La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (V)


Carmelita Hermandad y Cofradía de Penitencia de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento traicionado por Judas; y María Santísima de la Estrella

Desde la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, ubicada en la barriada de Las Colonias, en el viejo Camino de Gibraleón, comienza su estación de penitencia una de las hermandades llamadas de barrio. Es la de Nuestro Padre Jesús del Prendimiento traicionado por Judas. En su “paso” de misterio se representa el momento en el cual el infiel y alevoso discípulo traidor realiza su sacrílega acción entregando a su Maestro con un beso que, lejos de ser en él un gesto de amistad, es señal de felonía. Con espadas y palos la turba va a prender a Jesús. Era de noche, la hora del poder de las tinieblas. Sin ofrecer resistencia, voluntaria y libremente se entrega el Señor. Y resplandece su majestad en medio de una feroz brutalidad. En el Cielo, doce legiones de ángeles están dispuestos a defender a Jesús, su Dios encarnado. Mas es preciso que el Hijo del Hombre padezca muerte de cruz para redimir a los hijos de Adán.

En el prendimiento del Señor se ve su grandeza. Jesús es apresado a escondidas –como contra un ladrón-, por un gran gentío, aunque una sola petición suya al Padre echaría por tierra aquellos planes. Sin resistirse se entrega porque quiere, porque su decisión de cumplir las Escrituras es irrevocable aunque sea con la entrega de su vida. Los cuatro evangelistas narran este acontecimiento. A Jesús le entrega uno de los doce apóstoles, uno de sus amigos íntimos, que en Getsemaní va a la cabeza de los enemigos del Señor. Judas Iscariote había sido elegido personalmente por Cristo. Era de los Doce, del grupo inicial que más cerca estuvo de Él: vio sus milagros, escuchó sus palabras de vida. El Señor había tenido con él gestos de confianza y predilección. ¿Y cuál es la respuesta? La traición. Judas vende a Jesús por dinero; cambia su amistad por unas monedas. Y la traición, como ocurre en tantas ocasiones, trata de ocultarse con el disfraz, se viste de apariencia: con un beso, gesto de amor y amistad, Judas entrega a su Maestro.

Desde algún tiempo antes de su traición, Judas se fue separando poco a poco de Jesús. Dejó de vibrar como al principio, ante los horizontes sobrenaturales que el Maestro abría a sus discípulos. Cada vez con más frecuencia, disentía en su interior de las enseñanzas y del espíritu de Jesucristo; en ocasiones, incluso lo manifestó exteriormente, como cuando María de Betania derramó un rico perfume sobre los pies del Señor. Jesús intentó por todos los medios recuperar su amistad; la última vez, en el huerto donde Nuestro Señor se había recogido en oración. Pero Judas no reaccionó y se obcecó en el mal.

Más tarde, el apóstol traidor ante la condena de Jesús siente remordimiento y reconoce su pecado y se ve abandonado por aquellos que han sido cómplices de su traición. Y no teniendo ningún asidero en el que apoyarse, por haber rechazado el único que podía dárselo, arroja al suelo del Templo las monedas de plata, precio de su traición, con la misma fuerza con la que hubiera deseado arrojar de sí el pecado cometido. La tragedia de Judas consiste en que, conociendo el error de su conducta, en lugar de esperar en la misericordia del Maestro -él, que ha sido testigo de ella tantas veces- se desespera: fue y se ahorcó, relata escuetamente el Evangelio.

Tanto en los evangelios sinópticos como en el de san Juan se narra la unción en Betania y la traición de Judas.

Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le dieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando un frasco de alabastro con una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Al ver esto, algunos de los comensales dijeron: ¿Para qué este despilfarro? Y Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar, añadió: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Jesús dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una obra buena ha hecho conmigo. Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre tendréis. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya. Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prender a Jesús con engaño y matarle. Y decían: Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto en el pueblo. Y he aquí que Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, y éste fue a tratar con los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré? Los sumos sacerdotes se alegraron al oírlo, le prometieron darle treinta monedas de plata. A partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregarle sin que la gente lo advirtiera.

