La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XI)


Real e Ilustre Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús de la Pasión y María Santísima del Refugio

Por el porche de San Pedro va el “paso” de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Ha salido del templo y empieza la estación de penitencia de la Hermandad de Pasión. Hace más de dos mil año, Jesucristo salió del Pretorio hacia el Monte Calvario. Ahora, en nuestra Semana Santa, el Señor baja del cabezo de San Pedro para recorrer nuestras calles. Tanto en aquel primer Viernes Santo de la historia como hoy, Jesús carga con la Cruz. Entonces, en torno a Él expectación y curiosidad en el gentío, pero principalmente mucho odio en los fariseos y escribas… y bastante maldad en los príncipes de los sacerdotes. Además, demasiadas cobardías y miedos en muchos, e indiferencia y crueldad en los soldados romanos. En medio de tanta animadversión, con improperios y burlas de la plebe, Cristo va subiendo la empinada cuesta hasta el Gólgota. Gente de todo tipo y condición contempla la comitiva, donde van tres reos para ser crucificados. Entre aquella gente estaban algunas mujeres que -con llanto y golpes de pecho- se lamentaban al ver la injusticia que se está cometiendo contra Jesús, víctima inocente que lleva el madero de su suplicio y sufre la pena que el hombre debía padecer. Cuenta san Lucas en su Evangelio:

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado” Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?

El gesto de piedad de las mujeres muestra que, junto con los enemigos de Jesús, iban personas que le querían. Si tenemos en cuenta que las tradiciones judías prohibían llorar por los condenados a muerte, nos percataremos del valor que demostraron las mujeres que rompieron en llanto al ver a Jesucristo cargado con la Cruz. El Señor agradece la compasión y el sollozo de ellas. Jesús deseando elevar su natural compasión al aborrecimiento del pecado, que era la causa de tantos sufrimientos, les dijo aquellas palabras: No lloréis por Mí… Y comentaba san Josemaría Escrivá: El Señor quiere enderezar ese llanto hacia un motivo más sobrenatural, y las invita a llorar por los pecados. Tus pecados, los míos, los de todos los hombres, se ponen en pie. Todo el mal que hemos hecho y el bien que hemos dejado de hacer. El panorama desolador de los delitos e infamias sin cuento, que habríamos cometido, si Él, Jesús, no nos hubiera confortado con la luz de su mirada amabilísima. -¡Qué poco es una vida para reparar!

¿Por qué si Dios es amor y todo lo puede, permite que personas como ellos sufran?, fue la pregunta que una chica filipina hizo al papa Francisco. ¿A quiénes se refería la chica a decir “ellos”? A los “niños de la calle”. Ella y otros adolescentes habían sido “niños de la calle”, pero que afortunadamente habían sido acogidos por una institución benéfica llevada por religiosas. Y, si sorprendente fue la pregunta, más lo fue la respuesta, por su honestidad: Has hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Es el misterio del dolor. Muchas veces vemos pasar a nuestro lado el dolor: en algunas ocasiones lo padecemos en nuestra propia carne; en otras, quizá no menos dolorosas, lo sentimos a nuestro alrededor: claro y rotundo. El misterio del dolor. Pero no nos engañemos; no valen los lamentos estériles; sino volver la mirada hacia Jesús, que quiso cargar con el peso de todos nuestros pecados. Es el momento de contemplar a Jesús doliente, que nos invita a purificar ese lamento. A derramar, más bien, las lágrimas por nuestros pecados y por los ajenos. Nos invitan al verdadero consuelo: perdonar a los enemigos, desagraviar por tantas faltas de amor, dar esa ayuda eficaz para que el pecador se arrepienta y vuelva los ojos a Dios. ¡Hijas de Jerusalén!, no contengáis vuestro llanto. Mirad, contemplad al Divino Reo sin parecer ni hermosura.

