Domingo VI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)


Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio” Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio (Mc 1, 40-42). Explicando el Evangelio durante una sesión de catequesis, san Manuel González pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Aquel hombre enfermo de lepra confía en el poder milagroso de Jesús y pide con confianza, basándose en la misericordia de Cristo. Su oración es confiada y humilde. No hay en él una actitud exigente. ¿Cómo no iba a querer Nuestro Señor limpiarle de la lepra? Cristo se compadeció del leproso y le curó milagrosamente.

El enfermo de lepra llevará los vestidos rasgados, el cabello desgreñado, cubierta la barba, y al pasar gritará: “¡impuro, impuro!” (Lv 13, 45), ordenó Moisés. Al ser una enfermedad que se creía muy contagiosa, para evitar su propagación los leprosos debían vivir alejados de las ciudades y pueblos. Su situación resultaba muy penosa. Al trasladarse de un sitio a otro, debían avisar gritando su condición de personas “impuras”. Y para ser distinguidos por los demás fácilmente, llevaba la ropa desgarrada y el pelo sin peinar. En los Evangelios aparecen a menudo personas leprosas, de las cuales Jesús se compadece y les limpia de tan terrible enfermedad, siendo la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento. Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt 11, 5).

Cuando se habla de leprosos, es lógico referirse a san Damián de Molokai. Este santo misionero del siglo XIX, verdadero mártir de la caridad, pidió ser enviado a una isla del Pacífico -Molokai- donde eran deportados los leprosos, para poder atenderlos, tanto espiritualmente como en sus necesidades materiales. Allí fue testigo de la continua degradación de sus condiciones de vida de aquellos enfermos. Los leprosos, muertos en vida, sin fe en la que apoyarse, recibían a los que llegaban con una sentencia: En este lugar no hay ley. Y efectivamente, así era. El aquí ya no hay ley convierte a los débiles en esclavos y a los niños en juguetes sexuales. La angustia y la desesperación eran compañeras de la enfermedad. Había que ahogarlas en el alcohol y el sexo, por lo que la inmoralidad y la depravación imperaban en aquel cementerio viviente. No fue pura poesía haber llamado a Molokai el paraíso infernal o el pueblo de los locos.

San Damián se fue a vivir con los leprosos, a enterrarse con ellos. No sólo convivió con su enfermedad. Convivió también con su pobreza, llegando a ser tan pobre, que no supo que lo era. Llegó al corazón de aquellos seres sufrientes y marginados, porque los tocó, los abrazó con el saludo hawaiano tradicional, conversó con ellos en su propia lengua, vendó sus heridas, amputó cuando fue necesario sus dedos y sus pies, compartió con ellos su pipa, comió el plato de poi, rió con ellos, jugó con sus hijos enfermos, no mostró ningún signo de repulsión ante sus desfiguraciones… San Damián fue aceptado por los enfermos de lepra como uno de ellos. Siembro la buena semilla ‑escribió‑ entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos.

De la diaria adoración del Santísimo Sacramento sacó las fuerzas necesarias. En 1886 escribió: Por ser la Santa Eucaristía el pan del sacerdote, me siento feliz, muy contento y resignado en la situación un tanto excepcional en la que la Divina Providencia me ha colocado… Sin la presencia constante de nuestro Divino Maestro en mi pobre capilla, jamás podría haber perseverado en unir mi suerte a la de los pobres leprosos de Molokai. Él supo desde el primer momento que comenzar no es difícil, sino que la dificultad está en perseverar. Y perseveró aun reconociendo que le costó. Claramente lo dijo: Resulta repulsivo verlos, sin duda, pero tienen un alma rescatada al precio de la Sangre del Salvador. También Él, en su misericordia, consoló a los leprosos. Si yo no puedo curarlos, sí que dispongo de los medios para consolarlos. Confío en que muchos, purificados de la lepra del alma por los sacramentos, sean dignos, un día del Cielo.

Al darse cuenta de que él mismo había contraído la lepra, san Damián pudo decir: Nosotros los leprosos. Esta frase atravesó como un dardo de amor al corazón del pueblo más miserable de la tierra. A la terrible sentencia En este lugar no hay ley, san Damián opuso su Nosotros los leprosos que le acompañará hasta la muerte. En una carta escribió: Estoy leproso. ¡Bendito sea el Buen Dios! Después de cuatro terribles años de sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, murió san Damián en Molokai como un leproso más. Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la lepra, quien llevó a san Damián temprano a la muerte.

