sociedad los valores del Evangelio. Pidamos al Señor, por la intercesión de Santa María, con fe auténtica y esperanza firme, que superemos los problemas y dificultades de nuestra época. Veremos cómo nuestra oración es capaz de contrarrestar eficazmente el desaliento y la violencia, y construir la ciudad terrena conforme al querer divino.

Agradezcamos a Dios el recordatorio que nos hace todos los Jueves Santo, con la estación de penitencia de la Hermandad de la Sagrada Oración de Nuestro Señor en el Huerto, de la necesidad que tenemos de rezar.

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