*****

En medio de sus tormentos, Jesús piensa en la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén. Si el condenado inocente sufría tales tormentos, ¿qué será cuando poco después venga el castigo inevitable, la ruina de aquella ciudad? Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco? El árbol verde era Él mismo; el árbol seco era el mundo. Él era el árbol de la vida trasplantado del Edén; el árbol seco era ante todo Jerusalén, y luego el mundo no convertido. Su advertencia significaba que, si los romanos le trataban así a Él, que era inocente, ¿cómo tratarían a Jerusalén, que le había condenado a morir? Si Él estaba ahora tan lastimado por las transgresiones ajenas, ¿cómo serían castigados en el Juicio Final los pecadores por las iniquidades que hubieran cometido? Cuando en la selva se produce un incendio, son ennegrecidos los árboles verdes, con toda su savia y humedad; ¡cuánto más se ennegrecerán y arderán de prisa los árboles viejos y secos, podridos ya por dentro! Si padeció el que no tenía pecado, ¡cuánto padecerán los que están podridos por el pecado! Por eso dijo Jesús a aquellas hijas de Jerusalén -y a nosotros- que lloremos por nosotros mismos, por nuestros pecados.

Es muy significativo que sean mujeres las que se compadecen del Señor. En los Santos Evangelios aparecen varias mujeres. A excepción de Herodías, de su hija y de la criada o sirvienta de la casa del sumo sacerdote Caifás, todas quedan bien, aunque algunas habían sido grandes pecadoras. Repasemos algunas de las mujeres del Evangelio. En la genealogía de Jesús, además de Santa María, se nombran cuatro mujeres: Tamar; Rahab; Betsabé; y Rut. Las cuatro eran extranjeras que, de modo sorprendente, se incorporaron a la historia de Israel, es decir a la historia de la salvación, de la que forman parte hombres y mujeres.

Algunas de ellas -la hemorroísa y la mujer cananea- son alabadas por Jesucristo por su fe; otra -la pobre viuda que echa en el gazofilacio dos pequeñas monedas-, por su generosidad. La suegra de san Pedro, después de ser curada, se pone a servir a Jesús. En las hermanas de Lázaro -Marta y María- sobresale la hospitalidad, y en María, además, el espíritu de contemplación. La madre de los Zebedeos es modelo de mujer que quiere lo mejor para sus hijos, que no era otra cosa que estuvieran junto a Cristo. La mujer de Poncio Pilato reconoce que Jesús es justo. La samaritana, después de su conversión, habla de Jesús a sus conciudadanos. La mujer adúltera es perdonada por el Señor. Igualmente es perdonada la mujer pecadora que en casa de Simón el leproso hizo una obra buena, como fue derramar perfume de gran valor por la cabeza del Señor. No olvidemos a santa Isabel, que saludó a la santa María como la Madre de mi Señor.

Y por encima de todas están la Virgen María y las santas mujeres que estuvieron al pie de la Cruz en el Calvario. En la resurrección del Señor, según el evangelista san Marcos, es María Magdalena la primera mujer a quien se aparece Jesús resucitado. Esa mención no excluye la posibilidad de una aparición previa de Cristo a su Madre. No aparece en los Santos Evangelios que siquiera una mujer pidiera la muerte de Cristo. Sin embargo sí vemos como una mujer pagana intercedió por Él ante Pilato. Y están las mujeres que lloraban al ver a Jesús con la cruz a cuestas. Jesús les ruega que no lloren por Él, ya que su muerte era una necesidad para los hombres.

San Pedro en una de sus cartas escribe: Si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿dónde irán a parar? Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien. Los que participan de los sufrimientos de Cristo, también participarán de su gloria. Ante el juicio divino nadie puede presentarse seguro. Las duras advertencias de san Pedro recuerdan las de Jesús, camino del Calvario, a las mujeres de Jerusalén. En suma, es indudable que haber padecido por Cristo en esta vida ayuda a afrontar el juicio con mayor confianza.

¡Jesús de la Pasión!, hacia Ti, con tu Cruz a cuestas, se dirigen las miradas emocionadas de los onubenses a verte pasar, solemne y cadencioso, por sus calles entre los balcones de las casas o en medio de las palmeras del Paseo de Santa Fe. Te acompañan con plegarias y rezos, con dolor y contrición. Que nuestra veneración sea desagravio y amor. Y para eso acudimos a Santa María, Madre de misericordia, para compadecernos de los que sufren injusticias, como aquellas mujeres que lloraron al verte pasar camino del Calvario.

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