*****

Para Judas fue un despilfarro gastar aquel perfume en ungir a Jesús. Actualmente hay también personas que se escandalizan -escándalo farisaico- de que se utilicen materiales nobles y ricos en la liturgia. María de Betania nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto a Dios. Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me -una buena obra ha hecho conmigo (San Josemaría Escrivá). ¡Cuánta hipocresía hay en muchos que, como Judas, aducen falsamente motivos nobles para no dar a Dios el honor debido!

Cristo Jesús sabía que uno de los Doce le iba a traicionar, que el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote el propósito de entregarle a sus enemigos. Por eso, durante el lavatorio de los pies, después de que Simón Pedro accede a que su Maestro le lave los pies, el Señor dice: El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos. Estas últimas palabras –No estáis limpios todos– lo dijo por Judas. Una vez que el Señor acabó de lavar los pies a los Apóstoles, se puso a la mesa, y mientras comía, dijo: En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Los discípulos se miraban unos a otros no sabiendo a quién se refería. Muy entristecidos, se pusieron a decirle: ¿Acaso soy yo, Señor? Jesús respondió: El que ha mojado conmigo la mano en el mismo plato, ese me entregará. Porque el Hijo del Hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre es entregado! ¡Mas le valdría a ese hombre no haber nacido! Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: ¿Soy yo acaso, Rabbí? Y Cristo le dice: Sí, tú lo has dicho. Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Y Judas salió enseguida del cenáculo. Era de noche. El Señor, aún conociendo sus propósitos, trata a Judas con gran delicadeza: le da una oportunidad para abrir su corazón y arrepentirse. La actitud de Jesús nos enseña a respetar y tratar con caridad delicada incluso a quienes nos hacen mal.

La indicación de que “era de noche” no es sólo una simple referencia cronológica, sino que alude a las tinieblas como imagen del pecado, del poder tenebroso que en aquel instante iniciaba su obra. Era la hora del maligno, el mal tiene su hora.

¡Cuánto le debió doler al Señor la felonía de uno de los suyos! Estaba profetizado: Si todavía un enemigo me ultrajare, podría soportarlo… pero tú, mi compañero, mi íntimo, con quien me unía por lazos de amistad… La traición de un íntimo es mucho más dolorosa y cruel que la de un extraño porque supone una falta de lealtad. ¡Y cuánto le debe doler nuestros pecados! El pecado es una triste realidad, un misterio de iniquidad. En nuestros días, debido al deterioro moral en la vida de muchos bautizados, hay una pérdida del sentido del pecado. ¡Cuántos han perdido sensibilidad acerca del pecado y no valoran su gravedad y, por tanto, carecen del sentido de culpa! El pecado se ha definido como una palabra, un acto o un deseo contrarios a ley eterna. Es siempre una ofensa a Dios. El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el pecado de nuestros primeros padres, todo pecado es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse como dioses, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. Me he esforzado en conjurar la tentación y el error del hombre contemporáneo y de las sociedades modernas de relegar a Dios y de poner fin a la expresión del sentimiento religioso. La muerte de Dios en el corazón y en la vida de los hombres es la muerte del hombre (San Juan Pablo II).

No podemos comprender bien la horrible maldad del pecado: sólo viendo a Dios podríamos saber lo que supone ofenderle. Pero nos puede ayudar a comprender la malicia del pecado el contemplar a Cristo en el Huerto de los Olivos abrumado por el peso de nuestros pecados, hasta sudar sangre; podemos hacernos una idea pensando que Dios se ha hecho hombre para redimirnos del pecado, y ha muerto en una cruz, como un malhechor: es el precio que Dios mismo ha pagado a la justicia divina por nuestros pecados. Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa batalla por vencer, por hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, cuando nos acogemos a la protección de nuestra Madre, la Virgen Santísima. Ella aplastó la cabeza de la serpiente.

Al contemplar el “paso” del Prendimiento vislumbro, Señor, en tu mirada la amargura de verte traicionado por uno de los tuyos. ¿Acaso soy yo, Señor? No lo permitas, porque sólo el hecho de pensar de no serte fiel me causa un terrible miedo. Por eso, más que a la muerte temo, Señor, ofenderte.

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