La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XV)


Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Victoria Despojado de sus Vestiduras, Nuestra Señora de la Paz y San Rafael Arcángel

De la Parroquia de San Sebastián sale la Hermandad del Santísimo Cristo de la Victoria. En el “paso” del Señor está representado el momento en el cual le es quitada al Señor la túnica. Al quitársela -la túnica estaba pegada a su cuerpo castísimo con la sangre seca de las llagas restañadas- vuelven a abrirse las heridas quedando al descubierto el cuerpo destrozado de Cristo, como había sido profetizado por Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en él nada sano. Heridas, hinchazones, llagadas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

El uso romano era de crucificar al reo en total desnudez. Por eso, antes de la crucifixión los soldados despojan a Cristo de sus vestiduras. En manos sacrílegas queda la ropa de Jesús. Y desnudo, para mayor oprobio, clavan a Nuestro Señor en la cruz. La vergüenza que pasó el Señor con su desnudez nos tiene que llevar a nosotros a cuidar con cariño el pudor, entendiendo por pudor la vergüenza o recato en exhibir todo lo relacionado con el sexo. Es una exigencia de la pureza que preserva la intimidad de la persona y expresa la delicadeza de la castidad. El pudor es la salvaguarda de la pureza. Pudor del cuerpo -¡bendita pureza!- y en el alma casta siempre habrá victoria y paz.

En la segunda mitad del siglo XX se produjo lo que se ha llamado la revolución sexual, con claro desafío a la moral católica en lo referente al comportamiento sexual humano. Desgraciadamente sus consecuencias y extensión siguen vigentes y en pleno desarrollo, de tal manera que la inundación de sexualidad desatada se hace cada vez más insoportable. Ha penetrado en todas las esferas de la sociedad, destruye muchos matrimonios, convierte a jóvenes -incluso a niños- en adictos al placer y ahoga el corazón de la vida cristiana al cegar al hombre para la contemplación del mundo. ¡Qué pena da ver el atardecer temprano de vidas jóvenes, sumergidas en el mar de la vaciedad y en el fango de la impureza, perdida la razón de su propio vivir, con el alma hecha añicos!

San Juan Pablo II, advirtió con claridad meridiana: Cuando no se respetan los principios de la ley natural sobre la sexualidad se convierte a las personas en objetos, y todo el gran contenido del amor viene a reducirse a un mero intercambio egoísta. Se despoja de verdadera humanidad a la unión entre varón y mujer, rebajándola a la dimensión de animal, que es incompatible con la dignidad de hijos de Dios. No faltan quienes convierten la capacidad generativa del hombre y de la mujer en objeto de comercio, proclamando como conquistas de la libertad lo que es pura y llanamente degradación de la persona y ofensa al Creador.

¡Cristo de la Victoria!, haz que no tengamos miedo de vivir contra las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios; que anunciemos al mundo la buena nueva sobre la pureza de corazón, que traza un cauce al instinto, de modo que la procreación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de un amor limpio y puro, de una donación libre y responsable plenamente humana, concorde al decoro y santidad de los hijos de Dios. Y que transmitamos con el ejemplo de nuestra vida limpia el mensaje de la civilización del amor.

En nuestros días -y no solamente en la época veraniega, cuando hace mucho calor- el diablo se presenta de modo descarado, fomentando la desvergüenza de tanta gente a la hora de vestir, prescindiendo del pudor. Antes era en las playas; ahora es en las playas, en las calles, y en todas partes, hasta el punto de que casi no se puede ir por tantas calles, ni estar en tantos sitios. Como las circunstancias son adversas -generalización del clima de sensualidad, falta de formación, pérdida del sentido del pecado…- y las tentaciones son abundantes, te pedimos, Señor, que nos proteja de los peligros de pecar. Por nuestra parte, procuraremos poner los medios para evitar las ocasiones de pecado, para mantenernos vigilantes en esta materia tan pegajosa, para adquirir una conciencia recta y delicada que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones. Te pedimos por los jóvenes -y los menos jóvenes- para que digan “sí” al amor limpio y a los ideales más nobles; que ninguno de tus hijos onubenses tuerza su conciencia ni sustituya la verdadera alegría de la vida por paraísos artificiales que sólo dejan amargura y tristeza en el alma.

La pureza es virtud eminentemente positiva, que nos hace gratos a Dios; es virtud sublime que cautiva su Corazón; eleva al hombre por encima de las inclinaciones bajas de su naturaleza, herida a consecuencia del pecado original. Espiritualiza y engrandece. Da fortaleza para arrostrar cualquier sacrificio, para aceptar el sufrimiento, para estar junto a Cristo en la Cruz como estuvo el apóstol san Juan.

*****

Sé que el cuerpo, mi cuerpo, ese único que tengo, es compañero inseparable de mi alma, de esa única alma que poseo y tengo que salvar. El cuerpo no es una cáscara ni una funda del alma, no es una estructura biológica físico-química, sino componente principal de la persona. Es morada del alma de quien recibe la vida y que cuando está sometido a la parte superior del hombre, que es la voluntad, y ésta a Dios, es instrumento para la salvación del alma. Sin embargo, hay quienes lo utilizan como instrumento para la condenación, con unas ansias de placer que cada vez les aleja más de la verdadera fuente de felicidad, que es Dios.

Con palabras del poeta indio Tagore, vamos a pedirle a Dios conservar la pureza del cuerpo: Quiero tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu huella viva sobre mí. Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente. Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener mi amor en flor, pues tú estás sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.

Urge la tarea de purificar el ambiente que se respira en la sociedad hedonista de hoy día, donde las ambiciones del placer tienen su pedestal; de cristianizar las diversiones y los lugares de veraneos; de mostrar la hermosura de la santa pureza y de convencer de la posibilidad de vivirla con la ayuda de la gracia; de presentar con la alegría que brota de un corazón limpio y lleno de Dios la senda siempre gozosa de esta virtud. Y viene bien recordar el consejo de Pitágoras a los jóvenes: No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.

Sí, vivir la pureza es posible. Cristo puso leyes comunes para todos, predicaba san Juan Crisóstomo. Y añadía: no te prohíbo casarte, ni me opongo a que te diviertas. Sólo quiero que lo hagas con templanza, no con impudor, no con culpas y pecados sin cuento. No pongo por ley que os vayáis a los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y castos viviendo en medio de las ciudades. Y si se ha tenido la desgracia de caer en la lujuria, siempre es posible salir de ese estado pecaminoso. Para curarse de la impureza es preciso recibir la virtud sanante que mana de Nuestro Señor; acudir a esos manantiales de la gracia que son los Sacramentos, huellas divinas del caminar terreno de Jesús; tocar el corazón lleno de misericordia de Dios con la oración: Desde que comprendí -escribió el autor del Libro de la Sabiduríaque no podría ser puro si Dios no me lo otorgaba, acudí a Él y se lo supliqué, y pedí desde el fondo de mi corazón.

El Santísimo Cristo de la Victoria, al recorrer las calles de nuestra ciudad, trae aires verdaderamente puros para oxigenar nuestras ansias de vida casta; aire limpio para purificar al mundo que en sus estructuras se refleja la huella del pecado; brisa fresca para despertar a una naturaleza viva encaminada en su profundo letargo hacia la corrupción; y vida, mucha vida -pero de vida de gracia y no de muerte- para mantener el corazón limpio. Convencidos estamos del poder de la gracia -medicina vivificadora de Dios- que sana las enfermedades del alma, que da vida a lo que huele a podrido, que limpia al corazón humano de la podredumbre de la carne.

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