Volviendo al pasaje evangélico de la curación del leproso, san Marcos dice de Jesús: Compadecido, extendió la mano, le tocó. Orígenes se pregunta: ¿Por qué le tocó el Señor, cuando la Ley prohibía tocar a los leprosos? Él mismo contesta: Le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo. Y el papa Francisco comenta: La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto de contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos “toca” y nos dona su gracia.

En la lepra, veían los israelitas, un castigo de Dios. Y la curación de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones divinas. Moisés prescribió que el leproso que se curara de la enfermedad se presentara al sacerdote, para que constatara la curación y así extender un certificado declarándolo sano y permitiéndole reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel.

Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio (Mc 1, 44). Vemos aquí que además de la misericordia, Jesucristo manifiesta también su respeto a lo establecido en la Ley.

Más terrible que la lepra corporal es la lepra del alma: la impureza. Por eso hay que hablar de la castidad o pureza. La pureza es una virtud hermosa que hace al hombre muy grato a Dios; y es totalmente necesaria para conseguir la intimidad con Él. Nuestro Señor promete la visión beatífica, el Cielo, a cambio de un corazón limpio, sin manchas de impureza. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8), es una de las bienaventuranzas. El vicio opuesto a esta virtud es la impureza, que pudre el alma, enemista con Dios, ciega y entorpece el entendimiento para lo espiritual, es fuente de soberbia y una puerta bastante ancha de las que introducen en el Infierno. Vale la pena, por tanto, esforzarse, poner los medios, ser heroico si es preciso, para poseer esa limpieza de corazón.

La pureza no es la primera virtud cristiana, pero sin ella no es posible la caridad. Ocupa un quinto o sexto lugar. Es una virtud posible. Dios no pide imposibles. Para vivirla tenemos todas las gracias suficientes, capaces de contrarrestar la influencia de un ambiente de sensualidad.

La virtud de la castidad exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. La pureza de corazón es una tarea para el hombre, que debe realizar constantemente el esfuerzo de luchar contra las fuerzas del mal, contra los que empujan desde el exterior y las que actúan desde el interior, que lo quieren apartar de Dios (San Juan Pablo II). Por tanto, para vivirla, además de frecuentar los sacramentos (Comunión y Confesión), hay que cuidar el pudor y la modestia; ser exigentes en la guarda de la imaginación y de los sentidos; no aflojar en la vida de piedad; y cultivar una conciencia delicada, que sabe evitar hasta la más pequeña ocasión de pecado, y lleva a tener una sinceridad absoluta en la confesión sacramental y en la dirección espiritual.

Preguntémonos con valentía si estamos poniendo los medios para conservar la limpieza de corazón. ¿Me dejo arrastrar en algo, aunque parezca una cosa sin importancia, por el asedio de descarada sensualidad que predomina en la calle, en la prensa, en la televisión? ¿Pido a la Virgen ayuda para vencer las tentaciones?

De nuevo volvemos al Evangelio. El Señor le dijo al que había curado: No digas nada a nadie. Pero una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia (Mc 1, 45). Lo mismo había dicho Jesús a dos ciegos, a los que milagrosamente les devolvió la vista. Mirad que nadie lo sepa. Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca (Mt, 9, 30-31). Puede sorprender la “desobediencia” tanto de los ciegos como del leproso que habían curados. No hicieron caso a Jesús y divulgan lo que ha hecho con ellos. San Juan Crisóstomo explica su actitud como un no poder contenerse y comenta: Lo que Él (Jesús) nos quiere enseñar es que jamás hablemos de nosotros mismos ni consintamos que otros nos elogien; mas si la gloria ha de referirse a Dios, no sólo no hemos de impedirlo, sino que podemos mandarlo.

En todo debemos buscar la gloria de Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 783). Divulguemos las maravillas de Dios. San Pablo nos dice: Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co 10, 31). En todas las acciones -también en aquellas que pudieran parecer más intrascendentes, como el comer y el beber- el cristiano debe buscar la gloria de Dios, rectificando siempre la intención. La piedad cristiana facilita ese recuerdo de Dios aconsejando una oración antes y después de las comidas.

La vida de la Virgen fue un canto de alabanza a Dios. En el Magníficat da gloria a Dios. Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador (Lc 1, 46-47). Imitemos a Santa María en glorificar a Dios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s