La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XIV)


Hermandad de Nuestra Señora de los Desamparados y Seráfica Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Preciosa Sangre, Nuestro Padre Jesús de la Redención y María Santísima del Dulce Nombre en su Mayor Aflicción

Al filo del mediodía llega Jesús al Calvario donde con su muerte en la Cruz va a culminar la Redención del género humano. Este monte era una pequeña colina desnuda y pelada que estaba en las afueras de Jerusalén, muy al descubierto y junto a un camino muy transitado. Era conocido como “lugar de la calavera” porque allí se ajusticiaba a los malhechores. Desde que el Señor salió del Pretorio con la Cruz a cuestas ha sido insultado por la plebe enloquecida, ha padecido la brutalidad de los soldados, las burlas de las autoridades religiosas del pueblo judío. Sin embargo, de los labios de Cristo no salió ni una palabra de queja. Antes de que llegara el Señor, allí, en el Gólgota, ya habían acudido muchas personas. Estaban los príncipes de los sacerdotes, los fariseos, los escribas, los ancianos y los miembros del Sanedrín que lograron que Pilato accediera a sus deseos de crucificar a Cristo, y otros muchos, que están por odio, para insultar a Jesús con mofa, ironía y blasfemias. También estaban soldados romanos obedeciendo órdenes. Su trabajo aquel viernes era mantener el orden y evitar tumultos. Y con el Divino Reo, llegó un tercer grupo, muy reducido formado Madre de Jesús, unas pocas mujeres y un chico joven. Y están por amor al Redentor.

En el “paso” del misterio de la Hermandad de Jesús de la Redención vemos al Señor, sin fuerza alguna, arrastrando la Cruz, y a la Virgen María acompañada por san Juan y santa María Magdalena en el momento del llegar al Místico Lagar del Calvario, donde su preciosa Sangre derramada por nuestra salvación se recoge en el cáliz de los corazones onubenses.

Y mientras avanza parsimoniosamente el “paso” delante de mí, Jesús de la Redención, con el alma compungida, mis ojos humedecidos por lágrimas de verdadera contrición contemplan tu perfil doliente y conmovido. Ya estás a punto de culminar la Redención por tu Pasión y Muerte… y por tu Resurrección. Con tu acción salvífica has rescatado y liberado a todos los hombres de la triple esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte eterna. Dándonos la gracia, Tú, Señor, nos has reconciliado con el Padre Eterno.

Gracias, Jesús, por haber realizado la Redención de la Humanidad entera. Después del pecado de nuestros primeros padres, la Humanidad estaba en un estado de enemistad con Dios. Pero Dios Padre, siempre misericordioso, decidió enviarte a Ti, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al mundo para reconciliarnos con Él. Y Tú haciéndote hombre sin dejar de ser Dios, nos has redimido. Ningún hombre, con sus solas fuerzas y méritos, podía ganar la liberación del pecado y reconciliar a los hombres con Dios, ya que el pecado es en cierta medida una ofensa infinita a Dios. Sólo alguien que fuera Dios podía pagar al Altísimo un rescate a favor de los hombres. Y sólo alguien que fuera hombre podía hacerlo en nombre de toda la Humanidad. Esto es lo que hiciste Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, al ofrecerte en sacrificio en la Cruz para satisfacer a Dios por los pecados de los hombres. Aunque toda tu vida, Señor, tiene valor redentor, especialmente nos has alcanzado la Salvación padeciendo y muriendo por todos los hombres de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros. Tu Sacrificio ofrecido a favor del género humano ha devuelto a los hombres la amistad con Dios. A Ti, Santísimo Cristo de la Preciosa Sangre, te pedimos que se muestre más poderosa -en el hombre y en el mundo- la obra de tu Redención.

*****

Por su Sacrificio en el Calvario, Cristo nos alcanza la nueva vida de la gracia. Pero Jesús, viéndonos necesitados de la aplicación de sus méritos, quiso remediar nuestra radical pobreza, dejando a su Iglesia un sacrificio visible que perpetuase a través de los siglos, el Sacrificio del Calvario, con todas sus consecuencias. Y esto es la Misa: una nueva actualización del Sacrificio de la Cruz. Refiriéndose a la Santa Misa, Bossuet fue capaz de sintetizar en breve frase algo maravilloso: ¡Todos los días, en nuestras iglesias, es Viernes Santo! Y san Juan Pablo II lo expresó diciendo: Ir a Misa significa ir al Calvario para encontrarnos con Él, nuestro Redentor.

La liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto prefiguraba la que Jesucristo vendría a hacer: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante el sacrificio de la Cruz, derramando su preciosa Sangre. Dios mandó a los hebreos que la sangre del cordero sacrificado para la cena pascual fuera untada en las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman para que fuera señal de las casas donde moraban. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto. Termina el relato bíblico con el mandato de Dios a los israelitas de conmemorar este hecho salvífico. Y Cristo, después de instituir la Eucaristía, mandó a los Apóstoles que perpetuaran lo que Él había hecho, y la Iglesia siempre ha entendido que con este mandato Cristo constituyó a los Apóstoles y sus sucesores en sacerdotes de la Nueva Alianza para que renovaran el Sacrificio del Calvario de manera incruenta en la celebración de la Misa.

La palabra “conmemoración” está cargada del sentido de una palabra hebrea que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento del pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo o revivirlo, para participar en él, de alguna manera, a lo largo de todas las generaciones. Cuando nuestro Señor manda a los Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata, pues, de recordar meramente su Cena, sino de renovar su propio Sacrificio Pascual del Calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena. Nosotros creemos que la Misa que es celebrada por el sacerdote “in persona Christi”, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del Orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el Sacrificio del Calvario que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares (Credo del Pueblo de Dios).

El que fue arcipreste de Huelva a principios del siglo XX, un hombre santo enamorado de la Eucaristía, escribió: El Sacrificio de la Misa es, con respecto al de la Cruz, firma de autenticidad, monumento conmemorativo, título de pertenencia perpetua, pero firma escrita con sangre divina, palpitante cada día, cada hora sobre infinitos calvarios, monumento labrado con carne divina en el acto consacratorio de cada Sacrificio y título tan inconfundible y propio que la más exaltada locura del amor y del genio humano no podría ni soñar con aplicárselo (San Manuel González García).

La Santa Misa siempre ha sido el centro de la vida de la Iglesia. Es el Sacrificio del Nuevo Testamento. Es sacrificio porque representa (hace presente) el Sacrificio de la Cruz. El Sacrificio de Cristo en el Calvario y el Sacrificio del Altar son un único sacrificio. En la Misa, Jesucristo, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente a Dios Padre como víctima gratísima. Una sola e idéntica es la Víctima; y el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento).

Si la Redención de Cristo no se hubiera obrado, toda la Humanidad estaría perdida, sin esperanza alguna, condenada a una eterna esclavitud. En Roma hay un cuadro magnífico, titulado La última Misa. En él se representan los preludios del fin del mundo. En el fondo, un sacerdote va a terminar la Santa Misa, mientras los ángeles, inclinados sobre sus trompetas, esperan que acabe, para sonar la hora tremenda de la divina justicia. Este cuadro es obra del célebre pintor Leonardo de Vinci, el cual quería decir con esto que sin la Misa, estaría al presente el mundo hundido bajo el peso de sus crímenes.

Si hubiéramos estado en el Calvario, siendo testigos de la muerte de Cristo, del sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por nuestra Redención -la Primera Misa-, ¡con qué atención y cariño la habríamos seguido! Le pedimos a Santa María que tengamos presente este pensamiento siempre que asistamos a la Misa, al mismo Sacrificio del Gólgota.

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