La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XVI)


Real e Ilustre Hermandad Sacramental de San Francisco, Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Expiración, María Santísima del Mayor Dolor, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Esperanza Coronada

Eclipsado el sol, tinieblas y oscuridad llenan la tierra. Desde la hora sexta hasta la hora nona del día catorce de Nisán, en las afueras de Jerusalén, en una cruz agoniza Jesús. Se oscureció el sol y el velo del Templo se rasgó por medio. Una gran voz del Señor precede su muerte; una voz… un grito con eco de siglos -un eco que transmite palabras divinas- se oye en medio de hechos portentosos -señales del carácter divino de la expiración de Cristo- que manifiestan la magnitud y gravedad de la muerte del Redentor. Encomienda su espíritu al Padre, e inclinando la cabeza entrega su alma… atraviesa la barrera de la muerte.

En el momento cumbre de su existencia terrena, en el abandono aparentemente más absoluto, Jesucristo hace un acto de suprema confianza, se arroja en los brazos de su Padre, y libremente entrega su vida. Cristo no murió forzado ni contra su voluntad, sino cuando quiso. En Cristo nuestro Señor fue cosa singular que murió cuando Él quiso morir, y que recibió la muerte no tanto producida por fuerza extraña como voluntariamente. Pero no sólo escogió la muerte, sino que también determinó el lugar y el tiempo en que había de morir; por eso escribió Isaías: “Se ofreció en sacrificio porque Él mismo quiso”. Y el Señor antes de su Pasión, dijo: “Doy mi vida para tomarla de nuevo. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo” (Catecismo Romano).

En la Semana Santa de Huelva está “perpetuado” ese instante único y decisivo en la historia de la Humanidad, el de la muerte de Nuestro Señor, con el “paso” del misterio de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración. Antes de morir Jesús, dando una gran voz, dijo: Todo está consumado. Este grito de Cristo resuena como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Cuando cae su Sangre, derramada por nosotros, Jesús con una fuerza increíble en un moribundo, grita: Consummatum est! En el cuerpo destrozado del Señor se ha reanudado la amistad entre Dios y el hombre: ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama” (Robert H. Benson). Todo está consumado, porque Cristo ha cumplido la misión por la que vino al mundo. Se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. Desde el momento de la muerte del Señor ya no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar.

Los cuatro evangelistas narran la muerte de Cristo. San Mateo dice: entregó el espíritu, que es un modo de expresar la muerte real de Cristo, que en su caso, como en el de cualquier otro hombre, se caracterizó por la separación de alma y cuerpo. San Marcos da escuetamente el testimonio del hecho: Jesús, dando una gran voz, expiró. San Lucas escribe: Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto expiró. San Juan recoge el cumplimiento de la Escritura: “Tengo sed”. Había allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza entregó el espíritu. El suplicio de la cruz llevaba consigo la natural deshidratación. Y de ahí que Cristo dijera: Tengo sed. Para también se puede ver en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar todas las almas. Su sed es de almas; su sed es ansia de redención; su sed es manifestación de su alma sacerdotal; su sed es salvar a todos. Pidámosle al Señor tener sus mismos sentimientos redentores y deseos de desagraviar. No olvidemos que la causa de la muerte del Señor fue nuestro pecado. Jesucristo muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados.

Cristo culmina en este momento su entrega a la voluntad del Padre. Así se lleva a cabo la Salvación del género humano y se nos da la mayor prueba del amor de Dios. Esta fidelidad de Jesús hasta la muerte ha de ser un estímulo permanente para nuestra perseverancia hasta el fin, conscientes de que sólo quien es fiel hasta la muerte recibirá la corona de la vida.

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Jesucristo, al final de su vida, primeramente nos deja la Eucaristía, la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales. Por ella vive con nosotros siempre y en todas las partes; nos habla a toda hora, y con su palabra nos ilumina, con su consejo nos guía, con su fuerza nos sostiene, con su virtud nos santifica, con su amor nos embriaga santamente y con su presencia nos consuela (Beato Marcelo Spínola). Después, con su muerte nos abre las puertas del Cielo; da su vida por nosotros, para que podamos tener vida eterna. Y antes de expirar, nos a su Madre como madre nuestra.

En el “paso” del misterio, además de la imagen de Cristo crucificado, están las imágenes de la Virgen María, la Magdalena y san Juan. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba que estaba allí, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Después dice al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. Al pie de la Cruz María, con el mayor dolor, participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora. La Virgen María quiso asociarse a la obra de nuestra salvación. Unida especialmente a Cristo, su corazón de madre se ve traspasado por un dolor hecho de entrega. Ella, en el momento de la Anunciación del ángel, dijo: Hágase en mí según tu palabra. En el Calvario volvió a renovar esa entrega total, absoluta, a los planes de Dios. Y Jesús sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, le entrega un nuevo hijo para que cuide de Ella. Juan es el elegido para custodiar a María. Y él, desde aquella hora, la introduce en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Desde entonces Santa María es Madre de todos los hombres y particularmente de los cristianos. Ella ha tomado bajo su protección materna a toda la familia humana. La Virgen es nuestra Madre y nosotros invocaremos su nombre especialmente en el Avemaría; y también en las demás oraciones y jaculatorias -oraciones breves- que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos. Y al invocar el nombre de María nos sentiremos con más paz, más seguros, con más deseos de fidelidad a Jesucristo.

La declaración de María como Madre del Discípulo Amado entra a formar parte de la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Por tanto, además de un acto de piedad filial, se trata de algo más trascendente: la maternidad espiritual de María. Éste es el momento el que la corredención de la Virgen María adquiere toda su fuerza y sentido. Por tanto, acudamos siempre con confianza filial a Santa María. En Ella está nuestra esperanza. Podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones. Confiándonos a su oración, nos abandonamos con Ella en la voluntad de Dios. Que nuestro amor a la Virgen sea tierno. No lo dejemos nunca enfriar; que no sea un amor abstracto, sino encarnado. Sí, acudimos a Santa María como hijos ante cualquier necesidad del cuerpo o del alma. A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las debilidades, para ser fortalecidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de que su ayuda no nos ha de faltar.

Y cuando el “paso” Santísimo Cristo de la Expiración, después de la estación de penitencia, entra en el templo, el de su Madre aún por unos momentos está con nosotros. Y una vez recogida en su capilla, la Virgen de la Esperanza siempre estará en nuestra vida, colocada con amor filial en el centro de nuestro corazón.

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