La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XII)


Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas, María Santísima del Amor y del Glorioso Apóstol Santiago

Según cuenta la tradición, Jesús cayó tres veces en tierra bajo el peso de la cruz; pero se levantó y se abrazó de nuevo a ella para cumplir la Voluntad de su Padre Celestial, viendo en la Cruz el altar donde iba a entregar su vida como Víctima propiciatoria por la salvación de los hombres. El “paso” de Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas es un recordatorio que nos hace su Hermandad para que consideremos las penas de Nuestro Señor. Se explican bien las caídas de Cristo. Desde la noche anterior, el Señor ha estado sometido a una serie de torturas físicas y morales: la agonía en Getsemaní, donde tanta fue su angustia que llegó a sudar gotas de sangre; los malos tratos en casa de los sumos sacerdotes; el insomnio y, sobre todo, la cruel flagelación y coronación de espinas, explican la extrema debilidad de Jesús. Pero lo que de verdad le abruma es el peso de los delitos de los hombres y comprobar, al mismo tiempo, la ingratitud de los que ha venido a salvar. Como gráficamente se expresa san Pablo: a él, que no conoció pecado, (Dios) lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios. Tres son las caídas… y muchas, las penas causadas por nuestros pecados.

Jesús avanza sudoroso y sediento hacia el Calvario, camina con paso vacilante y cae bajo el peso de la Cruz. Desplomado en tierra, su sed de amor lo levanta para llegar al Gólgota. De nuevo anda… sin fuerzas con el cuerpo llagado y abiertas las heridas… y dada su extrema debilidad -¡qué duros se hacen los pasos!- por segunda vez cae sobre el empedrado suelo. Cristo en tierra, y sobre ella, la sangre de un Dios, una sangre que limpia la iniquidad humana. Se levanta el Señor y de nuevo toma la Cruz en la que va a entregar su vida, y es preciso llegar al Calvario. Y una tercera vez su cuerpo queda tendido en el suelo. Es levantado sin contemplación por la soldadesca romana. Sin fuerzas para mantenerse en pie, a empellones, con una feroz brutalidad, le hacen dar los últimos pasos, ya cerca del Calvario.

Jesús cae por el peso de la Cruz. El hombre a veces, debilitado por las heridas producidas en la naturaleza humana por el pecado original y atraído por las cosas de este mundo, cae en la tentación. Mas que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados, solía decir san Juan Crisóstomo. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades. Si hay una caída, por grande que sea, hay que levantarse enseguida. Dios no niega su perdón a quien acude arrepentido de sus pecados a la Confesión.

El sacramento de la Penitencia, que es necesario para salvarse si se ha tenido la desgracia de pecar mortalmente, en nuestros días es poco frecuentado. No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la Confesión no podrán encontrar en otra parte. Tengamos, pues, la valentía de alcanzar la gracia de Dios por medio de la Confesión Sacramental. ¡Esto nos hará libres! Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de la enmienda y de una sincera confesión de las culpas. La historia de la salvación -tanto de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época- es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados (San Juan Pablo II).

*****

En la oración que hemos aprendido de tus labios, Señor, le pedimos a nuestro Padre Dios que no nos dejes caer en la tentación. En la Sagrada Escritura vemos la influencia nefasta de aquel a quien Tú llamas homicida desde el principio y que incluso intentó -primero en el desierto y después en Getsemaní- apartarte de la misión recibida del Padre.

En las primeras páginas de la Biblia se narra la caída de Adán. El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (Catecismo de la Iglesia Católica). La tentación siempre es diabólica. El demonio, envidioso de la felicidad de nuestros primeros padres, tienta a Eva. Ésta dialoga con el Tentador. Grave error. La mejor manera de vencer la tentación es rechazarla enseguida. La mujer entabla una conversación con el demonio. No dialoguemos nunca con la tentación. Cuando se dialoga, ya se ha dado el primer paso para cometer el pecado. En toda tentación el diablo, embustero desde el principio, miente porque presenta el pecado como algo bueno. La táctica del diablo en la tentación es falsear la verdad de lo que Dios ha dicho, introduciendo en el hombre la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presenta a Dios como enemigo del hombre. La más grave consecuencia de este diálogo fue la seducción mentirosa que indujo al hombre a desobedecer a Dios.

También nosotros somos tentados por el diablo, pues, por envidia, nos quiere apartar del camino del Cielo. Detrás de cada tentación hemos de ver al demonio. Dios permite que seamos tentados. También fue tentado Jesucristo. La tentación no es pecado si se rechaza. ¿Por qué permite Dios que seamos tentados? Para que ganemos méritos para el cielo. Toda tentación, con la ayuda de Dios, puede y debe ser vencida. Al vencer, conseguimos méritos para la vida eterna. Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Estamos salvados, y el príncipe del mundo, que no quiere que nos salvemos, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. “Pero, Padre, ¿cuál es el arma para defenderse de las seducciones del príncipe de este mundo?” El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Permanezcamos ovejas siempre, porque así tendremos un pastor que nos defienda (Papa Francisco). Aprovechemos las tentaciones para vencer y merecer y crecer en la virtud. Nos ayuda a vencer la tentación la consideración de nuestro destino eterno.

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa batalla por vencer, por hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, cuando nos acogemos a la protección de nuestra Madre, la Virgen Santísima. Ella aplastó la cabeza de la serpiente. Por eso, cuando sintamos aquel peso del que hablaba san Pablo: Veo que hay otra ley en mis miembros que es contraria a la ley de mi mente, acudamos pronto a la Virgen María, para que nos obtenga de su Hijo -Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas- la fortaleza y la gracia para salir victoriosos de los ataques de nuestros enemigos. Con Jesús y María la victoria es nuestra.

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